Si bien la búsqueda y el uso de alternativas energéticas limpias es tarea inaplazable de países como China, Estados Unidos, Brasil e incluso Colombia, para nadie es un secreto que los combustibles fósiles continúan siendo el principal motor del mundo.
El petróleo, el carbón y el gas son los responsables de la generación del 80% de la electricidad. Así las cosas, podría decirse que el planeta está encendido gracias a estas fuentes de energía tan poderosas como vulnerables a extinguirse, aunque esta última idea está siendo reevaluada: algunas compañías planean extraer fuentes de combustible distintas a las tradicionales, como el gas de esquisto, potente hidrocarburo oculto a grandes profundidades, que aunque muchos perfilan como el carburante del futuro, ha recibido críticas porque la técnica empleada para desenterrarlo (fracturación hidráulica o fracking) contamina ríos e, incluso, se dice, ha provocado temblores.
El oro negro, por su parte, lidera el consumo mundial de energía con un 33% y, según el Anuario Estadístico de la Energía Mundial 2013, elaborado por la empresa British Petroleum (BP), hay crudo para satisfacer 52,9 años de producción global (ver cuadro).
Aunque los combustibles fósiles libran al mundo de una crisis energética, generan en cambio una crisis ambiental: su proceso de extracción, producción y uso se considera la fuente más importante de emisión de gases de efecto invernadero (causante del cambio climático), de la que el carbón es responsable en un 65%, al petróleo, 22% y al gas, 13%.
De hecho, en mayo de este año, y por primera vez desde hace 5 millones de años (cuando los humanos no existían y el clima era más cálido), las mediciones diarias de dióxido de carbono (CO2, principal gas efecto invernadero) superaron las 400 partes por millón en la atmósfera. Nunca antes en la historia reciente hubo tanta concentración de este gas.
¿Causas? Principalmente la quema excesiva de combustibles fósiles. ¿Las consecuencias? Como lo advirtió el Banco Mundial en noviembre del año pasado, olas de calor sin precedentes, inundaciones en zonas costeras, pérdida de la biodiversidad, aún más pobreza y serias dificultades para la producción de alimentos.
Estos impactos no son ajenos a Colombia, y el Gobierno señala que el país es el tercero más vulnerable al cambio climático en el mundo. La Segunda Comunicación de Cambio Climático del país menciona cambios en los regímenes de lluvias (reducción de las precipitaciones en algunas regiones de hasta un 30%), aumento de áreas de incidencia de mosquitos que transmiten dengue y malaria, así como fenómenos climáticos extremos más frecuentes y agudos (los impactos de la ola invernal de 2011, por ejemplo, costaron alrededor de $26 billones).
¿Qué hacer entonces si el mundo se acostumbró a la potencia de los fósiles y gran parte de las actividades que moviliza la economía global dependen de éstos?
Para Thomas Black, director general del Centro Andino para la Economía del Medio Ambiente (Caema), el mercado de los bonos de carbono es la mejor alternativa. Este mecanismo, uno de los tres propuestos en el Protocolo de Kyoto para combatir el calentamiento global, ofrece incentivos económicos a los proyectos que signifiquen una reducción en las emisiones de gases a la atmósfera.
Pese a que dicho negocio ha estado por el piso debido a la recesión económica europea, Black, consciente de lo que pueden significar estos aportes para crear proyectos de energía renovable, tiene la esperanza de que vuelvan a los precios de antes con la reciente decisión de la Unión Europea de aumentar en un histórico 9% su valor.
Al respecto, Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, dice que en términos de emisiones, los proyectos de reforestación y forestación que adelante Colombia pueden capturar los gases de efecto invernadero que producen la industria y la infraestructura nacionales. De hecho, en Colombia hay 7.500 millones de toneladas de reservas recuperables de carbón, que si son quemadas representan alrededor de 271.130 millones de toneladas de emisiones de CO2 (sin contar el petróleo) —5,5 veces las emisiones mundiales de 2004—.
Sin embargo, en un futuro no muy lejano, el principal exportador de carbón de América Latina, Colombia, tendrá que responder por las implicaciones ambientales de los hidrocarburos que ha comercializado y que, si bien no generan impactos inmediatos en el país, sí lo hacen en sus destinos y, a largo plazo, en el planeta.
“Aquí hay una gran contradicción. Creemos estar transfiriendo la huella de carbono con las exportaciones, pero la responsabilidad recae sobre nosotros. El petróleo y el carbón que estamos vendiendo le cuestan al mundo una buena dosis de calentamiento global”, resalta Baptiste, para quien los bosques colombianos tendrán que seguir como reservorios del CO2 por otros 50 años hasta que el mundo, finalmente, migre a alternativas energéticas más limpias.
La posición de Claudia Martínez, exviceministra de Medio Ambiente y representante de la Alianza Clima y Desarrollo (CDKN, por sus siglas en inglés), es que el mercado del carbono “es posible hasta cierta medida”.
Según Martínez, “reducir una tonelada de carbono plantando bosques es difícil”. Los mecanismos de compensación por daño ambiental que busca Colombia, afirma, “deben dejar de ser proyectos pequeños para que las comunidades no deforesten.”.
Para ello, la directora de CDKN propone utilizar más recursos para que los investigadores del país piensen en fuentes de financiación alternativas para que los bosques ayuden a reducir los impactos del cambio climático, como es el caso del impuesto a la gasolina en Costa Rica, donde un porcentaje financia la conservación de bosques (por medio del sistema de Pago por Servicios Ambientales), lo que ha hecho que en el país, de pasar a ser uno con tasas de deforestación altas, esté cambiando la tendencia.
Por su parte, Rodrigo Suárez, director de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, cuenta que su cartera está analizando cómo podría implementar un impuesto a las emisiones de carbono y no descarta la pronta puesta en marcha de la estrategia nacional para la Reducción de la Deforestación y la Degradación de los Bosques (REDD+, por sus siglas en inglés), que en Colombia aumentaría la cobertura vegetal y reduciría las emisiones de gases producidos por la quema de fósiles.
Pero para Julio Fierro, director del grupo de investigación en Geología Ambiental de la Universidad Nacional, las soluciones no están en sembrar más áreas de bosque, ni en fortalecer a Colombia en el mercado del carbono. Para él la salida es tan simple como radical: “Lo que tenemos que buscar es consumir menos energía, ser más austeros y tener continencia. Ya no podemos gastar y compensar sembrando árboles. Si continuamos así, el medio ambiente va a colapsar, porque, finalmente, la generación de cualquier tipo de energía tiene sus problemas y complejidades”.
mescobar@elespectador.com
* Con asesoría de Javier Sabogal, oficial de Economía Verde, y Juliana Correa, consultora de WWF".