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‘Biohackers’: ¿genetistas de garaje?

Con algunos dólares y mucha iniciativa, jóvenes de distintos países realizan experimentos genéticos en sus casas. Detractores se preocupan por los efectos negativos de una práctica que no tiene los sistemas de calidad requeridos.

Lucía Camargo Rojas

28 de enero de 2009 - 06:00 p. m.
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Para crear nuevas formas de vida a partir de una bacteria, sólo se necesita su ADN, unos cuantos tubos, un refrigerador y algunos implementos de laboratorio. Para obtener los materiales basta con buscarlos por internet, solicitarlos y pedirlos a domicilio. Para empezar a jugar con ellos no hay sino que revisar los pasos a seguir que se encuentran en varias páginas web.

Mientras hace algunos años la genética estaba reservada a los académicos y los grandes laboratorios, una nueva ola de científicos aficionados ha demostrado que, tal y como sucedía en el Renacimiento, la ciencia también puede realizarse desde el hogar. Así lo evidencia Meredith Patterson, una programadora de computación norteamericana, que en sus tiempos libres se convierte en biohacker, un hobby que empieza a cautivar la atención de personas de todo el mundo.

Uno de los más recientes experimentos de Patterson consiste en alterar genéticamente una bacteria para que se tiña de color verde ante la presencia de melanina. La programadora explicó a la agencia AP que para lograr su objetivo, sólo necesita un tarro de yogur, ADN de una medusa (que compró por internet por menos de 100 dólares) y unas cuantas piezas de un equipo de laboratorio que construyó con menos de 25 dólares.

Patterson hace parte de una nueva forma de hacer biogenética que empieza a pisar fuerte, sobre todo, en Norteamérica: los biohackers o genetistas de garaje que, según Javier Yanes, periodista del diario español Público, son “biotecnólogos con el sueño de robar a la naturaleza el secreto de la vida y a los centros de investigación el poder de manejarla, crear organismos hasta en un garaje y que todo ello sea abierto, compartido y público”.

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Para Frank Ogden, futurista norteamericano, los biohackers son jóvenes inteligentes y curiosos que sólo necesitan estar dispuestos, tener una mente inquisitiva y tiempo para investigar. Su equipo puede conseguirse en droguerías, veterinarias, viveros y distribuidores de equipo médico. Su arsenal está completo cuando cuentan con agitadores, bombas neumáticas, centrifugadoras, equipo de destilación, un refrigerador y una licuadora.

La gran mayoría de ellos son profesionales en ciencias básicas que se aburren de la academia. Así le sucedió a Mac Cowell, biólogo del Davidson College en E.U., quien luego de trabajar durante un año con los grandes genetistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) se dio cuenta de que “no estaba aprendiendo cosas nuevas”.


Aburrido de la academia y con ganas de hacer de la ciencia “algo divertido”, decidió crear DIYbio.org (DIY es la sigla de “Hágalo Usted Mismo” en inglés), un laboratorio comunitario en Massachusetts, donde los interesados pueden congelar bacterias, buscar procedimientos de genética y adquirir los productos químicos y equipos de laboratorio.

En general, estos genetistas de garaje utilizan el material genético de los organismos, principalmente de bacterias como E. Coli, y lo intercambian con el de otros (como si estuvieran jugando con fichas de Lego), para observar cómo trabaja el nuevo código creado. “La biología no es tan difícil como la gente cree. Sólo se debe ‘cacharrear’ y luego ver qué pasa”, comentó Drew Endy, profesor del MIT, a la revista Make.

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‘Hackear’ es crear

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Martín Alberto Rubio, investigador colombiano en seguridad informática, asegura que la comunidad hacker entiende el término de hackear en dos sentidos. “Por un lado se considera que el hacker es aquel individuo que trata de investigar al máximo sobre el tema que lo apasiona y por el otro que el hacker debe mejorar lo que ya existe. Es decir, que hackear es investigar, aprender, desarrollar y si es posible publicar”.

En ese sentido, advierte Rubio, el biohacker no sólo debe conocer los procedimientos genéticos sino crear algo novedoso. Y éste, paradójicamente, es el punto débil y el fuerte de estos científicos. Los académicos a favor del biohacking han llegado a afirmar que, posiblemente, el futuro Bill Gates de la biotecnología puede estar desarrollando la cura para el cáncer o el sida en un garaje. Mientras que los detractores de este movimiento entusiasta, como Jim Thomas, del Grupo ETC, organización  dedicada a vigilar los procesos de biotecnología, explican que los organismos sintéticos en manos de aficionados pueden escapar de los garajes y causar enfermedades o daños impredecibles al medio ambiente.

