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El Centro Histórico de Cartagena, que desde el pasado viernes parecía el de una ciudad distinta: sin carros, sin vendedores estacionarios ni ambulantes, y sin los tradicionales parroquianos locales que suelen deleitarse caminando sin prisas las callejuelas del Corralito de Piedra, y participando en las habituales tertulias en plazas, parques y portales, volvió ayer a la normalidad.
Los cerca de cuarenta gamines, mendigos y otros habitantes de la calle que fueron recogidos por la Alcaldía durante la Cumbre, no se vieron por ninguna parte. Posiblemente varios ya habían regresado, pero aún era imposible reconocerlos: la administración no sólo dispuso alojarlos en una casa de reposo de propiedad de la fundación Cristo Rompe las Cadenas, localizada en el sector Camino del Medio, sino que —además— los acicaló con baño, corte de pelo y manicure, que muchos tenían meses de no hacerse. También se les dio una muda de ropa.
Tampoco se vieron los veintisiete perros callejeros que fueron alojados temporalmente en un albergue dispuesto por la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria, en el corregimiento de Bayunca. Todos fueron vacunados y muy posiblemente sean adoptados por los campesinos.
Los sitios en los que cualquier persona que pregunte puede encontrar mujeres y hombres dispuestos a vender sexo, que durante los días de la Cumbre no atendieron por la Ley Seca, comenzaban a mostrar el movimiento de los días ordinarios.
El alcalde, que durante los días anteriores se esmeró por asistir a varios eventos del encuentro, retomó su agenda habitual y presidió varias reuniones —entre ellas la asamblea de Edurbe— y el comité local de Familias en Acción.
A Enrique, un vendedor de tinto y aguas aromáticas, nacido, como la mayoría de ellos, en la población cordobesa de Tuchín, que se había mudado desde el pasado jueves a los alrededores de un centro comercial, a 10 minutos del centro de la ciudad, se lo vio —sonriente atendiendo a sus habituales clientes en los bajos de la Gobernación de Bolívar.
El emblemático Portal de los Dulces, ese ‘riñón de la ciudad, roto avispero’ que describiera magistralmente el poeta Luis Carlos López, había vuelto a convertirse en el bullicioso portal del Caribe que dejó de ser durante los días de la Cumbre. Algo similar pensó Carlos, un lustrabotas que desde hace dieciocho años, de lunes a sábado, atiende a sus clientes en el Parque de Bolívar, al llegar en la mañana a reiniciar sus labores. Tras pasar una vieja panola por la banca en la cual suele sentarse, dirigió su vista hacia la Catedral, se persignó, muy serio, y dijo en voz alta: “bueno, ahora sí, ¡a trabajar!”.