Están entre los 28 y 37 años. Son colombianos de diferentes rincones. Unos tenían claro que querían dedicarse a la investigación científica, otros son investigadores por coincidencias de la vida.
Unos rumbean, acampan y cocinan cuando no hacen investigación. A otros no les queda tiempo para ver una película. Todos tienen en común que les encanta lo que hacen: preguntar, buscar y organizar información, analizar datos, hacer pruebas, trabajar en equipo, comparar resultados, volver a preguntar, generar nuevo conocimiento y publicar.
Ellos, en representación de cientos de otros jóvenes que se están formando y “en cuyas manos está el futuro de la ciencia”, de acuerdo con Ángela Restrepo, directora científica de la Corporación para Investigaciones Biológicas, (CIB) hablaron con El Espectador para tratar de demostrar cómo es que se ‘hacen’ los científicos colombianos.
Ángel González Marín
El apellido “Marín” es muy importante para Ángel, actual jefe de la Unidad de Micología Médica y Experimental de la CIB, porque ha sido el ejemplo de su madre y el apoyo que siempre recibió de ella, lo que lo convirtió en el heredero de toda una línea de investigación en hongos que ha sido central en la Corporación, desde su fundación hace 40 años. Es probable que para sus publicaciones científicas —donde los autores tienen nombre y un solo apellido— el Marín le complique la vida, pero eso lo tendría sin cuidado.
De la comuna nororiental de Medellín, estudió en el INEM Guillermo Cano Isaza y su vida es una “historia de eventos afortunados”, porque es que Ángel no tenía idea de lo que quería hacer cuando se graduó de bachiller y se presentó a diseño industrial, bacteriología, medicina, ingeniería administrativa y de sistemas. Sólo quería estudiar y hacerlo en la Universidad de Antioquia. Pero no pasó en el primer intento. La segunda vez sí lo logró, pero fue el último de la lista.
Trabajó en una tienda de abarrotes para costearse sus estudios de bacteriología. Al principio no le fue bien, pero terminó ganándose las becas en los últimos semestres. En la CIB tuvo oportunidad de trabajar desde su práctica universitaria, pero su autoestima no le dio para creer que le iría bien. Sólo aceptó la oferta cuando le llegó por segunda vez. Se dedicó al cultivo de células para luego ir en carrera ascendente haciendo su maestría en Brasil, doctorado en su alma máter en ciencias básicas biomédicas, y posdoctorado en micología médica —estudio de los hongos que afectan al ser humano— en la Universidad de Texas, invitado por el micólogo Garry T. Cole, cuando éste lo escuchó en su primera conferencia internacional dictada en inglés.
“Después de estas coincidencias, uno no le puede huir al destino por mucho que corra”, dice.
Edad: 37 años
Publicaciones internacionales: 23
Pasatiempo favorito: bailar
Lo sorprendente: su mamá acaba de empezar a estudiar primaria, luego de lograr que sus dos hijos fueran profesionales.
Su frase: “No importa de dónde venga uno. Lo importante son las ganas de salir adelante”.
Manuel Alfonso Patarroyo
La ciencia ha estado con Manuel Alfonso desde el día en que nació. Quizá desde antes, en su estructura genética, porque es hijo del inmunólogo Manuel Elkin Patarroyo y de la médica pediatra María Cristina Gutiérrez. Desde los 6 años recorría el Instituto de Inmunología del Hospital San Juan de Dios como si fuera el mejor parque de recreación del mundo. “A los 9 años sabía correr electroforesis, sabía hacer blots, podía hacer experimentos. Me volví la mascota del Instituto”, dice.
Cuando le faltaban dos años para terminar el colegio su padre lo retó: a que no puedes hacer esos dos años en uno. Resultado: en lugar de tomar el bus del colegio, se iba para el Instituto. Los científicos eran sus maestros. Lo que no aprendía allí lo hacía con profesores en su casa al llegar en la tarde. Lo logró y entró a los 15 años a la Universidad del Rosario a estudiar medicina, pero se graduó de la Nacional.
“Ser hijo de mi papá me ha abierto muchísimo las puertas, es evidente que hay mucha gente que lo quiere y uno hereda ese cariño”, dice. Tal vez por eso cuando pensó hacer su doctorado visitó al Nobel de Química (1984) Bruce Merrifield, en el Rockefeller Institute, y a David Baltimore, Nobel de Medicina (1975) en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), quienes le abrieron sus puertas. Antes de tomar la decisión, de nuevo su padre le puso otra cascarita en el camino: venir a Colombia a dirigir el grupo de biología molecular-malaria del Instituto. Si bien Manuel Alfonso tenía conocimientos y experiencia, era aún muy joven para asumir esa responsabilidad. Lo pensó mil veces. Prefirió aceptar la propuesta de su padre a trabajar con los premios Nobel y se regresó. “Tal vez (ha sido) una de las decisiones más criticadas que he tenido, pero no me arrepiento”. También ha heredado las “broncas” de su padre. “Termina uno teniendo enemigos que ni siquiera conoce”.
Actualmente, y luego de doctorarse recientemente en química de la U. Nacional, sus esfuerzos están puestos en la malaria causada por el Plasmodium vivax, responsable de casi el 80% de los casos de malaria en el país. Trabaja en la biología molecular del parásito y en la posibilidad de desarrollar la vacuna. Investiga también el Virus del Papiloma Humano y la tuberculosis. “Probablemente si no hubiera sido biólogo molecular, o estuviera trabajando en bioquímica me habría dedicado a la bioinformática”, dice.
