Villapinzón es un pequeño municipio a 95 kilómetros de Bogotá, en la vía que conduce a Tunja. Por años, el recuerdo compartido por los viajeros que pasaban por allí era el de un olor fétido y nauseabundo inundando todo. Era el olor del río. Una mezcla de sangre descompuesta, pelambre y químicos, desperdicios de los cueros curtidos artesanalmente por decenas de familias.
Mónica Sanz no ha olvidado ese olor. Desde que era una niña y pasaba por el pueblo en los paseos con su familia subía la ventana del auto y se cubría la nariz. “Miren esa porquería de río”, recuerda que decía su padre. Para Evidalia Fernández, nieta, hija y esposa de curtidor, el olor en cambio era parte de la vida, otro habitante más.
Para el año 2004 el asunto de las curtiembres de Villapinzón se había convertido en un problema nacional. Un conflicto ambiental sin solución a la vista. Todos los días miles de litros de agua contaminada eran vertidos al río, que tiene su nacimiento a unos pocos kilómetros en el Páramo de Guacheneque. Era un lugar común decir que el río Bogotá nacía muerto.
La Corporación Autónoma de Bogotá, cansada de advertir a los curtidores que implementaran planes de manejo ambiental, preparaba una batalla jurídica para cerrarlas definitivamente.
Fue ese año cuando se cruzaron los destinos de estas dos mujeres. Sucedió en una de las tantas reuniones que organizaban los curtidores, desesperados por encontrar una solución que les permitiera esquivar el cierre de sus negocios familiares y sustento de las familias.
Evidalia se había convertido en la líder de la asociación de pequeños curtidores. Aburrida de ver cómo un enjambre de tinterillos y supuestos ingenieros ambientales la estafaban a ella y a sus vecinos se había prometido encontrar una solución real. Mónica, que nunca se olvidó del río, estudió biología en la Universidad de los Andes y se graduó en alta gerencia, había iniciado un doctorado en el Institute for Water Education en Holanda. El tema de su investigación era el conflicto en torno al contaminado río Bogotá.
“Yo asistía a las reuniones de los curtidores como una simple observadora. Iba a tomar notas. Al salir de una reunión, Evidalia se acercó y me dijo que yo les había hecho preguntas que nadie más les hacía. Quería saber si podía ayudarles”, recuerda Mónica. No era lo que estaba buscando, pero descubrió en la propuesta de aquella matrona la oportunidad perfecta para vivir desde adentro el problema del río.
“Me gustó la forma de ser de ella”, es lo que recuerda Evidalia, “todos los que se acercaban a nosotros buscaban plata. Ella en cambio hablaba de lo que nosotros necesitábamos”.
Sellado el pacto de confianza entre las dos mujeres, la líder de los curtidores y la gerente con altos contactos en el Ministerio de Medio Ambiente, la Procuraduría, investigadores en Europa y las mejores universidades colombianas, comenzó a escribirse una historia que hoy es ejemplo de cómo se puede armonizar el desarrollo y la industria con la protección del medio ambiente.
Crear confianza
El primer paso fue atacar la falta de información que aturdía a todos. “Hubo una construcción de confianza”, cuenta Mónica. A los curtidores les habían dicho barbaridades como que la ley ambiental era un invento, que lo mejor era no responder los requerimientos legales y que no era cierto que estuviera prohibido ocupar la ronda del río.
Luego vino el acercamiento con las instituciones. Mónica y Evidalia tocaron las puertas de la Procuraduría Ambiental. Explicaron que la gran mayoría de los curtidores no eran invasores de aquellas tierras. Que el oficio que hoy todos condenaban había sido heredado de sus padres y abuelos. También las tierras. Se acercaron a los técnicos de la Corporación Autónoma de Bogotá para aclarar que sí estaban interesados en limpiar sus procesos y detener la contaminación del río.
El entusiasmo de las dos mujeres se volvió contagioso. La senadora Nancy Patricia Gutiérrez, interesada en crear una ley de agua, prestó atención a los reclamos de los curtidores. La Cámara de Comercio de Bogotá decidió aportar dinero para que elaboraran su planes de manejo ambiental.
