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Novedades 9 Jun 2013 - 9:39 pm

'Alvin', ¡Listo para zambullirse de nuevo!

Tras medio siglo de su creación y dos años de arreglos, el submarino tripulado que en 1986 exploró los restos del ‘Titanic’ y ha sido clave para investigar la vida en las profundidades fue lanzado de nuevo.

Por: Elespectador.com
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El Espectador estuvo allí. Texto y foto: LISBETH FOG

Alvin tiene 51 años y acaba de salir de cirugía. Le quitaron las cataratas y ahora ve mejor; tiene más fuerza para cargar objetos y unas manos muy versátiles; ahora puede moverse con mayor soltura y alcanzar metas insospechadas. Alvin es el submarino que puede llevar tres pasajeros, incluyendo al piloto, y es ahora capaz de bajar hasta una profundidad de 6.500 metros bajo el mar y permanecer allí hasta nueve horas.

El Espectador pudo visitarlo recién salió de su postoperatorio y antes de que zarpara el pasado 24 de mayo desde Cape Cod (Massachusetts) hasta Astoria (Oregon) en la costa oeste de los Estados Unidos. Iba acompañado del buque Atlantis, propiedad de la Marina de ese país pero operado por el Instituto Oceanográfico Woods Hole (WHOI), una organización dedicada a la investigación marina. Allí realizará sus primeras inmersiones para pasar las pruebas técnicas y empezar, a finales de año, a servir de nuevo a los científicos que estudian el fondo del mar.

Alvin fue construido en 1962, y desde entonces ha pasado varias veces por el quirófano para sentirse vivo y útil. Esta última cirugía costó US$41 millones y es posible que próximamente tenga que someterse a un nuevo procedimiento que le cambiará las baterías por unas que duren más, y posiblemente un sistema de transmisión en tiempo real de las imágenes captadas.

Gracias al submarino fue posible recuperar del fondo del mar Mediterráneo una bomba de hidrógeno de la Fuerza Aérea estadounidense y explorar también los vestigios del Titanic, en compañía de Jason Jr., un robot con el que ha trabajado varias veces.

En realidad, los científicos son los que más han aprovechado sus servicios y ahora son los más emocionados con los ajustes hechos al submarino, que, en buena parte, responden a sus peticiones. Por ejemplo, si en 2010, año de su última inmersión, el submarino podía descender hasta 4.500 metros de profundidad, ahora es posible que baje 2.000 metros adicionales, lo que significa descubrir todavía más sobre la vida del suelo marino, como bacterias y virus, o las archaea, unos organismos que carecen de núcleo celular; incluso gusanos gigantes, especies de almejas y mejillones exóticos, langostinos ciegos que se encuentran cerca de los volcanes submarinos y han desarrollado la capacidad de detectar el calor extremo de estos fenómenos, o especies que se alimentan de los químicos que expiden sus fumarolas.

Fueron los científicos que bajaron en Alvin a las profundidades del océano Pacífico, cerca de las islas Galápagos, los que en 1977 descubrieron las primeras fuentes hidrotermales, ecosistemas únicos por sus altas temperaturas y por el tipo de vida que las resiste. Hoy en día es Julie Huber, oceanógrafa especializada en microbios, una de las que estudian todos aquellos organismos que gustan del calorcito de las fumarolas en unas profundidades que son extremadamente frías. Huber ha bajado dos veces en Alvin a tomar muestras de microorganismos. “Es supersexy”, dice, porque cada vez ha vuelto a la superficie con más preguntas, entre ellas, cuál es el rol de todos ellos en términos de la producción de carbono en el suelo oceánico. Su trabajo en el Laboratorio de Biología Marina (MBL) de Woods Hole busca día tras día esta y otras respuestas a sus interminables preguntas.

Un día en el interior de ‘Alvin’

La geóloga y geofísica Susan Humphries está al frente del proyecto de remozar a Alvin. Dice que se ha sumergido en él unas 30 veces. Las jornadas se inician hacia las 8 de la mañana y pueden durar hasta las 5 de la tarde, así que es mejor haber ido al baño antes porque Alvin no tiene inodoro. “Es más fácil para los hombres porque hay unas botellitas, pero a nosotras nos queda más difícil”, dice. Alvin no permite ingresar con zapatos, pero sí es bueno llevar sacos, guantes, sombreros de lana y unas medias bien abrigadas, porque a medida que el submarino desciende, la temperatura dentro de la cápsula esférica de titanio donde se acomoda la tripulación va bajando.