Edad: 37 años
Publicaciones internacionales: 83
Pasatiempo favorito: bioinformática
Lo sorprendente: Actualmente dirige a cinco estudiantes de maestría y cinco de doctorado.
Su frase: “Quiero tener 100 publicaciones internacionales antes de tener 40 años. Me faltan 16 y todavía me quedan dos años y medio”.
Sat Gavassa
Sat se crió en una finca del Vichada hasta los 15 años. Hija de una pareja de profesionales bumangueses que buscó el contacto con la naturaleza y la paz en los Llanos Orientales, Sat tuvo la disciplina para estudiar todos los días, como si estuviera en el colegio, con la ayuda de un material excepcional, que le proveía todos los años el colegio Quinta del Puente de Floridablanca —el mejor del país en 2009 según el Icfes—, y la guía de su madre, una enfermera que atendía emergencias de salud de la región.
A Sat la levantaba el sol llanero de las 5 y 30 de la mañana. Tenía la tarea de ir al ordeño y traer leche para el desayuno. A partir de las 8 abría los libros, leía, hacía los ejercicios, repasaba. Al mediodía almorzaba, tomaba un descanso, en la tarde volvía a sus quehaceres y a las 4 terminaba porque el sol ya empezaba a languidecer y la luz eléctrica debía ahorrarse porque provenía de paneles solares. “Yo estudiaba al lado del gato, del loro y del miquito que venía”. Al final del año, cuando viajaban a Bucaramanga a pasar vacaciones con la familia, presentaba los exámenes finales y si le iba bien, podía regresar al Vichada. “Mi motivación para estudiar y que me fuera bien en los exámenes era para poder volver”.
Tenían caballos para el transporte, perros para cuidar la finca y gatos para mantener alejados a los ratones. Todo allí cumplía una función. Lo que no sabía Sat en ese entonces era que convivía con unos peces eléctricos de aproximadamente 15 centímetros, que vino a descubrir cuando estudiaba biología en la Universidad de los Andes y que ahora son su objeto de estudio en el doctorado que adelanta en la Universidad Internacional de la Florida, en Estados Unidos.
Todo comenzó cuando su profesor de comportamiento animal, Adolfo Amézquita, le propuso buscar peces eléctricos en los ríos del Vichada mientras pasaba vacaciones. “Empecé a investigar sobre el comportamiento de estos peces y contacté a un investigador en el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable de Uruguay para que me dijera cómo encontrar a los peces”. La respuesta fue rápida y clara. Debía armar un detector, a partir de un radio portátil a cuyos cables debía conectar unas varillas. Podían ser las que se usan para cerrar las cortinas. Lo armó con su madre. No habían caminado más de dos metros por el río cuando empezaron a escuchar a los peces. Nunca los habían visto en la región. Ni siquiera tienen todavía nombre científico. Llevó los peces a los Andes, donde empezó su investigación y desde entonces Sat estudia cómo producen esas señales eléctricas para comunicarse y qué tipo de información transmiten.
Su vida profesional le ha demostrado que la investigación científica que se hace en Colombia está a la altura de las internacionales y que los jóvenes colombianos pueden competir por becas y grants con toda confianza. La decisión es el ‘empujón’ que a veces falta.
Jorge Iván Álvarez
Ojos penetrantes, cejas pobladas, cola de caballo, jeans, uno que otro interesante lunar en su cara. Está haciendo su posdoctorado en una enfermedad que se creía sólo afectaba a la población del norte del planeta, pero ya se ha encontrado en el trópico: la esclerosis múltiple. Está en la Unidad de Neuroinmunología de la Universidad de Montreal, Canadá, y lleva diez años viviendo fuera del país. No cree que vuelva por la poca estabilidad financiera para hacer investigación.
Bogotano, bachiller del Externado Nacional Camilo Torres, es microbiólogo de la U. de los Andes, “que no es el estudio de microbios, sino el estudio de la biología en pequeño”, aclara. De alguna manera ya había empezado a estudiarlo en los parques bogotanos cuando niño, y en los libros de ciencias naturales de joven. “Cuando uno empieza a mirar procesos tan sencillos como el de la fotosíntesis, y se mete a profundidad, se da cuenta de que es un mundo infinito”, dice.
Fue seleccionado por Colciencias y la CIB entre 3.000 universitarios del país como uno de los cien jóvenes prometedores del programa “En búsqueda del investigador del futuro en 1997”. Se vinculó como investigador de la CIB. Pero se acabaron los recursos. Esa época “fue muy difícil”, recuerda. Así que llegó a Estados Unidos a hacer su doctorado. “Me dedico a saber cómo las células que nos están defendiendo constantemente de diferentes estímulos que tenemos del medio ambiente, entran al cerebro y ejecutan su acción de defensa”.
Edad: 35 años
Publicaciones internacionales: 16
Pasatiempo favorito: montar en bicicleta, viajar, acampar.
Lo sorprendente: Creía que si estudiaba biología lo único que podría ser cuando grande sería profesor de colegio y eso no le interesaba.
Su frase: “Me gusta lo que hago”.