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Gastronomía 10 Abr 2013 - 8:23 am

El restaurante Carmen abrió una nueva sede en Cartagena

Restaurante Carmen, una extraña experiencia

Con la mira en los turistas, Carmen —en unión con el hotel Anandá— ofrecerá un menú selecto de carnes. Crónica de su inauguración, con la alta sociedad cartagenera como protagonista.

Por: Juan David Torres Duarte
En Twitter: @acayaqui
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El comedor interior de Carmen en Cartagena, rodeado por un ambiente sencillo y cálido, ofrece una vista directa a la cocina. / Cortesía

Horas atrás, antes de la inauguración oficial del restaurante Carmen el pasado sábado, cuando el sol caía duro, un mesero caminaba hacia la piscina del hotel Anandá con dos botellas de gaseosa. Esa noche, Carmen se presentaría ante la sociedad cartagenera con un coctel en las instalaciones del hotel, que como parte de su propuesta se unió al restaurante y lo albergó. El mesero caminó bajo la sombra y salió al sol cansino, donde dos mujeres esperaban las botellas. Entonces ofreció acercarles las botellas, como debía ser. Puso la primera cerca de una de las mujeres y, cuando tomaba el vaso para dejarlo a su lado, la segunda botella se deslizó en la bandeja, rebotó en el camastro que sirve para broncearse y dio contra el suelo y ¡crash!

Los vidrios volaron y el golpe hueco alertó a las mujeres, que dijeron ay, dios, los vidrios, y unos fueron a dar al suelo y otros a la piscina, quizá, decía el mesero. “Eso es lo que me preocupa”, comentaba. Con el entrecejo fruncido, sudando, trajo una de las mesas enanas que estaban detrás de los camastros, la ubicó entre las dos mujeres y puso sobre ella los dos vasos con hielo y la gaseosa que había sobrevivido. Entonces volvió a la piscina y se agachó, tentando con las manos su borde curvo. Se levantó de nuevo, preocupado, más allá de lo que cualquiera podría estar si en su casa se quiebra una botella, y dijo:

—Sí, los vidrios, eso es lo que me preocupa.

***

En la noche, sin embargo, no hubo errores. La invitación oficial rezaba que el coctel principiaba a las 7 de la noche, pero el grueso de los invitados no arribó sino después de las ocho. En ese lapso, un grupo de hombres morenos, trajeados de blanco y negro, como debía ser, tocaban sones, a ratos boleros. De pronto se silenciaron. Había en ese momento pocas personas: Diego —uno de los creadores de Carmen, pelo cenizo, barba grisácea, ojos claros— departía, amigable, con tres comensales, vestidos de maneras coloridas. Los meseros de tanto en tanto ofrecían whisky, ginebra, vino. Se escuchaban murmullos, charlas en voz baja.

Mientras tanto, pasando la Torre del Reloj, camino de la plaza de Getsemaní, las prostitutas aún estaban resguardadas en los bares, hombres y mujeres se sentaban en el Camellón de los Mártires, botella en mano, y dialogaban en voz alta.

A Carmen llegaban poco a poco los invitados, con sonrisas brillantes como los aretes y collares que llevaban las mujeres, refulgentes, enérgicos. Se saludaban todos, se presentaban. Ya se veía a Diego asumiendo su papel de anfitrión junto con su hija, Carmen, y su yerno, Rob Pevitts, también fundadores del restaurante, que hace tres años y medio abrió su sede en Medellín. Allí atrajeron una clientela que los busca por su variedad de carnes de res, pescado y vinos.

Cuatro años atrás, Carmen Ángel vivía en San Francisco; allí conoció a su novio y luego esposo. Ángel se recibió como profesional en economía y negocios de la Universidad de California, pero lo cierto es que poco le emocionaba dedicarse a eso. Estudió, pues, en la academia Le Cordon Bleu y trabajó en los restaurantes Hawthorne Lane y Gialina. Tiempo después de graduarse, su padre, Diego, los visitó y, un par de botellas de vino después, les propuso que fundaran un restaurante. ¿En San Francisco? “No, ombe —les respondió—, es muy caro. En Medellín”. Y entonces lo que se ve hoy es un carta que, aunque breve, resulta atractiva: pez sellado con aceite de oliva, salmón de piel crocante, lomo rostizado en masa de sal —que los comensales disfrutarán— y langostinos y camarones ahogados en mantequilla de cítricos.

—Nos vinimos a Medellín, entonces —cuenta Carmen, de pelo rubio, piel rojiza por el calor—. Rob no hablaba español. Vendimos carros y casa y nos vinimos.

***

Los invitados charlaban de pie, pues las mesas se habían agotado. Las mujeres sonreían y los hombres, ventrudos algunos, movían el vaso de whisky o vino. En la cocina, el chef pone las salsas, adereza los aperitivos, las cacerolas se calientan. Los meseros, como debía ser, traían entre el tumulto bebidas y aperitivos, entre ellos chorizo de suave sabor y salmón.

A chorizo olían también las calles de Getsemaní cuando, a la medianoche, las prostitutas ya habían salido y se ofrecían y cuando un hombre, en plena plaza, decía: “coca, coca, coca”. Se oían los rugidos de las discotecas y la vida era tan viva como de día.

Los invitados de Carmen terminarían la noche en la terraza, al aire libre, con música a todo volumen. Pero hasta las diez de la noche disfrutaron del trago y la música y se saludaron y rieron con risa carrasposa. Todos parecían dichosos, parecían amigos de siempre.

Por eso, fue pintoresco cuando uno de los comensales dijo:

—Estas reuniones son extrañas.

—¿Por qué?

—Porque parece que uno conoce a todo el mundo, pero jum...

[email protected]

@acayaqui

 

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