Colombia con ojos de extranjero

Este holandés lleva cinco años fotografiando la belleza oculta del país, la que es invisible a los locales que se han acostumbrado a la diversidad de estas tierras. Pueblos y parajes naturales, alejados de los destinos tradicionales, son sus favoritos.

Nubia Rojas

A sus 39 años, Fetze Weerstra ha visto más de Colombia que los propios colombianos. No solo porque este holandés se dedique a viajar por el país para “mostrar su verdadera esencia y carácter” a través de la fotografía, sino porque lo hace con los ojos de un extranjero que no está familiarizado con nada, lo que le permite sorprenderse con las cosas más sencillas de cada lugar.

Al país llegó persiguiendo su sueño. Cuenta que todo comenzó cuando tenía 28 años, todavía vivía en Ámsterdam y recién empezaba a trabajar como consejero de comunicaciones para una entidad gubernamental. “Por esa época terminé con mi exnovia y decidí renunciar porque no me sentía bien en una oficina todo el tiempo con jefes y contratos”.

Tenía dos opciones: volver a comenzar en Ámsterdam o irse para Barcelona, una ciudad que siempre le había encantado por su arquitectura y carácter cosmopolita. “Vendí todo, empaqué mi ropa y me fui a aprender español”. Como no hablaba el idioma, consiguió un trabajo en un banco que buscaba empleados extranjeros. Sin querer, volvió a terminar en una oficina.

Ese mismo año conoció a quien hoy es su esposa, la razón por la que se quedó en Barcelona y llegó a Colombia. “Ella publicó un anuncio en Internet buscando aprender holandés, ofreciendo a cambio clases de español. El click fue inmediato y aprendí su idioma pero ella prefirió aprender el mío en una escuela”, cuenta entre risas. Vivieron en la ciudad catalana por seis años, hasta que la crisis española arreció.

Sin trabajo, reaparecía la oportunidad de empezar de cero y perseguir su sueño, esta vez en el país de ella. “No quería más jefes, ni horarios de oficina, quería libertad, así que decidí dedicarme tiempo completo a la fotografía, que es mi pasión”.

Nada más llegar, el fotógrafo encontró una oportunidad. A diferencia de Europa, donde las postales turísticas son de todos los días, en Colombia era muy difícil encontrar una medianamente actualizada. Eso a pesar de la diversidad de paisajes que hay en el país y que lo enamoró. “Acá hay desiertos, playas, selvas, montañas con nieve; me fascina tanta variedad, en mi país todo es plano”, cuenta.

Aprovechando que ya había obturado su cámara en lugares como Iza, Guatavita, Paipa, Bogotá, Santa Marta y Cartagena; armó un portafolio y comenzó a vender sus fotos. En poco tiempo más de 50 establecimientos entre hoteles, librerías y museos como el Nacional las estaban comercializando. “Me di cuenta que sí se puede vivir de la fotografía”.

Cinco años han pasado desde entonces y ya tiene una dinámica muy definida. No le gusta hospedarse en los grandes hoteles porque piensa que “te encierras y solo ves la piscina, te pierdes la cultura, la esencia del destino”. Además, disfruta más los pequeños municipios del país y los parajes naturales que los grandes destinos vacacionales. Sus favoritos son Aguadas, en Caldas, y el Páramo de Sumapaz.

El primero lo visitó durante el Festival Nacional del Pasillo y lo recuerda con cariño por su belleza, lo colorido de las fiestas y la calidez de los habitantes que no dejaban de preguntar qué hacía un holandés en esas tierras. El segundo, comenta, le impresionó porque a pesar de su cercanía a Bogotá, es el páramo más grande del mundo. “Cuando lo caminas te sientes solito en el mundo, es increíble”.

Escribió una lista con los cien lugares que quiere conocer. Ya ha visitado 45, como Otros de sus favoritos son Filandia, el Cañon del Chicamocha, Santa Cruz de Mompox, Villa de Leyva, Cartagena, Ráquira, Barrichara, Popayán y San Andrés, que también se encuentran entre sus favoritos.

Sin embargo, cuenta que por cada uno que tacha entran cinco más. Los que más ansía retratar son La Guajira, el Cocuy, la Sierra Nevada, Chingaza, Guatapé, Santa Fe de Antioquia, el Chocó y la selva amazónica. Ese listado lo repasa cada vez que tiene ganas de viajar y luego de elegir un destino comienza a investigarlo. “Miro qué fotos ya existen y me meto a Google Street View para caminar desde mi computador y saber cómo me siento allá”. Aunque tanta planeación es propia de un europeo, Weerstra confiesa que siempre va con la esperanza de sorprenderse y nunca regresa a Bogotá decepcionado.

Su secreto radica en evitar caer en los lugares comunes. “Si voy a París una foto de la Torre Eiffel no es tan especial. Son más especiales cosas tan obvias como las casas y la gente, que no tiene un valor turístico per sé, pero que sí define muy bien al destino y la cultura que lo rodea”, explica. En esto ayuda ser un extranjero, pues lo que para los colombianos es normal y pasa desapercibido, puede resultar gratamente sorprendente para los holandeses.

Hoy, a diferencia de Barcelona, Fetze tiene un plan: vivir en el país hasta haber fotografiado la gran mayoría.