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Buen Viaje VIP 16 Abr 2013 - 10:31 pm

Travesía por La Guajira

Las tierras del viento

En el extremo norte de Colombia se esconde un paraíso, un lugar en el que no hay cabida para los grandes complejos turísticos, un territorio distinto al resto del país, que cautiva con sus paisajes y costumbres wayuus.

Por: Mariana Suárez Rueda
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Adentrarse en La Guajira es explorar otra Colombia. Sus paisajes agrestes, en los que la tierra constantemente se eleva con la fuerza del viento, los carros de placas blancas con aguamarina provenientes de Venezuela y con permiso sólo para circular en el departamento, los niños wayuus que sorpresivamente aparecen en medio del desierto con las manos extendidas esperando recibir un paquete de galletas, las montañas de bolsas plásticas que a veces se ven apiñadas a lo largo de la arena, las rancherías con decenas de hamacas de colores colgadas para alojar a los turistas, los chivos comiendo sobre las peñas junto al mar y lo precaria que es la vida cotidiana, hacen de este lugar un destino único, mágico.

Es inevitable, después de pasar unos días descansando y recorriendo el departamento, regresar con un sentimiento distinto, de desprendimiento, de tranquilidad interior. En La Guajira no hay resorts ni grandes complejos turísticos. Los 15.300 kilómetros cuadrados que ocupan los wayuus, de los 20.848 que tiene la región, están protegidos y su manejo opera bajo una lógica distinta.

Los miembros de esta comunidad indígena se sienten a gusto con su forma de vida. A muchos no les interesa que instalen postes y les lleven energía eléctrica; tampoco pagar porque haya acueducto ni adecuar habitaciones con camas en sus casas.

Y son precisamente esas carencias que se experimentan como turista —tener que acostumbrarse a la luz de la luna o a la oscuridad cuando llega la noche, aprender a bañarse en segundos o con totuma porque el agua dulce es escasa, dormir en chinchorro e incluso muchas veces ir al baño al aire libre— las que le imprimen un sello distinto a unas vacaciones en el Cabo de la Vela o en Punta Gallinas.

El paisaje es otro ingrediente esencial de esta experiencia. La fuerza del viento y la falta de verde hacen que estas tierras luzcan agresivas. Los chivos, de los que los wayuus sacan la leche y con cuya carne se alimentan, se ven obligados a escudriñar el desierto para no morir de hambre. Es común observarlos por decenas deambulando en el día, pero cuando comienza a caer la tarde, sus dueños les abren las puertas de los corrales y ellos, sin necesidad de gritos ni órdenes, regresan juiciosos a sus hogares.

También es increíble conocer los salares. De repente el piso deja de ser cobrizo y se vuelve completamente blanco. A veces pareciera que se trata de un espejismo. Los wayuus tienen perfectamente divididas estas zonas. En la mañana, a excepción de los fines de semana, se los ve extrayendo la sal y levantando gigantescas montañas de polvo blanco que luego son recogidas por camiones para llevarlas a la fábrica y procesarlas. Lamentablemente, cuentan algunos guajiros, la mayoría termina bebiéndose las ganancias esa misma tarde.

El mar es otro de los grandes atractivos de La Guajira. En playas como La Boquita, en Punta Gallinas, la arena blanca llama la atención por las medusas transparentes que se entierran cerca de la orilla. A simple vista parecen bombas de plástico abandonadas, pero sólo es cuestión de acercarse para comprobar que se trata de esos animales que abundan en la región y que hacen llorar a cualquiera cuando con sus tentáculos abrazan alguna parte del cuerpo. Se ven también de color aguamarina y morado y de diferentes tamaños y formas.

Lejos de la costa, las aguas del Atlántico tienen varias tonalidades de azul, pero cerca a la playa se vuelven un poco más turbias y es imposible ver a través de ellas. De vez en cuando se siente el roce de las algas y de los bancos de peces. En algunas zonas se ven flamencos rosados, pero para llegar a ellas generalmente hay que ir en lancha y en compañía de un wayuu.

Uno de los sitios recomendados es el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos, al occidente de la península de La Guajira. Son casi 7.000 hectáreas de una inmensa planicie que no se encuentra a más de cinco metros sobre el nivel del mar. A veces pueden pasar años sin que llueva en este lugar (la temperatura promedio oscila entre los 25 y los 30 °C) y es entonces cuando los flamencos se ven obligados a migrar.

En la parte alta de la península se esconde un paraíso de niebla, humedad y vegetación. Justo en medio del desierto se levanta la serranía de La Macuira. Con una extensión de 25.000 hectáreas, está conformada por tres macizos montañosos con cinco tipos de bosques, muy similares a los de la zona andina que yacen cerca de los páramos, sólo que los árboles son considerablemente más pequeños.

Cuentan los wayuus que estos tres cerros eran en realidad hijos de un cacique de la Sierra Nevada de Santa Marta que tenían prohibido alejarse de casa. Pero una noche huyeron hacia el mar y terminaron convertidos en montañas. Se calcula que actualmente son el hogar de 140 especies de aves y de mamíferos como el oso hormiguero.

En La Macuira el plan varía un poco, pues más que disfrutar de las playas la idea es caminar, dejarse sorprender por el clima y la vegetación tan distintos a los del resto del desierto y descubrir cascadas de agua dulce.

Para que el viaje no sea muy pesado, la recomendación es dormir una noche allí. En el parque natural hay chinchorros y a las afueras un pequeño hotel con piscina y camas recibe a quienes extrañen las comodidades de unas vacaciones tradicionales.

Regresar a Riohacha, la capital del departamento, es volver a la civilización, a tener agua potable para tomar sin ninguna mesura, agua dulce para bañarse con jabón y champú y la posibilidad de comer lo que el estómago pida y no lo que se haya pescado esa mañana. Choca. El cambio sacude la mente y el cuerpo, pero también reconforta. Todo vuelve a ser como antes.

No se vaya de la ciudad sin caminar por el malecón, comerse un ceviche mixto, visitar la plaza central y recorrer los puestos de artesanías que los wayuus han implementado en los andenes. Así dará por terminado un viaje que vale la pena repetir.

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