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El ángel del último deseo

Aunque le ha sostenido la mano a 200 pacientes durante el suspiro final, confiesa temerle a la muerte. Su esposo y sus  hijas le dan la fortaleza para cumplir esta misión.

Mariana Suárez Rueda

09 de mayo de 2009 - 05:00 p. m.
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Gina García, una joven psicóloga egresada de la Universidad El Bosque, conoce perfectamente la cara de la muerte. La ha visto cientos de veces en el rostro de los pacientes terminales que pasan sus últimos días de vida en Proseguir, la unidad de cuidados paliativos que creó hace ocho años en Bogotá, convencida de que partir de este mundo no debe ser una experiencia dolorosa, sino digna y tranquila.

No ha sido fácil. Sostener la mano de una persona mientras suspira por última vez, rezar una oración antes de que el alma abandone su cuerpo o presenciar cómo un profundo silencio se apodera de la habitación llevándose consigo el último hilo de vida, son experiencias intensas que Gina ha tenido que aprender a transformar en recuerdos que le den la fortaleza para no desfallecer.

A su lado trabaja su esposo Luis, un médico oncólogo que compartió su sueño de crear por primera vez en Colombia un lugar en el que las personas diagnosticadas con enfermedades terminales pudieran agonizar sin sufrimiento, reencontrarse consigo mismas, perdonarse y morir en paz. Junto a esta pareja también se ha conformado un equipo interdisciplinar de profesionales integrado por enfermeras (muchas de ellas con cáncer, pues Gina cree que de esta forma les da la oportunidad de ayudar a quienes padecen su mismo sufrimiento), terapistas, psicólogos, médicos especializados en rehabilitación y guías espirituales.

También existe un grupo de apoyo —conformado por pacientes, sobrevivientes de cáncer y familiares de personas que ya han fallecido—, cuya misión es darles ánimo a quienes se encuentran a punto de morir. Además, tienen actividades, como talleres de manualidades, en donde fabrican artesanías que luego venden para sentir que aún son productivos a pesar de las circunstancias.

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Hace casi tres meses Myriam, la líder y el alma de este grupo, murió. El cáncer de seno que le habían diagnosticado hizo metástasis. Gina estuvo a su lado durante la agonía. Se encargó de avisarles a sus familiares y la sedó para que no sintiera dolor, tal como se lo había pedido meses atrás y como se lo suplican la mayoría de pacientes, que temen experimentar la angustia de la muerte.

A pesar de que Gina, en los ocho años que lleva Proseguir, ha acompañado en su último suspiro a 200 personas, confiesa que tiene miedo de morir. De hecho, tuvo que pedir apoyo psicológico a comienzos de este año, cuando además de despedir a Myriam, a quien consideraba su segunda mamá, acompañó a su mejor amiga a morir. El dolor de estas dos pérdidas fue inmanejable, a pesar de que es una persona espiritual, convencida de la existencia de una vida después de la muerte. Sus dos pequeñas hijas fueron quienes la llenaron de fuerzas para sobreponerse.

El camino final

Muchas personas saben cuando ha llegado la hora de partir. Gina dice que se trata de un sentimiento inexplicable e intenso, que los alerta sobre lo que va a suceder. Y recuerda el día en que una de sus pacientes se levantó sobresaltada a la madrugada y pidió que llamaran a sus hijas para que fueran a las 11:00 de la mañana. Después dijo que se quería arreglar un poco, que ya era el momento. Al mediodía falleció.

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Desafortunadamente sus hijas no alcanzaron a cumplir la cita. El sentimiento de culpa ahondó aún más el dolor por la pérdida de su madre. Los médicos y enfermeras que trabajan con enfermos terminales coinciden en que éste muy común entre las familias que atraviesan por esta situación. Por eso, para evitar culpas, Gina aconseja dejar los asuntos claros antes de que la persona muera.

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Hay quienes no pueden abandonar este mundo mientras no hayan resuelto los malentendidos, perdonado las equivocaciones y se hayan librado de los rencores. En Proseguir estuvo internado un paciente con cáncer terminal para el cual no había posibilidades


médicas de que sanara, pero que inexplicablemente no fallecía. Las enfermeras se pusieron en la tarea de averiguar sobre su vida, hasta descubrir que era necesario que se reencontrara con su pareja. El día en que se reunieron, murió. Gina recuerda que su rostro reflejaba una inmensa tranquilidad, casi  sonreía.

Se trataba de la misma serenidad que pareció apoderarse de una mujer joven que pocos meses antes de fallecer decidió entregarle su hijo de dos años a su mamá. “Necesitaba estar segura de que él iba a estar bien sin ella”, cuenta Gina. Una vez lo comprobó, les pidió a su esposo y a las enfermeras de Proseguir que no lloraran, que no quería que nadie estuviera triste. Una mañana cualquiera, mientras su marido dormía a su lado, suspiró por última vez, en silencio y sin dolor. En su funeral no se derramó una lágrima, las risas de su hijo se confundían con los cantos religiosos que el grupo de apoyo de Proseguir entonaba para despedirla.

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“Este trabajo tiene que gustarle a uno mucho, porque si no, sería demasiado frustrante”, asegura Gina con la voz entrecortada, pues aún se está reponiendo de la partida de Myriam y de haber perdido a su mejor amiga. En momentos como este, todos los miembros de Proseguir, pacientes, médicos y familiares se unen para afrontar juntos el proceso de duelo.

Hace poco estuvieron en un retiro que organizó Gina para subirles el ánimo. “Debemos continuar con nuestra labor”, les dijo en medio de un ambiente lleno de tristeza y resignación. Llegaron a Bogotá con el espíritu más tranquilo, cargados de la energía suficiente para regalarles un poco a cada uno de sus pacientes y sus familias, con la fortaleza para ayudarlos o a morir o a sobrellevar el dolor de la partida.

Los médicos del dolor

La Clínica Marly, en Bogotá,  inauguró un programa de Dolor y Cuidados Paliativos, que busca aliviar a los pacientes con enfermedades terminales o dolor crónico que no han encontrado ningún tratamiento que logre librarlos de tanto padecimiento.

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El grupo interdisciplinario de médicos, que integra esta iniciativa, pionera en el país, está conformado por especialistas en algesiología. Después de evaluar al paciente y de determinar qué medicamentos necesita, estos profesionales del dolor proceden a interactuar con la familia para establecer qué tan afectados se han visto emocionalmente.

Dependiendo de la intensidad del dolor, los pacientes son sometidos a altas dosis de opioides, como la morfina, y a procedimientos invasivos y tratamientos extremos como la terapia neural o la hipnosis. Esta última consiste en adentrarse en la conciencia de la persona para descubrir si hay algún factor emocional que esté incidiendo en su dolor.

El propósito de este grupo de especialistas es conseguir que el paciente pueda sobrellevar su condición, para que de alguna manera tenga una vida normal. Si se trata de un enfermo terminal, los médicos también se encargan de acompañarlo durante la etapa final y de apoyar a sus familiares psicológicamente.

El 95% de los pacientes son ambulatorios, otros son atendidos en sus casas y unos pocos están hospitalizados. La mayoría ingresó remitida por su médico tratante o encontraron este tipo de ayuda luego de pasar por un sinnúmero de tratamientos para calmar el dolor (éste se considera crónico si se prolonga por más de tres meses), sin obtener resultados.

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Por Mariana Suárez Rueda

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