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Los seis militares del Batallón de Infantería número XV de Ocaña sindicados del asesinato de Fair Leonardo Porras, ocurrido el 12 de enero de 2008 en Norte de Santander, rechazarán las imputaciones de la Fiscalía en la primera audiencia del proceso de los falsos positivos de Soacha y dirán que son inocentes. Entre el público estará Luz Marina Bernal —la madre del joven de 26 que tenía un retraso cognitivo— escuchando en la voz de un fiscal el relato de horror de la muerte de su hijo. Dirá que está a punto de estallar en llanto, pero que prefiere dejar las lágrimas para su casa.
La audiencia de imputación de cargos a los militares, presuntamente involucrados en los asesinatos de jóvenes de Soacha, inició a las 8:00 a.m. del jueves, minutos después de que arribara al juzgado un bus con los uniformados. En forma organizada bajaron del vehículo y, en medio del silencio de las madres, ni una sola voz de reproche, ingresaron al edificio. Luego del protocolo, a las 9:50 a.m. se declaró formalmente el comienzo de la audiencia. Los sindicados: el mayor Marco Wilson Quijano, el teniente Diego Asdail Vargas, el cabo Carlos González y los soldados profesionales Richard Contreras, Carlos Zapata y Ricardo García.
La señora Luz Marina tomó asiento al lado de su nuera. En silencio, con la cabeza baja, escuchó los primeros argumentos de la defensa de los militares, que pedía la nulidad de la audiencia porque, decían, un juez penal militar era quien debía procesarlos. El juez desestimó el recurso y la audiencia siguió adelante. Entonces recordó que los militares reportaron el deceso de su hijo Fair así: “Fue dado de baja un narcoterrorista”. La víctima, se demostró, nada tenía de terrorista y era conocido por sus reclutadores como “el mono de los ojos verdes, el bobito”.
El mismo, se contó en la audiencia, que no sabía ni escribir ni leer ni reconocía el valor de las monedas, porque perdió la mitad de sus facultades cognitivas después de sobrevivir a una meningitis recién nacido. El fiscal, Emilio Alberto Vargas Gil, dijo que el joven fue visto por última vez del 8 de enero de 2008 en el barrio Compartir. Después se supo que Fair partió esa misma noche hacia Ocaña, guiado por un reclutador conocido como Vicky, quien recibió $200 mil. Quizá el joven había sido contactado en “La tienda del costeño”, un lugar que la Fiscalía tiene identificado como el escenario de reclutamiento en Soacha.
Sólo pasaron cuatro días para que el joven fuera reportado como muerto en la vereda Soledad del municipio de Abrego, Norte de Santander. El informe militar consignó que el terrorista tenía en su mano derecha una arma 9 milímetros, pero la Fiscalía demostró que “Fair era zurdo” y que las vainillas no correspondían al calibre de su arma. Lo inaudito es que los uniformados recibieron felicitaciones, permisos para descansar, vacaciones adelantadas, cursos especiales en el exterior y una recompensa de un millón y medio de pesos por este “positivo”.
A renglón seguido el fiscal empezó a relatar paso a paso cómo esos desaparecidos de Soacha terminaron ejecutados en Ocaña. “Hay personas ubicadas estratégicamente en diferentes partes del país —dijo el funcionario—, personas de civil y militares que hacen parte de una organización de reclutadores. Trabajan con fondos propios de la institución, fondos que los mismos militares aportaban para subsidiar el transporte y la alimentación de las víctimas, y para la consecución de las armas que después les eran colocadas a las víctimas en el lugar donde era perpetrado el hecho”.
Los reclutadores elegían a las víctimas en sus mismos barrios, como Vicky eligió a Fair Leonardo. Les prometían trabajos de obreros o de capataces por dinero que para ellos era una fortuna. Luego los transportaban en bus o en carro durante la noche hasta el lugar de su muerte, hasta Ocaña en este caso. Allí pasaban una noche en un hotel, donde los despojaban de sus documentos de identificación. Al siguiente día recorrían el último trayecto —casi siempre una vereda o un camino perdido en el campo— que era interrumpido por un retén militar.
Los uniformados les pedían los papeles a sus futuras víctimas. No tenían. Entonces les exigían quedarse con ellos, los montaban a un carro y los llevaban hasta el escenario de los combates, que terminaban siempre con la muerte del joven, el que luego sería presentado como guerrillero, delincuente o narcoterrorista, como Fair Leonardo. “Lo engañaron como a un niño, como el niño de nueve años que era”, dirá la señora Luz Marina, acelerando la voz y el paso para llegar a su casa y desahogar el dolor que ya la está matando.