En cuestión de un año habían logrado lo que nadie pudo en más de tres décadas. De las 150 curtiembres de Villapinzón, 66 presentaron planes de manejo ambiental ante al CAR. Era el gesto que la autoridad esperaba para desistir de su arremetida jurídica.
En el año 2008 apareció otro aliado. Se trató del proyecto Switch, una iniciativa de la Comunidad Europea para ayudar a las ciudades en el manejo del agua. “Ellos aportaron el dinero para crear seis industrias piloto en las que se implementaron procesos de producción limpia”, cuenta Mónica. Pronto se duplicaron los pilotos pues la CAR decidió financiar otros seis proyectos.
Evidalia y sus vecinos comenzaron a familiarizarse con las nuevas técnicas y la tecnología para modernizar las curtiembres. “Disminuimos el uso de sulfuro. Comenzamos a separar el pelo del agua. Con el pelo preparamos abonos orgánicos en vez de lanzarlo al río”, explica Evidalia. Aprendieron también a tratar el agua y reutilizarla.
“Ya son 12 las curtiembres que están cumpliendo la normatividad”, apunta Mónica. Para ella, lo que sucedió en Villapinzón es un buen ejemplo para pensar en reorientar la política. Su colega y profesor en el Institute for Water Education, Maarten Siebel, dice que muchos países están dejando atrás el control de contaminación al “final del tubo” para incentivar la prevención y la producción limpia.
El origen del río
El fin de semana Mónica, Evidalia y los curtidores de Villapinzón recibieron la visita de una delegación de expertos internacionales. Querían ver con sus propios ojos la transformación de la industria y el río. En una caminata de casi una hora hasta el Páramo de Guacheneque, donde unas hermosas lagunas marcan el comienzo del río, Evidalia se detuvo ante un árbol de encenillo.
El árbol le hizo recordar cómo su padre y abuelo usaban la corteza para limpiar sus cueros. “En esa época la gente era muy estricta. Se sembraba timidez. Se cuidaban los árboles del páramo y se castigaba al que ensuciaba el agua porque la vida de todos dependía de ella”. También la época en que aparecieron las casas químicas ofreciendo sus productos a los curtidores y todo cambió para mal. Cuenta Evidalia que las empresas crecieron una barbaridad pero también comenzaron los problemas.
Sólo un curtidor, Luis Parra, que murió hace 10 años, se negó a usar los químicos. Ahora Evidalia entiende que fue el único cuerdo de todo el pueblo.
Han sido cinco largos años para Mónica. Los problemas para poner en orden las curtiembres no desaparecen y apenas le han dejado tiempo para redactar el informe final de su tesis y presentarla en Holanda. Pero el aprendizaje ha sido intenso. “Tenemos dos Colombias que no se tocan”, dice, “una Colombia de la gente y otra de las instituciones y la academia. Lo que ha faltado es un puente entre esos dos países para resolver los conflictos”.
Esta vez los dos países se encontraron gracias a estas dos mujeres.
Producción limpia
El modelo implementado en las curtiembres de Villapinzón a través del apoyo del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional y el programa Switch ha permitido lograr la sostenibilidad de las microindustrias y la descontaminación gradual del río.
Al fomentar la autopurificación de los sistemas naturales, en una visión total e integral del ciclo del agua, se han observado disminuciones en el consumo del agua hasta del 70%.
También se ha hecho énfasis en la prevención y separación de residuos contaminantes durante el proceso de producción. Los residuos que antes iban al río, hoy se llevan a rellenos sanitarios o sirven como subproductos para abonos orgánicos. Algo que significa una fuente extra de ingresos.
En el control del proceso productivo y formulación se aprecian bajas en el consumo de sulfuro del 30%, de cal del 25%, de cloruros del 50%, entre otros. Comparando el año 2004 con 2009 se encontró 60% de disminución en cromo en el vertimiento al río Bogotá.