“Él pensaba que la única manera de salir adelante era a través del estudio y el trabajo honesto”, expresa Marta Mejía de Moreno al recordar a su esposo, el médico y cirujano colombiano Bernardo Moreno Mejía, quien falleció esta semana en Estados Unidos.
Se conocieron en 1951, cuando la guerra fría dividía el mundo en dos y los médicos todavía creían que su profesión era una mística, mezcla de arte y ciencia. Bernardo Moreno acababa de terminar la carrera de medicina en la Universidad Javeriana y viajó al municipio de Villamaría, cerca a Manizales, para cumplir con la “colegiatura rural”, como entonces se conocía a l servicio social.
“Cuando regresó a Bogotá me dijo que quería especializarse en el exterior y resolvió irse para Filadelfia”, refiere su esposa, con quien tuvo siete hijos, entre ellos Luis Alberto Moreno Mejía, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, y Roberto Moreno Mejía, presidente de la constructora Amarilo.
No toleraba la mediocridad y les insistía a sus hijos en que debían dar lo mejor de sí. Una filosofía que se autoimpuso desde que era estudiante y que lo llevó a convertirse en uno de los mejores médicos de su promoción en la Universidad de Pensilvania, donde primero se especializó en cirugía general y luego en gastroenterología.
“Era el mejor de todos y por eso le ofrecieron que se quedara. Pero sabíamos que iba a regresar porque pensaba que la educación era lo más importante y él podía contribuir a mejorarla”, recuerda Marta Mejía. De regreso a Bogotá ,se enfrentó a una dura realidad: la enseñanza de la medicina estaba lejos de los mejores centros médicos que había conocido en EE.UU.
Esa situación no amilanó su espíritu emprendedor. Tocó la puerta del rector de la Universidad Javeriana y lo convenció de que trabajaran juntos para terminar de construir el hospital San Ignacio, donde hoy se siguen formando decenas de médicos. Durante 10 años fue decano de la Facultad de Medicina de esta misma universidad.
También fue director de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina y, al llegar a la Presidencia, Misael Pastrana le encargó una tarea mayor: dirigir el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Siempre fue un hombre introvertido y disciplinado, de pocos pero muy buenos amigos.
Cuando sus pacientes o las salas de cirugía le daban respiro, le gustaba jugar golf, ver deportes en la televisión o sentarse en algún rincón de su casa a leer. Más adelante, pensando en ofrecer mejor educación a sus hijos, tomó con su esposa la decisión de regresar a Estados Unidos y se instaló en Florida. Obtuvo privilegios quirúrgicos en el hospital Holy Cross, el centro médico Imperial Point y el Ridge Medical Center.
Fue miembro del Colegio Colombiano de Cirujanos, del Colegio Americano de Cirujanos y de la Junta de Gobernadores del Colegio Americano de Cirujanos. En 1998, recibió la alta distinción de Médico del Año, galardón otorgado por la Sociedad Caducean. Sin embargo, se fue sintiendo defraudado por los sistemas de salud que comenzaron a alejar al médico de los pacientes.
“Cuando llegamos a Estados Unidos, hace 41 años, y empezaron las restricciones del Medicare y los seguros médicos, se dio cuenta de que se estaban metiendo con la relación médico-paciente. Empezaron las demandas contra los médicos que perdían la posibilidad de ejercer su profesión”. Una muestra de los profundos cambios en su profesión. Por esto insistió a sus hijos que no siguieran sus pasos, porque la medicina ya no era igual.
“Su vida se la dio a la medicina. En su retiro le siguió haciendo falta”, dice su esposa. El pasado lunes 8 de julio falleció a los 85 años. Entre sus colegas ya era considerado uno de los grandes patriarcas de la medicina colombiana.