Vivir 3 Jul 2013 - 10:00 pm

Obra de la editorial Debate

Así es el sexo según la ciencia

Para escribir un libro científico sobre la sexualidad humana, el español Pere Estupinyà se sometió a un experimento que analizó su comportamiento cerebral durante un orgasmo.

Por: Carolina Gutiérrez Torres
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El español Pere Estupinyà abandonó la química para dedicarse al periodismo. / Cortesía

El español Pere Estupinyà —químico, bioquímico, periodista científico, autor del libro La ciencia del sexo— ha hecho parte de numerosos experimentos que pretenden “conocer la ciencia desde lo más adentro posible”, según sus palabras. Participó en un estudio de la Universidad de Harvard en el que se buscaba comprobar si un escáner cerebral podía detectar sus mentiras. Dio su consentimiento para que los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos estimularan eléctricamente una parte de su corteza frontal con el objetivo de averiguar si podía aprender una tarea motora con mayor rapidez de la habitual.

Y también le dijo sí —aunque un sí tardío porque la “vergüenza” lo hizo dudar— a una investigación de la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey) que le pedía masturbarse bajo un escáner de resonancia magnética funcional, el cual medía la actividad de diferentes áreas de su cerebro mientras se excitaba y llegaba al orgasmo.

Su participación en este último experimento se convertiría luego en un capítulo de La ciencia del sexo, “el libro más riguroso, ameno y completo jamás escrito sobre el fascinante estudio científico de la sexualidad humana”, como reza en su contraportada. La invitación a hacer parte de esta investigación provino de Barry Komisaruk, uno de los investigadores líderes en el estudio de la relación entre el sistema nervioso y la respuesta sexual.

“Él insistió en que el experimento se desarrollaría con total privacidad —cuenta Estupinyà en su libro—, que lo único que el equipo vería sería mi cerebro en la pantalla del ordenador, y que no me preocupara por los nervios; que incluso si el experimento no culminaba, parte de los datos serían igualmente útiles”. Finalmente dio el sí y fue recompensado con US$200.

En una habitación aislada de la Universidad de Rutgers empezó la prueba. Vistiendo una camiseta, y con una toalla envuelta en la cintura, Estupinyà se acomodó en una camilla. La parte superior de su cuerpo quedó dentro del escáner de resonancia magnética cerebral. En un salón contiguo estaba el grupo de científicos que haría el monitoreo de su comportamiento.

“Cuando veas que la luz verde aparece en la pantalla puedes empezar la estimulación. A tu ritmo, no hay prisa ni tiempo límite. Estate tranquilo e intenta no mover la cabeza”, le advirtieron al periodista. Nueve minutos después ya estaba cumplido el objetivo. “Había sido el primer hombre del mundo en tener un orgasmo bajo un escáner de fMRI”, escribió Estupinyà. Los resultados serían utilizados para comparar su comportamiento cerebral “sano” con el de hombres que padecen de problemas como eyaculación precoz o dificultades para tener una erección, lo que podría dar luces sobre nuevos tratamientos.

Pero este es apenas un capítulo de la historia que lo llevó a escribir La ciencia del sexo, si bien quizás el capítulo más llamativo, por el que más le preguntan en las entrevistas y del que habla con desparpajo. Si fuera necesario contar el verdadero comienzo habría que remitirse al año 2008, a un macrocongreso de neurociencia en Washington donde conoció el trabajo de la investigadora Mayte Parada sobre la estimulación clitoriana en ratas. “Mayte quería averiguar qué combinación exacta hacía que una ratita se sintiera internamente excitada. Quizá podría dar pistas ante algunos casos de falta de libido en mujeres”, escribió Estupinyà.

Y al otro lado del teléfono, desde España, cuenta que le propuso a la investigadora escribir un artículo al respecto y “ella me respondió ‘si te interesa el tema debes conocer a mi jefe, una de las personas que más conocen en el mundo de ciencia de la sexualidad’”. El jefe era el científico Jim Pfaus, de la Universidad de Concordia (Canadá), uno de los autores de un reciente estudio que fue ampliamente publicitado porque analizó las áreas del cerebro involucradas en el amor (la ínsula y el núcleo estriado, responsables también del deseo sexual).

En julio de 2010 Estupinyà viajó a Montreal, al laboratorio de Jim Pfaus. Sólo hasta ese momento, y luego de una década de estar haciendo periodismo científico, tuvo conciencia de que, ocultos en las universidades, “había un buen número de investigadores reivindicando que la ciencia tenía mucho que aportar al estudio multidisciplinar de la sexualidad humana, y que no sería mala idea escribir un libro narrando esta perspectiva científica del sexo”. Ese viaje fue decisivo, dice al otro lado del teléfono. Insiste en que “del sexo aprendemos por lo que nos cuentan, por nuestra experiencia personal y por lo que a veces nos explican en los medios, que suelen ser exagerados, pero falta divulgación sobre la información rigurosa que hay al respecto”. La curiosidad, y el constatar que “nunca nadie me había explicado nada científico o médico sobre el sexo”, lo motivó a escribir.

Quería escribir para convencer a los lectores de que “hay una diferencia entre las opiniones y los datos científicos. Las opiniones en ciencia son hipótesis, en cambio, cuando un artículo sobre asexualidad o el punto G o la multiorgasmia femenina está en una revista científica quiere decir que ha pasado un filtro de investigación y de aprobación de unos pares, la información es más fiable”. Pero también reconoce que la ciencia ha mantenido un “cierto tabú” frente al sexo “porque la sociedad misma tiene un tabú y la ciencia es parte de la sociedad, no está aislada”.

El proceso de investigación lo llevó a la Universidad de Concordia, y también a talleres de sexo tántrico, a sitios en los que se rinde culto al sadomasoquismo, a clubes de intercambio de parejas, a entrevistarse con actores porno, asexuales, fetichistas, mujeres multiorgásmicas y anorgásmicas, a hacer una consulta juiciosa de la bibliografía científica. Y así empezó a responderse, a responderles a sus lectores “qué nos ocurre cuando estamos disfrutando la actividad que más nos interesa, pero que paradójicamente la ciencia tiene más reparos en explorar”.

En 481 páginas Estupinyà habla de la química del comportamiento sexual, del sexo como “un acto irracional”, de la “no concordancia entre mente y genitales femeninos”, de por qué a los “científicos les cuesta encontrar el punto G”, del “traicionero efecto del alcohol en la excitación y el orgasmo”, del “poder del inconsciente en la atracción física”, del dolor que produce placer y quita otro dolor. Asimismo señala que la hipersexualidad no es adicción, que los genes no justifican la infidelidad, y devela a los adictos al amor.

“Sé que este libro no lo van a ver niños, pero no estaría mal que llegara a un público joven —concluye Pere Estupinyà—. ¿Cómo están aprendiendo los jóvenes hoy sobre sexo? A partir de pornografía e internet. Creo sería mas conveniente que lo hicieran leyendo este tipo de libros”.

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