Japón, país del té, se deja seducir por el café de alta gama

La bebida no se popularizó sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero la acogida ha sido tan buena que se vende en casi todas las esquinas.

Tomada de Pixabay

En el país del té, los japoneses saborean el café a su manera. Lo dejan en manos de especialistas que les sirven la bebida con aroma a lichi, condimentado con jazmín o un expreso "Chardonnay" en un vaso de vino. A lo gourmet.

Los pequeños bares que sirven estas exquisiteces para los paladares más exigentes están de moda en el archipiélago.

Japón importa unas 430.000 toneladas de café por año, justo por detrás de Estados Unidos y de Alemania, y se enorgullece de contar con algunos de los mejores expertos del mundo en este arte.

"El hecho de que existiera la cultura del té ha ayudado a Japón a apreciar el café como producto de lujo", estima Miki Suzuki, de 32 años, mejor barista del archipiélago. "Los japoneses tienen un paladar extremadamente sensible y saben detectar las sutiles diferencias en el gusto".

La joven ha convencido al jurado con una bebida con aromas cítricos y con nitrógeno, una técnica utilizada por los cerveceros para obtener una espuma cremosa. La sirvió en copas de champán.

A ella "al principio no le gustaba el café". Ahora tiene un único objetivo: "convertirse en la primera mujer barista en ganar el título mundial".

Japón cuenta con un palmarés impresionante en el World Barista Championship (WBC), con un ganador en 2014, Hidenori Izaki, y un finalista en 2016, Yoshikazu Iwase. Sus puntos fuertes: la creatividad, las mezclas y el perfeccionismo.

Minuciosidad

"Un barista debe encandilar al cliente, suavemente, como un barman. Su prestación contribuye a crear un ambiente agradable", estima Takayuki Ishitani, quien participó en septiembre en la competición nipona.

Su "búsqueda perpetua" de la taza de café más magnífica lo ha llevado a componer una poción burbujeante con hielo carbónico, hierbas aromáticas y miel con sabor a naranja.

"Es una cuestión de perseverancia", confiesa mientras prepara unos capuchinos, en la tienda de surf donde trabaja, en el barrio a la moda de Daikanyama, en Tokio.

"Diez gramos más o menos de leche cambian el gusto del café. Es un universo muy sutil y eso es lo que tanto gusta a los japoneses, buscar el detalle", añade.

En Japón se multiplican los lugares en los que los artistas del café con leche hacen dibujos con la espuma.

"Noto un profundo interés por el detalle y la idea de que el café puede ser tan diferente", comenta el estadounidense Scott Conary, miembro del jurado del campeonato japonés de baristas.

Los primeros documentos que mencionan el té en Japón datan del siglo IX, cuando los monjes budistas lo trajeron de China. El café no se popularizó hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero la acogida ha sido tan buena que se vende en casi todas las esquinas, en pequeñas tiendas y hasta en los distribuidores de refrigerios de las calles.

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