A dos horas de Medellín

Manantiales del Campo, un paraíso en el oriente antioqueño

Con más de 220 especies de aves y 500 hectáreas de selva tropical, esta reserva natural se ha convertido en una de las mejores opciones de hospedaje para quienes disfrutan del turismo de naturaleza. El trato familiar y la privacidad la caracterizan.

El colibrí nuquiblanco es solo una de las 220 especies de aves que se han registrado en la reserva. Se cree que hay más de 250, la gran mayoría de ellas endémicas. / Fotos: cortesía.

Paraísos hay muchos. Vienen en forma de lagos, ríos, cascadas, parques, playas, bosques, selvas, reservas naturales y hasta hoteles. Algunos juntan dos o más de estas características en un solo lugar para convertirse en rincones únicos del planeta. Uno de ellos se llama Manantiales del Campo y se encuentra a dos horas de Medellín, entre los municipios de Guatapé y San Rafael.

Se trata de una zona privilegiada geográficamente, ubicada en el cañón del Guacaica, un punto medio de la cordillera central de los Andes, en el que se encuentran el frío del altiplano del oriente antioqueño con el clima cálido que caracteriza el piedemonte del Magdalena Medio. Esta mezcla ha generado la temperatura perfecta para sostener una selva abundante en flora y fauna de ambos pisos térmicos, así como una gran riqueza de vertientes de agua. No por nada se le conoce como la zona de los manantiales.

A este remanso de paz llegó hace quince años Leonel Giraldo, un comerciante antioqueño con varias empresas en Bucaramanga. Fue a visitar a su hermano que tenía una finca en el lugar y terminó enamorándose de los ríos y las montañas y comprando el terreno de al lado. Poco a poco fue adquiriendo más tierra y cuando se dio cuenta ya tenía quince predios que hoy suman más de 500 hectáreas.

Desde entonces, Manantiales del Campo ha estado en constante evolución. Giraldo, que tiene como único objetivo la conservación de este pulmón verde antioqueño, decidió convertir su finca en hotel boutique hace seis años, cuando se dio cuenta que no era el único que apreciaba la belleza de este lugar. “La gente quería entrar a conocer y al principio se metían con una olla a la espalda y un saco de plátanos, yucas, paquetes y muchas cosas más. Era más la basura que traían que lo que aportaban, entonces decidí hacer el hotel y promover un turismo responsable”, comenta. Y agrega que sostener una reserva tan grande no es fácil y que organizar caminatas ecológicas, cabalgatas, tardes de spa, pesca deportiva y hospedaje dentro de la misma es una forma de garantizar que todo funcione como un reloj.

Comenzó abriendo camino con puentes y escaleras que recorren la reserva hasta el último punto transitable de la montaña, pasando por dos cascadas de agua cristalina donde los caminantes pueden parar a bañarse y un mirador —Catalejo— que ofrece una extraordinaria panorámica del departamento, de esas que obligan a preguntarse si lo que se robó el aliento fue la caminata o la vista. Lo hizo sin tumbar un solo árbol; de hecho, los caminos tratan de rodearlos y esquivarlos e, incluso, ha plantado 2.500 más para darle más frescura al recorrido.

Al tiempo, modernizó la casa principal con el fin de adecuar las habitaciones y en la vivienda secundaria levantó el restaurante, con el comedor justo al frente de la piscina natural, formada por el río que baja de la montaña; construyó un lago artificial y tres suites con madera inmunizada de un estilo muy europeo. En total son 13 cuartos con capacidad para 34 personas. “Un grupo más grande puede hacerle daño a este ecosistema; además, se pierde la gracia, pues no se podría atender a la gente con el mismo calor humano”, explica Giraldo, quien, cansado de trabajar, ahora se dedica a atender y compartir con sus huéspedes.

Son varias las particularidades que hacen que Manantiales sea especial. Por ejemplo, llevan un año registrando todas las especies de aves del lugar y ya han encontrado 220 entre endémicas, semiendémicas y migratorias, las cuales pueden observarse durante la caminata ecológica por la reserva. Y dicen que es apenas la punta del iceberg, por lo que ofrece una lista para que los visitantes vayan tachando las que ya ven y agregando las que no estén enumeradas. Además, a diferencia de la mayoría de alojamientos, prefiere no poner música en ningún momento, pues el canto de los pájaros y el correr del agua son arrullo suficiente. Tampoco hay teléfonos en las habitaciones y, aunque se ofrece el servicio de wifi, no se promocionan, porque la idea es desconectarse y descansar.

En cuanto a la comida, todas están incluidas para evitar que los huéspedes tengan que salir o llevar sus propios alimentos. Una vez a la semana, los empleados de Manantiales bajan a San Rafael para comprar café, pollo, carne, miel, frutas, verduras, chocolate, panela, quesos y toda clase de productos orgánicos a la asociación de campesinos del municipio, que ha sufrido la realidad del conflicto armado.

Este paraíso ecológico y de contemplación es tan rico en naturaleza que incluso la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare (Cornare) usa la reserva para liberar animales silvestres rescatados en las carreteras antioqueñas tras haberlos rehabilitado. El pasado domingo, por ejemplo, devolvieron al bosque 20 especies, incluidos un puercoespín, tres zarigüeyas, varios pericos y un búho de anteojos en peligro de extinción.

A largo plazo, la ambición de Giraldo es entregarles la reserva a las autoridades ambientales, “pero con condiciones. Tienen que dejar todo así como está, sin tumbar ni un solo árbol”, explica, al argumentar que esta es su forma de dejar huella, una que espera pueda ser disfrutada por todos los colombianos.

*Invitación de Manantiales del Campo y Satena.