El descenso es suave —puede durar unas dos horas— y los científicos deben escuchar la música que seleccione el piloto, que puede sorprender. Pero es él quien está al mando. Los científicos están allí para tomar nota, grabar videos y audios, sugerir rutas. Una vez en el fondo, hay que aprovechar cada instante. Como ahora Alvin tiene cinco ventanas —antes tenía tres y el piloto era el que tenía la mejor vista—, es más la información que es posible recolectar. “Describimos en un iPad o en una grabadora lo que vamos haciendo y viendo, y la dirección a la que vamos, y dibujamos mapas”, relata Humphries. “Trabajas intensamente durante unas 4 o 5 horas”, continúa, dependiendo  del uso de las pilas y la energía para que todo funcione correctamente. Abajo es oscuro y hace mucho  frío; son temperaturas bajo cero. Pero eso no importa. En esas regiones abisales anotan todo lo que ven: las chimeneas, la abundancia de animales y las comunidades de microorganismos, toman datos de temperatura y dinámicas de los ecosistemas, las relaciones entre todo lo que encuentran.

Cuando ya es hora de regresar, hacia las 3 de la tarde, envían un mensaje al barco que los espera en la superficie anunciando sus intenciones de volver, pero también solicitando que preparen contenedores o el hielo necesario para el mantenimiento de las muestras que han recogido los largos brazos robóticos que iluminan, graban video y toman lo que los científicos les ordenan.

“Cuando llegas a la superficie es la peor parte, porque te sientes como en una lavadora y debes esperar a que te recojan. En mi caso, lo primero que hago es volar al baño”, cuenta Humphries .

El nuevo ‘Alvin’

Alvin parece otra vez de 15. Su reconstrucción, que se inició en 2010, incluyó un sistema de video de alta definición y dos brazos más potentes que actúan como robots, donde están instaladas las luces para iluminar el paisaje y las cámaras para grabarlo, y que además tienen la posibilidad de sostener más carga de las muestras que solicitan los científicos al piloto, quien no sólo maneja sino manipula sus instrumentos. También una canasta que duplicó su capacidad para almacenar las muestras, ubicada en medio de los dos brazos y que soporta 180 kilos.

Pero el mayor reto fue la construcción de la nueva esfera de titanio, diseñada con paredes más gruesas para poder alcanzar mayor profundidad. De acuerdo con Humphries, el nuevo Alvin podrá llegar hasta 6.500 metros bajo el nivel del mar, aunque en las pruebas realizadas para medir la presión hidrostática, resistió el límite de los 8.000 metros.

En la construcción de la esfera utilizaron alrededor de 18.000 kilos de titanio y lo hicieron por pasos: primero fabricaron dos semiesferas que luego soldaron usando haces de electrones logrando la esfera perfecta. La esfera, a la que debieron dedicar la mayor atención para que su superficie no tuviera imperfecto alguno, tiene ahora un mayor diámetro, lo que hace más cómodo el espacio para sus pasajeros. En su interior, el diseño es más ergonómico para las largas jornadas.

Las cinco ventanas permiten que piloto y científicos puedan tener un rango de visibilidad compartido, lo cual es más útil para definir las rutas y colectar las muestras seleccionadas. El piloto además cuenta con un sistema de control y comandoaltamente sofisticado.

Finalmente, Alvin tiene ahora un sistema mucho más seguro que le permite moverse en las profundidades, flotar y volver a la superficie, por ser resistente a las presiones extremas que se viven en el fondo del mar.

Y los retos que vienen

Entre 1965, año en el que fue estrenado, hasta 2010, Alvin realizó 4.664 inmersiones y alrededor de 12.000 personas tuvieron la oportunidad de sumergirse en él. Pero ahora el reto es mejorar las baterías, para que los científicos puedan durar más tiempo haciendo su trabajo. El ingeniero del WHOI, Daniel Gómez-Ibáñez, es el encargado de “crear” esas nuevas baterías que reemplacen a las dos actuales, que son de plomo ácido, cada una almacena 20 kilovatios de energía, tiene 60 celdas y pesa casi mil kilos. “Para que duren más”, dijo a El Espectador, “planeamos reemplazarlas en unos años con una química diferente; las baterías de iones de litio son capaces de almacenar más energía sin necesidad de que sean más pesadas”. Pero eso no es todo: además de ser livianas, deben ser confiables, durables, con una vida mínima de 10 años, porque sería muy costoso cambiarlas cada año o dos, y deben poderse reparar en el mar. “Pero el reto más difícil”, continúa Gómez-Ibáñez, “es minimizar el riesgo de un incendio”. Por esa razón trabaja en asegurar que el compartimento donde se localicen esté bien aislado. Es crucial abordar en el fondo del mar el problema de inflamabilidad por cortocircuito o sobrecalentamiento que tuvieron los Boeing Dreamliner en el aire con las baterías de litio. Siempre hay un riesgo, pero no será por el desarrollo de las baterías. Por eso quedaron para la etapa dos, que aún no se sabe cuándo empezará.

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