“Pero si desde cuando llegué no te he visto hojear las páginas de un libro, y es álgebra la que te viene pa’ encima…”, respondió. Yo me quedé mirando lo elegante que estaba vestido el profe Castañeda y seguí lo más tranquilo, acariciando el bojote del ramo de hojas de cañaguate que tenía entre las piernas. Más nunca volvimos a discutir sobre calificaciones, especialmente las de álgebra.
Mucho tiempo después lo trasladaron para el Liceo Padilla, en la ciudad de Riohacha. Murió hace pocos años en Ciénaga, su pueblo natal. Cuando paso por ahí, siempre me preguntan lo mismo: “¿Qué pondrías en su lápida?” Pues pondría lo siguiente: “Aquí está mi maestro Castañeda, el que me enseñó en todos los actos de mi vida entereza de carácter y rectitud moral”.
Hoy, como homenaje al maestro Heriberto Castañeda, traigo como recuerdo esta mi primera canción, que le compuse en 1943, cuando tenía quince años:
El profe Castañeda
Cómo recordamos al profe Castañeda/Si de aquí ninguno quiere que se vaya;/Qué triste quedó el Loperena/Qué tristes quedarán sus aulas./Con profundo sentimiento le decimos/El pesar en que ha quedado el Loperena./Él nos dijo adiós porque se ha ido,/Le dijimos adiós pero que vuelva;/Pero que vuelva el profe Castañeda (bis)./Cuando ronca el viento frío de la nevada/Que en horas de estudio llega al Loperena,/Ese frío conmueve toda el alma,/Igual que la ausencia del profe Castañeda./Pero que vuelva, pero que vuelva/Pero que vuelva, /Pero que vuelva el profe Castañeda.