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George Church, profesor de genética de la Universidad de Harvard (E.U.), comparó el potencial de la Biología Sintética con el peligro de poseer armas nucleares. Por eso, explicó a la revista Times que, a su manera de ver, cualquiera que diseñe sistemas con componentes de la Biología Sintética debería tener una licencia para manejar los implementos y procedimientos requeridos.

Cuestión de manejo

Ignacio Zarante, profesor asociado del Instituto de Genética de la Universidad Javeriana, en Bogotá, considera que si el biohacking está “bien encaminado”, puede llegar a ser una alternativa científica muy interesante.

“Uno podría pensar que un biohacker puede ser un niño que en su colegio se interesa por extraer el ADN de una remolacha. Si en las escuelas se incentivara la  curiosidad que tienen los biohackers y se encaminara hacia un proceso investigativo serio, ésta puede ser una  buena salida para tener futuros científicos que intercambien sus conocimientos a través de estas nuevas redes sociales”, dice Zarante.

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Sin embargo, advierte que estos procesos deben estar delimitados por la metodología científica. “Dudo mucho que un individuo de manera aislada, en su casa, logre llegar a resultados innovadores. Los científicos necesitamos el feed back con otros colegas, en el cual se delimita la pregunta de investigación, se prevén posibles consecuencias y se eliminan  los futuros riesgos”, agrega.

Además, los sistemas de calidad pueden garantizarse en un laboratorio, mas no en un lugar informal pues  “se tienen reglas de seguridad establecidas para evitar que los desechos o los reactivos afecten a quienes los manipulan o a su entorno, situación que no es la más ideal en un garaje”, advierte.

Por otro lado, hay quienes afirman que este movimiento es una opción viable para que los países del Tercer Mundo desarrollen conocimiento científico. Sin embargo, hasta ahora, parece ser una tendencia  norteamericana. “En general, un pequeño experimento podría costar unos 3.000 dólares, cifra que para un estadounidense posiblemente no sea muy significativa, pero sí para un colombiano”, explica Zarante.

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Mientras tanto, científicos curiosos como Mac Cowell o Drew Endy, continúan contagiando a más personas con esta iniciativa que, según ellos, busca que “la biología entre en una fase en la que nosotros mismos podamos cambiar todo lo que existe en nuestro planeta para mejorarlo”.

lcamargo@elespectador.com


E. Coli, la bacteria usada por ‘biohackers’

La bacteria ‘Escherichia coli’ es uno de los organismos más apetecidos por los ‘biohackers’ para realizar sus experimentos. Fue descrita en 1885 por Theodore von Escherich, bacteriólogo alemán. Es una bacteria que se encuentra generalmente en los intestinos animales y, por consiguiente, en las aguas negras. Es necesaria para el correcto funcionamiento del proceso digestivo. Puede causar infecciones intestinales severas.

Un poco de historia

Paul McAuley describió en la revista Nature sus impresiones acerca de VirCon2010, primer encuentro abierto del movimiento biopunk que se realizó en marzo de 2000. 

La reunión se celebró en el centro de Nueva York y sus delegados eran, mayoritariamente, “jóvenes menores de 25, vestidos con toda clase de tendencias: desde pantalones abombados y camisetas, pasando por negro gótico y múltiples piercing”, según relata McAuley.

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Allí, el profesor Jack Lovegrove, explicó a MacAuley que “la ciencia de garaje es la ola del futuro para la biología. Las grandes compañías están sujetas por acomodados ejecutivos y regulaciones viciosas. Hace 20 años sólo ellos podían cortar el ADN, ahora cualquiera puede secuenciarlo”.

Además aclaró que “esta no es una sociedad secreta de superhombres inteligentes, sino jóvenes idealistas que aman la ciencia y creen que la información debería ser libre y no encarcelada por el copyright”.

A la caza de los bioladrillos

Drew Endy, Thomas Knight, Gerald Jay Sussman y otros investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por su sigla en inglés) se han dedicado a recolectar piezas intercambiables de ADN, como si fueran partes del reconocido juego Lego, a las que han denominado como biobricks (bioladrillos).

Endy construyó un catálogo público de los biobricks conocido como Registro de partes biológicas estándar (The Registry of Standard Biological Parts), al cual se puede acceder a través de la página web del MIT (parts.mit.edu/registry).

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Endy espera que este registro pueda contribuir para que se promueva la ciencia  de garaje y se evidencie que la biología es  otro sustrato apto para ser “hackeado”.

Por Lucía Camargo Rojas

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