Se ganó la fama de intelectual y de proclive a la posibilidad de una negociación política del conflicto armado en Colombia. No era ni lo uno, ni lo otro. Alfonso Cano estudió antropología en la Universidad Nacional, lo que lo convertía en el letrado de una guerrilla de origen fundamentalmente campesino, pero evidentemente hace décadas había dejado de leer y nunca evolucionó en su pensamiento, lo que lo convertía en obstáculo en una mesa de negociación.
Cano era un hombre profundamente desconfiado y absolutamente escéptico de que el “establecimiento” colombiano estuviera dispuesto a hacer las concesiones necesarias para facilitar un acuerdo que permitiera que la guerrilla de las Farc renunciara al uso de las armas para imponer su lectura de la sociedad y aceptara discutir la de todos por medios democráticos.
En el intento de negociación en el que me tocó participar en los años 91 y 92, en Caracas y Tlaxcala (México), Alfonso Cano lideraba la representación de las Farc. Siempre he tenido la percepción de que ese grupo guerrillero estaba dispuesto a dejar las armas movido por la dinámica de la Asamblea Constituyente y por la posibilidad de conseguir una importante representación en el Congreso en la elección que se celebró en diciembre del 91, después de que la Asamblea revocara el mandato de los congresistas elegidos el año anterior.
Las Farc, por única vez en la historia, forzaron la negociación. Dos de sus miembros ingresaron por la fuerza al consulado de Venezuela en Bogotá para exigir que se iniciara el diálogo. Lo hicieron cuando se iniciaban las sesiones de la Constituyente, suscribieron una agenda en la que quedaba claro que el objeto de la negociación era que la guerrilla dejara de serlo, aceptaron que la negociación comenzara por discutir la localización de la fuerza armada de la guerrilla y más que “transformaciones” económicas o sociales esperaban asegurar espacios políticos. Los representantes de la guerrilla eran de alto nivel en la jerarquía de la organización. El grupo lo lideraba Alfonso Cano, que siempre fue el político de mostrar y hombre de confianza de Tirofijo.
Cano nunca tomó la iniciativa y jamás dijo algo que no hubiera previamente consultado con Manuel Marulanda por el sistema de radio, que usaba todos los días de los más de 10 meses que duró la fallida negociación.
La ambivalencia de su discurso era —en mi opinión— el mayor obstáculo para la salida negociada al conflicto. La pregonaba cada vez que podía, pero no la creía posible y no estaba dispuesto a buscar términos medios. Un comunista convencido, en el sentido más clásico del término. Identificaba en el capitalismo la raíz de todos los males y no dudaba un instante que el sistema político no era más que un remedo de democracia que se limitaba a generar las condiciones para asegurar que los dueños de los medios de producción se apropiaran de la plusvalía que generaba el trabajo. La ortodoxia pura.
Esa creencia le daba la sangre fría para entender que un secuestro no era un secuestro sino una forma de recuperar para el pueblo lo que los ricos se apropiaban injustamente, que un asesinato era una escaramuza de la guerra, y que las bombas y la destrucción eran sólo pasos necesarios hacia la victoria final. Alfonso Cano era un delirante convencido.
Con él era imposible un acuerdo de paz. Los avances que se lograron en el 91 eran impulsados por Tirofijo y Cano era apenas un vocero incrédulo.
Estoy convencido de que murió tranquilo. Todavía estaba seguro de que algún día llegaría el día de la toma victoriosa de Bogotá y de la imposición de un régimen comunista a la manera del de la vieja Unión Soviética y creería que la batalla de su muerte era sólo un paso. A pesar de ser un hombre bien informado, apenas se enteró de la caída del muro de Berlín hace ya más de 20 años y jamás se le oyó una crítica al modelo que los demás veíamos fracasado y menos una autocrítica que condujera a la rectificación del accionar guerrillero. Cualquier duda sobre la teoría pura era revisionismo antirrevolucionario.
Con la muerte de Cano se supera un obstáculo para la negociación, pero será tarde. Con una guerrilla derrotada no se firma un acuerdo, sino una capitulación.
Viceministro del Interior del gobierno de César Gaviria.
Los intentos de diálogo con las Farc
En marzo de 1984 se firmó el Acuerdo de La Uribe, que pactó un cese al fuego entre las Farc y las Fuerzas Armadas que nunca se cumplió. En 1986 se suscribió un nuevo Acuerdo para consolidar la creación de la Unión Patriótica, que fue borrada a sangre y fuego por el paramilitarismo. Los diálogos de paz se pospusieron hasta 1991.
Ese año empezaron nuevos contactos de paz, esta vez con el gobierno Gaviria, que llevaron a las rondas de diálogos en Caracas (Venezuela) y Tlaxcala (México). El principal negociador de las Farc fue Alfonso Cano. La paz tampoco llegó y los nuevos intentos se dieron en la era Samper, tras la liberación de 60 militares.
En los tiempos de Pastrana, las Farc recibieron un territorio de 42.000 kilómetros cuadrados para negociar. Luego de cuatro años no se llegó a ninguna parte. En la era Uribe sólo hubo acuerdos humanitarios para lograr la liberación de políticos, militares y policías que estaban secuestrados por las Farc.