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Después de la vergüenza, la sensatez

ESTUPEFACTOS, ADOLORIDOS Y sencillamente aterrados frente a los hechos de violencia contra las niñas y los niños estamos las colombianas y los colombianos.

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Ligia Galvis Ortiz *
04 de octubre de 2008 - 12:25 a. m.
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Como bien lo afirman los medios de comunicación, el caso de Luis Santiago y el del bebé hurtado del hospital de Villeta son dos nuevas atrocidades contra las niñas y los niños, que conforman la cadena de violencias e incomprensiones que los adultos tenemos contra el mundo de la infancia.

Estas situaciones coyunturales de tan alta contradicción con el imperativo de la especie humana que es el cuidado de su propia especie, nos hacen reaccionar con la ira que se oculta en lo más profundo de nuestras entrañas; quisiéramos que esos seres monstruosos, ese padre de Luis Santiago, desaparecieran del planeta. La ira profunda nos acerca a la ley del talión, pero la cultura en su inmensa diversidad, ya no nos permite responder aplicando el “ojo por ojo y diente por diente”.

Los actos de catarsis a través de las manifestaciones de repudio, las intervenciones a través de los medios de comunicación son importantes; todos esos actos nos permiten sacar el dolor para recuperar la sensatez. Todos y todas tenemos derecho a la catarsis, aun quienes ocupan las altas dignidades del Estado. Pero lo que sí no nos está permitido es legislar con espíritu vindicativo llevado por la ira y el intenso dolor.

Volvamos a la sensatez para mirar la situación de las niñas y los niños en el país que hoy tenemos. Este país azotado por tantos factores de violencia, apenas hoy, con ese crimen atroz, se da cuenta de que por encima del conflicto armado está la violencia intrafamiliar. Esta situación ya la habíamos planteado (en 1998 y el 2000) en estudios realizados en varios municipios de fuerte presencia del conflicto armado; además, las encuestas de Profamilia sistemáticamente le advierten al país y al Estado todas las formas de violencia que afectan a las niñas, los niños y las mujeres en el seno familiar. Pero se necesitan actos atroces para que haya reacción.

Desde que se inició la redacción del Código de Infancia, cuya primera responsabilidad estuvo a mi cargo y del doctor Jesús Antonio Muñoz, era nuestra idea y la de la comisión interdisciplinaria hacer una ley con mecanismos claros e idóneos para hacer efectivos el reconocimiento, ejercicio y restablecimiento de los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes. Una de las propuestas que aparecía en la primera redacción del proyecto era la creación de un Fondo Nacional de Pensiones Alimentarias para asegurar el cubrimiento de esta obligación a los niños, niñas y adolescentes su derecho a la calidad de vida digna.

Este fondo debe estimular la afiliación de los padres en primer lugar, pero también puede estar alimentado por aportes del Estado, la sociedad y la comunidad internacional. Esta propuesta no hizo carrera en los debates porque la respuesta fue que en el gobierno del presidente Uribe no se crearía ningún fondo. Otra idea que fue cuestionada y finalmente fue desvirtuada en el código, fue la eliminación de la patria potestad, institución responsable de todo el esquema autoritario y represivo que se vive en la familia. La patria potestad otorga derechos a los padres sobre los hijos para ejercer sus funciones. Esta idea refuerza el imaginario colectivo de que los padres son dueños de la vida y libertad de sus hijos e hijas.

La expresión de repudio colectivo es muy importante. Pero volvamos a la sensatez, señoras y señores representantes de las corporaciones públicas. Según lo expresado por los especialistas en los medios de comunicación, buena parte de la población colombiana es psicópata porque no obedece las normas y es impasible ante las conductas ilícitas.

Entonces tendremos que convertir al país en una cárcel. La prudencia nos dice que es mejor consagrar esfuerzos claros en la seguridad al interior de la familia, en la educación de los padres en el respeto de la dignidad y derechos de las niñas, los niños y los adolescentes, en darle cabida al mundo de la infancia y la adolescencia como mundo respetable. Bajémonos de ese adultocentrismo autoritario y represivo y aceptemos que este mundo es plural también desde el punto de vista intergeneracional, y en esta diversidad, los niños, las niñas y los adolescentes tienen derechos y los ejercen y que los adultos los acompañamos con una autoridad decente y democrática.

* Abogada, filósofa, experta en derechos humanos

Por Ligia Galvis Ortiz *

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