Chihuahua, entre cuevas y cañones

Al noreste de México, este estado sorprende por su gastronomía, riqueza cultural y paisajística y por la capacidad de combinar dos mundos a tan solo unas horas de camino. Este fascinante lugar es historia y aventura, pasado y futuro.

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Si tuviera que describir Chihuahua en pocas palabras diría que es de esos destinos que pretenden poco y sorprenden mucho. A decir verdad, llegué con más cosas en la cabeza que en el equipaje. Era inevitable no pensar en aquella raza de perros pequeños que llevan su nombre o especular sobre si su ubicación geográfica lo hacían un lugar inseguro. 

Chihuahua es un estado de México, ubicado al noreste del país, que limita al norte con Estados Unidos y al sur con Durango. La gente es amable y la temperatura puede variar de una ciudad a otra de 30 a 5°C. Cada paisaje es una postal y cada esquina inspira una foto.

Aterricé en su capital a las 11:30 p.m. después de hora y media de vuelo desde Ciudad de México y, pese al itinerario, la primera impresión que tuve de Chihuahua es que goza de una gastronomía única y exquisita: el restaurante Tacos Orientales nos recibió con una refrescante bebida de horchata (una de las tradicionales aguas frescas de México) y unos tacos al pastor. El menú también incluía encebollado, alambre de bistec y gringas de marlin.

La capital de Chihuahua, que lleva el mismo nombre, es pequeña, pero con una oferta turística amplia y variada. Un buen plan es iniciar el día visitando las Grutas Nombre de Dios, inauguradas en el año 2000 después de acondicionarlas al público. Están ubicadas a 15 minutos del centro histórico y cuentan con 17 salas llenas de estalactitas y estalagmitas que se formaron durante millones de años. El ingreso para niños cuesta 25 pesos mexicanos y para adultos 50.

Una de las maravillas de conocer otros lugares es tener la fortuna de viajar en el tiempo a través de la arquitectura, la historia, los relatos y las imágenes que deja el pasado. En este caso, todo lo anterior se descubre en el centro. Allí se encuentra la Plaza de Armas, situada entre el Palacio Municipal y la catedral metropolitana, una joya arquitectónica de la ciudad y un bello ejemplo del arte barroco.

El recorrido no termina hasta admirar el Monumento a los Héroes de la Independencia en la Plaza Hidalgo y recorrer el imponente Palacio de Gobierno con su arquitectura neoclásica. Se sorprenderá con el altar a la patria en el sitio donde fue fusilado Miguel Hidalgo. 

Si aún resiste un poco más caminando, puede disfrutar de la suave brisa que llega por el camino de las tiendas. Los artistas callejeros y la música en la calle, le recordarán que este momento es pasajero.

Chihuahua, sin embargo, no es un destino de ladrillo. A lo largo y ancho del territorio, la sierra madre occidental se despliega con toda su grandeza a través de montañas, mesetas, increíbles ríos, arroyos, cascadas y cuevas. El mejor ejemplo de ello es Barrancas del Cobre, uno de los más grandes e impresionantes sistemas de cañones del mundo con 1.500 metros de altura.

A él se llega en el Ferrocarril Chihuahua-Pacífico, más conocido como El Chepe. Son siete horas desde la capital del estado en las que los viajeros pueden disfrutar de un paisaje montañoso, pero a la vez rocoso y árido, mientras el tren realiza cuatro paradas. El trayecto en primera clase tiene un costo de US$45 para niños y adultos e incluye desayuno, pues la salida es a las seis de la mañana.

Al llegar, la sensación es como la de haberse devuelto en el tiempo. Viviendas entre las rocas, comunidades indígenas, artesanías y niños descalzos que cuidan de sus hermanos pequeños cargados en la espalda. Todo esto en uno de los escenarios más reconocidos de México: el sistema de cañones cuatro veces más grande en extensión (60 mil km²) y casi dos veces mayor en profundidad que el Gran Cañón de Colorado, en Arizona.

Asimilar lo que se está viviendo toma su tiempo, al igual que admirar la obra imponente de la naturaleza y honrar el trabajo que hacen los indígenas con sus manos representado en bufandas, chales, tejidos y artesanías de complicadas figuras en madera y palma. Si la curiosidad lo lleva a indagar más de esta cultura debe buscar las respuestas en caminos empedrados.

Me refiero a que el cañón es el hogar de los indígenas Tarahumaras, un pueblo nativo de México asentado en este territorio hace cientos de años, por lo que los guías turísticos suelen hacer recorridos de una hora en los que se ve a esta población trabajando en sus tejidos y vendiendo sus productos. También es común pasar por sus casas incrustadas en las rocas. Hablar con ellos no es tan sencillo, pues solo confían y socializan entre ellos.

El viaje de siete horas en tren también vale la pena por el Parque de Aventuras Barrancas del Cobre. Compuesto por un conjunto de siete cables de canopy; una vía ferrata que consta de rappel, escalada en roca y un pequeño puente colgante al que se accede por medio de un salto de Tarzán; un restaurante con espectaculares vistas y un piso de cristal, senderos para caminar, renta de bicicletas y el tercer teleférico más largo del planeta.

Y cómo olvidar el Zip Rider. La tirolesa más larga del mundo. Son 2.5 kilómetros que se recorren en tres minutos, a una velocidad de entre 80 y 135 km/h. Haciendo la fila, el ritmo cardiaco aumenta; mientras se sienta en la incómoda silla y ve un cable sin fin por encima de un abismo, las manos tiemblan y las piernas no se quedan quietas; a la cuenta de tres ya la decisión no tiene marcha atrás y no queda de otra que gritar, abrir los brazos guardar en la mente el espectacular paisaje y sentirse una persona libre.

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