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Buen Viaje VIP 11 Jun 2013 - 10:00 pm

Visita a la laguna de Guatavita

Recuerdos de El Dorado

A tan sólo 50 kilómetros de Bogotá está el lugar que dio vida a una de las leyendas más famosas del Nuevo Mundo.

Por: Redacción Buen Viaje
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Guatavita está a hora y media de Bogotá. La entrada al parque ronda los $10.000. / 123rf

Por fin lo habían encontrado. Después de navegar miles de kilómetros por la inmensidad del océano Atlántico y de atravesar espesas selvas de especies nunca antes vistas, por fin estaban frente a la entrada de El Dorado. El extraño lugar, que hasta entonces era sólo un rumor viajando por barco desde América hasta Europa, los recibió con una brisa fría de páramo que roía sus huesos. Pero eso, en realidad, no importaba. Y no importaba porque después de vagar por montañas, cruzar sinuosos ríos y sortear la densa vegetación del trópico en la que se habían extraviado miles de cadáveres españoles, estaban a punto de saciar su sed de riqueza. O eso, al menos, era lo que creían cuando vieron por primera vez ese pozo llamado Guatavita.

El culpable de aquel rumor, que sería durante muchos años el causante de cientos de muertes, había sido Sebastián de Belalcázar. Él, que junto al despiadado de Pizarro atravesó las costas del Perú deshaciéndose de indígenas con el filo de su espada, fue el primero en oír la historia sobre un cacique que, bañado en polvo de oro y rodeado de joyas preciosas, se adentraba a bordo de una balsa en una laguna y una vez allí, como parte de un ritual milenario, lanzaba esmeraldas y objetos tallados en oro a las profundidades de las aguas.

Belalcázar, que para entonces acababa de conquistar Quito, quedó pasmado con la revelación que le hacía un nativo de la zona andina. “Vamos a buscar a ese indio dorado”, dijo de inmediato, y como si los tesoros hallados en estas tierras jamás fueran a saciar esas ansias del Viejo Continente, su voz llegó hasta Castilla y a todos los rincones de las Indias. Desde ese día de 1534 empezó a forjarse la gran leyenda.

La historia comenzó a seducir a muchos colonos; comenzó a embrujarlos prometiéndoles satisfacer la codicia que despertó el Nuevo Mundo. Tales fueron las pretensiones de los españoles, que en más de una ocasión se organizaron grandes expediciones para hallar el tan anhelado Dorado. Una de ellas estuvo comandada por Hernán Pérez de Quesada, que desde Venezuela emprendió una larga travesía. Tras soportar bandadas de mosquitos, el hambre de la selva y la fiereza de animales desconocidos, decidió desistir de su idea en el valle de Sibundoy, en cercanías de Popayán. El resultado no pudo ser peor: más de cien españoles y alrededor de ocho mil indígenas muertos por la escasez, la fuerza de los ríos y las enfermedades de Occidente.

Todos esos relatos, de los que se tienen precisos detalles gracias a cronistas de esos tiempos, como Juan Rodríguez Freyle, Fray Pedro Simón o Pedro de Aguado, zumban en muchas cabezas cuando se vuelve a pisar los caminos que conducen a Guatavita. Allí, en medio de un par de cerros, están esas aguas verdeazulosas que varios han intentado saquear. Están a una hora y media de Bogotá, a unos pocos kilómetros del embalse de Tominé, el más grande la Sabana.

El viento, desde luego, sigue siendo gélido. Sigue cacheteando las mejillas de los continuos visitantes que van detrás de un guía que, como parte de una larguísima retahíla, cuenta algunas curiosidades sobre los intentos de robarse joyas de la laguna, como alguna vez, en 1580, lo hizo un tal Antonio de Sepúlveda, mercader de Santa Fe. Con la anuencia del Concejo, logró un permiso para comenzar una labor de desagüe, en la que ayudaron cientos de indígenas y varios ingenieros. Junto a ellos logró que parte de las montañas quedara al descubierto para, como narra Fray Pedro Simón, “ir hallando algunas joyas de oro de mil hechuras, chagualas o patenas, sierpezuelas, águilas, esmeraldas que sacaban de entre la lama y cieno”.

Y así, hay cientos de recuerdos que vienen sobre la cima de esos fríos cerros, desde los que se ve una llanura saturada de parches verdes, un color que no deja de ser constante en este páramo de frailejones, borracheros y flores de vivas tonalidades.

La laguna de Guatavita, pese a la brisa, no se mueve. Es calmada. Es como una puerta sellada que sigue esperando a los verdaderos dueños de la ciudad dorada que oculta en sus profundidades.

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