Resistencia y existencia: la lucha de los indígenas colombianos por sobrevivir

La exposición “El origen de la noche” revela la compleja relación que tienen las comunidades indígenas con Occidente y cómo, por medio de los cantos, responden a las agresiones de violencia.

La exposición se compone de distintas muestras, que van desde lo sonoro hasta lo audiovisual. / Fotos: Jesús Abad Colorado

La relación que el país ha tenido con sus comunidades indígenas ha sido históricamente de rechazo y olvido. La conservación de sus tradiciones y culturas, por años amenazadas, ha sido posible únicamente por la perseverancia de sus pueblos, que se han negado a desaparecer a pesar de que en Colombia se ha hecho todo lo posible para que suceda.

Desde los años de la bonanza cauchera en los siglos XIX y XX, que dejó un saldo cercano a los 100.000 indígenas muertos, hasta los conflictos recientes con los intereses económicos del Estado, de las compañías mineras, las guerrillas, los paramilitares... la historia de los indígenas del Amazonas ha sido siempre la misma: de resistencia y existencia.

Y es precisamente sobre esa lucha por mantenerse vivos que gira “El origen de la noche”, una exposición colectiva y transdisciplinar que reúne diversas propuestas artísticas que abarcan lo sonoro, lo fotográfico y lo científico, para mostrar esa compleja relación que han tenido los indígenas de la cuenca amazónica con Occidente y cómo, luego de tantos años, aún no comprendemos su manera de entender y vivir el mundo.

“Los indígenas tienen una concepción del mundo en la que el ser humano no es el centro, sino que hace parte de una gran cosmogonía que está complementada por la naturaleza. Es una relación entre lo sagrado y lo viviente”, explica María Belén Sáez Ibarra, directora del Museo de Arte de la Universidad Nacional y curadora de la muestra.

“El origen de la noche” toma su nombre de un mito indígena común dentro de varias de las comunidades indígenas de la Amazonia. Según dice el relato, para los ancestros no existía el tiempo y sus días transcurrían completamente bajo la luz del sol. No había oscuridad. La noche era un gran misterio y envidiaban a quienes la tenían en su poder.

De esa manera, con la firme intención de conocer los secretos de la noche, los ancestros visitaron a los dueños de la noche, quienes se las entregaron en una urna. Al abrirla, la oscuridad se esparció por todos lados y con ella la enfermedad, la tragedia y la muerte. Pero al mismo tiempo, con ella recibieron también el poder de controlar su entorno, sanar el mundo, llamar la abundancia, curar el tiempo y lograr la visión de lo físico y espiritual. La caja contenía al mismo tiempo la tragedia y los ritos para controlarla.

“Lo que queremos mostrar es que en el Amazonas colombiano existen comunidades que tienen una relación distinta con la tragedia. Que la abrazan de una manera ancestral, con permanente comunicación con la naturaleza. Es un conocimiento muy complejo y profundo que los occidentales no entendemos”, cuenta María Belén Sáez. “Sabemos por lo científico que la biodiversidad es importante, pero estos territorios también tienen una diversidad cultural digna de rescatar”.

La conciencia, tanto científica como indígena, de que el Amazonas es uno de los lugares más biodiversos de la Tierra, ha chocado con la realidad de un país que, históricamente, ha explotado y luego pide permiso. Casi cien años después de la época del caucho, los indígenas siguen siendo amenazados por distintas fuerzas, tanto económicas como armadas. Sus territorios son deforestados, sus casas desocupadas.

“‘El origen de la noche’ busca mostrar esa dualidad: lo trágico y lo bello”, cuenta la artista bogotana Diana Rico, autora junto a su compañero Richard Décaillet de la pieza central de la exposición: una instalación sonora construida bajo una especie de maloca en la que, bajo la total oscuridad, los asistentes pueden escuchar durante dos horas las historias y narraciones de seis etnias que habitan las riberas de los ríos Pira Paraná y Apaporis, de Chorrera y Araracuara, de La Guajira y la Sierra Nevada de Santa Marta.

“Para ellos, todavía existe la comunicación con la naturaleza y el territorio a través del sonido, de los cantos, los rezos, la lengua”, cuenta Décaillet. Tanto para Diana como para Richard, la riqueza de esta muestra está en la complejidad de la tradición oral, en lo que hay detrás de cada sonido. “Esta muestra es un testimonio de una comunidad que quiere elevar su voz, que desea que sus tradiciones se respeten, una cultura que a la violencia le responde con cantos, danzas y ritos”, agrega Diana.

Testimonios de una guerra ajena

El reportero Jesús Abad Colorado se ha dedicado por más de 30 años a recorrer con su cámara fotográfica los rincones del país que no son reseñados en las noticias. “Los horrores de la guerra en Colombia todavía no se conocen del todo y los indígenas son quizás las víctimas más permanentes de este conflicto”, cuenta Chucho, como le dicen quienes lo conocen.

Según él, al ser un país tan complejo, el conflicto en Colombia se ha transformado, pero mantiene, a lo largo de 200 años, una particularidad. “Hoy, sus actores no son los mismos que hace 100 o 200 años, pero los intereses y por ende las víctimas siguen siendo los mismos”, cuenta el fotógrafo.

El testimonio de este conflicto, que se transforma y a la vez se mantiene, está crudamente representado en la muestra “Los indígenas en el conflicto armado colombiano”. En ella, las fotografías, algunas de principios de los años noventa, otras tomadas hace dos años, demuestran que aunque han pasado tantos años, los intereses del Estado y de los delincuentes siempre han estado detrás de la tragedia que viven los pueblos indígenas.

“Acá hay una serie de fotografías y retratos que están cargados de historia”, cuenta Jesús Abad Colorado mientras camina por la sala. “Esta pequeña muestra comprende fotografías que tomé desde los años noventa hasta hace dos años, en donde los temas son siempre los mismos: protestas, violencia y desplazamiento”, dice.

La muestra, compuesta por cerca de 80 fotografías, algunas inéditas, muestra imágenes de líderes indígenas asesinados, de comunidades desplazadas, de niños cansados de una guerra que, como cuenta Jesús Abad, no es suya, pero que por diversas razones siempre termina afectándolos.

“Los indígenas son víctimas en este país, han sido víctimas de todos nosotros siempre, muchas veces han pedido que no los maten, que los dejen tranquilos porque esta es para ellos una guerra ajena”.

Pero esta lucha indígena no es solo de las comunidades colombianas, también están las 49 fotografías de Claudia Andújar, una periodista suiza de 83 años, que muestran los problemas que produjo la penetración del hombre occidental en la selva de los yanomamis, quienes residen en la selva amazónica de Venezuela y Brasil y son una de las tribus más aisladas del continente. Su segunda serie, “Chamanismo”, capta los ritos de los chamanes en estados alterados de conciencia.

“Los indígenas responden a la violencia del hombre occidental con bailes, con ritos, con amor”, dice María Belén Sáez, quien resalta que el objetivo de la exposición no es otro que el dar a conocer esa relación que tienen los indígenas con su entorno. “Por siglos pensamos que ellos estaban equivocados y les impusimos nuestras costumbres, pero al mismo tiempo desconocimos tanta sabiduría, tanto conocimiento, y con esto pretendemos que los visitantes vean que hay una conexión y que puedan ellos también descubrir lo esencial, que no es otra cosa que la vida misma”.

 

La exposición está abierta al público en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá (Carrera 30 No. 45-03, , Edificio 317) y permanecerá hasta el 15 de diciembre de 2016 y, luego, del 18 de enero al 18 de febrero de 2017. Entrada libre.

 

Temas relacionados