De sus abuelos, que eran indígenas náhuatl, el mexicano Jorge Nahu heredó la empatía con los espíritus de la naturaleza, esos que evoca con cánticos y mantras cada vez que realiza un temazcal. Este ritual lo han practicado muchas de las culturas nativas de Norte y Centroamérica, y hoy continúa vivo gracias a personajes que, como Nahu, han aprendido a rezar con el fuego.
El temazcal, o baño de vapor, es un ritual espiritual que les permite a las personas sanarse. Una actividad llena de simbolismos donde las personas entran a un temazcalli —estructura semi circular que puede ser de barro, piedra o madera— para recibir el vapor que se libera cuando se riega agua sobre piedras calientes.
Pero, más allá de ser un espacio donde la persona suda, por la alta temperatura a la que llega su cuerpo, los temazcales son un encuentro con la sabiduría de la naturaleza. Por esto, al fuego con el que se calientan las piedras se le llama abuelito y a cada piedra que entra en el temazcalli se le recibe con un “¡oja!, bienvenida, abuelita”.
Una vez las personas entran al temazcalli, siempre moviéndose a la izquierda para respetar el tiempo, son acomodadas de mayor a menor, primero las mujeres y luego los hombres, para comenzar el rito. Nahu, quien solo lleva una pantaloneta y está acompañado por las imágenes de sus padres en el pecho, recibe las primeras cinco piedras recién sacadas del fuego y le pide a alguno de los presentes que las bañe con hierbas.
“Este espacio es un hospital. El que los va a sanar no soy yo sino las abuelitas, por eso deben dirigir sus rezos a ellas”, recomienda el temazcalero antes de comenzar. Luego, cierra la puerta del baño para que todo quede oscuro.
El temazcal está divido en cuatro etapas —llamadas puertas—, que hacen alusión a las cuatro entradas por donde se puede acceder al lugar del rito: una circunferencia de piedras que simulan un muro y que solo puede ser atravesada por accesos situados en los puntos cardinales. En el norte, la puerta blanca habla de la sabiduría de los abuelos y en el sur, la amarilla es la puerta de la medicina. En el oeste, la puerta negra representa la caída del Sol y en el este, la puerta roja simboliza la llegada de la luz.
Según estas puertas, entonces, se direccionan los tres o cuatro rezos que se cantan por cada etapa. Momento en que se escucha a Nahu cantar en lengua náhuatl, acompañado de un tambor, mientras pone el agua en las piedras para incrementar la temperatura. A esta acción se le llama “tlasas”.
La puerta del temazcalli direccionada hacia el este y a la misma altura del fuego, solo se abre cuando termina cada una de las cuatro puertas, lo que permite al vapor escapar y graduar la temperatura por un momento. Sin embargo, por cada puerta, son más las piedras —o abuelitas— que entran. Por lo que la última puerta suele ser la más caliente y solo cuando se termina, las personas pueden tomar agua. Para Nahu, esto busca generar conciencia de la necesidad de agua, esa que se recibe en el ritual con un “con ella todo, sin ella nada” cada vez que se entra al temazcalli al inicio de cada puerta.
Y es que cada cosa que se dice o se hace durante un temazcal, tiene un simbolismo.
El fuego, o gran abuelo, se enciende a la misma altura del altar para que los espíritus puedan encontrar el camino a sus ofrendas: flores y frutas que fueron dejadas allí para que los muertos se alimenten de sus aromas.
El domo, donde se realiza el baño, simula el vientre de una mujer y es oscuro para rememorar el estado embrionario. Y el centro, donde se ubican las piedras, es pensado como el ombligo de la madre. Por esto, cuando las personas terminan el rito y salen acurrucadas hacia la puerta de la luz, “es como si acabaran de tener un nuevo nacimiento”, afirma Nahu.
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