Historia de un viajero

Diez días meditando en silencio… en India

La experiencia del colombiano Felipe Villegas con Vipassana, una técnica budista de meditación que se enfoca en observar las cosas como son.

El colombiano Felipe Villegas Múnera (en el centro) con sus compañeros y amigos de meditación en la India. / Archivo particular

Mientras hacía mi recorrido por los Himalayas, en el norte de India, tuve la oportunidad de hacer un curso de meditación durante diez días en silencio, llamado Vipassana, una técnica budista de meditación que se enfoca en “observar las cosas como son” sin reaccionar a ellas.

Este método te abre la mente y te permite experimentar nuevas sensaciones mientras permaneces en silencio durante todo el curso. Muchas personas que conocí durante mi viaje me recomendaron tomar uno de estos cursos, así que decidí hacerlo.

En ese momento me encontraba en la ciudad de Leh, región de Ladakh, India, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Es un pueblo tibetano rodeado por la cordillera del Himalaya y por unos paisajes que te quitan el aliento.

Las personas son hospitalarias, amigables y muy humildes. Este pueblo marcó gran parte de mi tiempo en India. Tanto así que permanecí un mes allí conociendo y aprendiendo de su cultura.

El curso de Vipassana era en un pueblo llamado Sabhu, a media hora de Leh. Como de costumbre, decidí viajar a dedo desde Leh hasta Sabhu. Solo me tocó esperar cinco minutos hasta que se detuvo el vehículo que me llevaría a este pueblo y, también, a mi curso de Vipassana.

La persona que me recogió se llama Arjun. Es mitad indio, mitad americano (“gringo”) y había ido a Ladakh solamente por el curso de Vipassana. Esto no era coincidencia: ¿la persona que me recogió mientras viajaba a dedo también iba a Vipassana? Esto era una señal de que era algo que debía hacer.

Una vez llegamos a Sabhu, encontramos el lugar en donde estaríamos meditando. Era increíble.

Un lugar lleno de montañas rojas y desértico. Yo no he ido a Marte, pero estoy seguro de que se vería así. Había varios campamentos en donde haríamos las sesiones y dormiríamos. Nos recibieron con té y comida y nos permitieron interactuar con las demás personas que harían el curso.

Caminé durante un rato viendo las instalaciones. Eran sencillas. Algunos de los baños era simples huecos en el suelo, que debíamos cubrir con una pala una vez los usáramos. Las camas eran un poco duras, pero servían. Teníamos dos duchas para 30 personas, pero no importó. Sabía que era el lugar donde debía estar.

En el primer día nos tocó entregar todas nuestras distracciones como celulares, tabletas, computadores, libros, diarios, entre otros. Solo podíamos conservar nuestra ropa y objetos de aseo.

Tuvimos una pequeña sesión de meditación para introducirnos al curso y luego a dormir, ya que al siquiente día comenzaríamos temprano.

A las 4 a.m. nos despertaron a todos. Si creen que despertarse a esa hora es duro, imagínense hacerlo a 2°C de temperatura.

Era una tortura, pero la mente y el cuerpo pronto se adaptaron. Además, no podíamos hablar, así que nadie se podía quejar. La sesión comenzó media hora después. Al comienzo explican cómo respirar y enfocarse solo en ello.

Se debe procurar mantener una misma postura durante la sesión y no abrir los ojos.

Al comienzo yo no sabía bien qué hacer. Nunca había meditado en mi vida. Todos parecían expertos, menos yo, al menos eso creía.

Con el paso de los días, vas perfeccionando la técnica y empiezas a enfocarte en las sensaciones alrededor de todo tu cuerpo. Solo observando sin reaccionar. Tuve algunas sesiones muy buenas, otras no tanto. A veces sentía que mi cuerpo se doblaba completamente y luego de que abría los ojos, me daba cuenta de que seguía en la misma posición.

Con el paso de los días el cuerpo me dolía cada vez más, pero esto es normal cuando no se está acostumbrado a permanecer tanto tiempo en una misma posición.

Sin importar el dolor físico y mental, seguí. Experimenté sensaciones muy bonitas y pensamientos profundos (que prefiero reservármelos, espero que me entiendan).

Hubo días que odiaba Vipassana y otros lo amaba. Era un cambio de emociones constante, hasta que aprendí a observar sin reaccionar.

Aprendí mucho, especialmente sobre la vida. No soy budista ni religioso, pero tomo de las religiones lo mejor que me sirva para mejorar mi estilo de vida. De Vipassana aprendí que debo ver las cosas como son, a no tener expectativas y a no apegarme tanto a las cosas y a las personas.

Ya ven que cuando existe un apego hacia las cosas y personas, hay una probabilidad muy alta de experimentar más sufrimiento de lo normal. Si pierdes ese objeto que tanto quieres, te sentirás miserable porque te apegaste tanto a él que sientes que no puedes vivir sin él.

Si una persona se va de tu vida y sentiste un gran apego, es muy probable que te sientas miserable con su partida, ¿cierto? Si tienes altas expectativas, lo más probable es que te sientas mal si no se cumplen, ¿no es así?

Esto no es fácil, y no digo que yo estoy en ese nivel, pero creo que estoy más cerca que antes. Lo anterior no significa que no debas amar a alguien o valorar tus cosas. Significa que no debes apegarte para no sufrir. Al menos eso entendí yo de este curso y siento que me ha servido desde que lo hice.

También aprendí que nada es permanente. Los momentos buenos y malos pasarán. Así que cuando estés en un mal momento, siempre ten presente que mejorará. Y cuando pases por un buen momento, disfrútalo al máximo, porque puede que no sea para siempre.

Gracias a Vipassana también conocí a unas personas increíbles que hoy considero amigos cercanos.

Cuando vives estas experiencias con más personas, se crea una conexión muy fuerte. Los cursos de Vipassana los ofrecen alrededor del mundo y son a base de donación. Si alguien está interesado en tomar uno de ellos, puede visitar la página www.dhamma.org

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