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Compasión amorosa

En su libro, ‘Anímate’ (sello Planeta), el médico Santiago Rojas aconseja cómo manejar este tipo de sentimientos para ser más felices. El budismo es una herramienta. Fragmento.

Redacción Vivir

01 de marzo de 2014 - 09:00 p. m.
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La compasión es una emoción activa que puede convertirse en un sentimiento estable y conformar una estrategia de pensar y actuar, que hace que se busque de manera decidida por cualquier medio posible ayudar a aliviar el dolor o el sufrimiento de otro ser. Se puede sentir compasión por cualquier manifestación de la naturaleza, ya sea una persona, un exponente del reino animal o vegetal, o por el planeta mismo. Se sabe que es una de las emociones superiores que por su prevalencia se convierte en un sentimiento loable, siendo uno de los grandes logros evolutivos del desarrollo de la conciencia.

Puede entenderse como “sentir pasión con el otro”, bien sea sintiendo su alegría y bienestar, como en la congratulación, o su dolor y sufrimiento, como en la condolencia. Para nada se parece a la lástima, que es una enemiga de la compasión y que, en lugar de ayudar al otro, lo lesiona. Jugando con las palabras podemos decir que sentir lástima, que es un sentimiento de debilidad inoperante y de simple sensiblería, en realidad lastima al otro, pues no le ayuda a salir de su condición, sino que la favorece y prolonga.

En la compasión se suman sentimientos producto de un trabajo disciplinado sobre uno mismo y sobre todas las emociones negativas, como la pereza, el egoísmo, la crueldad, el temor y la indiferencia. Se siente el dolor del otro y se pone por encima del propio bienestar que el otro logre su recuperación.

Eso implica un sentimiento amoroso, en su mayor dimensión, que permite obtener alegría y felicidad cuando otros logran bienestar. Su expresión más común está en el amor paternal (o maternal). Sin embargo, es indispensable que exista en las relaciones de pareja para que éstas logren armonía, respeto y crecimiento mutuo.

No significa siempre solucionar los problemas del otro, como en el caso de la crianza de un bebé, sino infundir fuerza, dar elementos y acompañar en el proceso para que aquel que sufre pueda encontrar por sí mismo la salida a su encrucijada.

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El amor compasivo activa tanto el buen ánimo como el amor pasional, con la ventaja de que lo hace perdurable; no es como la pasión, que puede alterarse rápidamente por diferentes condiciones. Uno se ocupa de la acción, despreocupándose del resultado, lo que se conoce como desapego, expresión misma de soltar.

El resultado se dará, así quien lo genere no sea reconocido por otros como favorecedor de la acción. Por eso se dice que cualquier acción que se haga por otros sin deseo es un acto de compasión, se está lleno de energía rebosante, de alegría, con el ánimo en su mejor expresión. No es sino recordar a la madre Teresa de Calcuta. Compasión también es aceptar los fallos y las debilidades de los demás, sin esperar de ellos una perfección inalcanzable y que además no posee quien los juzga.

El budismo, una filosofía de vida, no una religión, que sigue las enseñanzas del Buda histórico, Siddhartha Gautama, centra gran parte de su búsqueda consciente en alcanzar la compasión hacia todos los seres. Aparece entonces la figura del bodhisattva (ser iluminado), que es aquel que busca y alcanza la iluminación, y se compromete a reducir el sufrimiento de los otros. Él sabe que no puede esperar a que lo externo cambie para que él pueda progresar espiritualmente, por lo que decide hacer su camino desde el interior, cultivando las cualidades de la compasión, expresión máxima del amor. Así despierta la gran mente (bodhi), fuente de todas las cualidades positivas, que favorece su trabajo y su capacidad de ayudar a los demás.

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Mediante la práctica de la compasión, el practicante se libera y además ayuda a la libertad de los demás. Para lograr una adecuada compasión en este camino, es esencial conocer y vivir la meditación, tema del que me ocuparé en la última parte del libro.

Desde esta visión, la energía de la compasión y de la pasión es una sola. Mientras la energía de la pasión se dirige hacia abajo, o sea a la materialidad, la de la compasión se dirige hacia arriba, a la espiritualidad, dado que la pasión se mueve a través del deseo y la compasión se mueve a través de su ausencia.

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Para el budismo, la compasión es la meta del ser, así que se florece al alcanzarla y sólo se siente júbilo y gozo de cumplir el destino. No es menester conseguir nada más para el propio ser, y sólo queda el momento de compartir, como lo hace una flor que les entrega a todos su agradable fragancia.

Por Redacción Vivir

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