18 Aug 2008 - 5:40 p. m.

El año de las ranas

Estos animales esconderían una respuesta terapéutica para muchas enfermedades. Jonh Jairo Mueses, un joven biólogo de la U. Nacional se dedica a investigarlas. Con apenas 27 años, ha descubierto 14 nuevas especies.

Pablo Correa

Jonh Jairo Mueses quería dedicarse al estudio de las orquídeas, hasta que una de sus profesoras en la Universidad Nacional, María Cristina Ardila, lo convenció de que podría ser bueno “para cazar ranas”.

Picado por la tentación de poner a prueba su habilidad, planeó un viaje al Valle del Sibundoy, en el Putumayo, tierra natal de sus familiares. En una primera salida de exploración se encontró un “bicho”, un Osornophryne guacamayo, hasta entonces sólo identificado en Ecuador. Él era el primero en reportarlo en territorio colombiano y aunque sabía que se trataba de un aporte menor, con ese hallazgo la premonición de su tutora comenzaba a cumplirse y la pasión por estos minúsculos anfibios se iba convirtiendo en uno de los motores de su vida.

A la vuelta de pocos meses comenzó a trabajar al lado de John Lynch, profesor de la Universidad Nacional y miembro del Instituto de Ciencias Naturales. Lynch lo invitó a formar parte de un ambicioso proyecto de investigación en Leticia (Amazonas).

Meses más tarde al revisar la colección de anfibios en la Universidad de Nariño, notó que una rana de una apariencia muy llamativa había sido mal clasificada como venenosa. “Era un bicho hermosísimo, tenía que buscarlo”, recuerda Jonh con entusiasmo. Después de largas caminatas e infructuosas búsquedas, y a un día de cancelar la expedición, levantó un tronco y encontró el destello de una rana amarillo con verde, de rayas negras y flancos blanquecinos. El recuerdo está vivo en su memoria: “Parecía un tigre”. Y, como en efecto era una especie mal clasificada, él tuvo el privilegio de rebautizarla. La llamó


Hyloscirtus tigrinus. “Para mí es la especie más bonita. Podría convertirse en una especie bandera para proteger todo el ecosistema de las zonas altas andinas de Putumayo, Cauca, Nariño. Todo el Macizo colombiano”. Las ranas por su particular sensibilidad a cambios en la ecología de un lugar, son como un termómetro, un centinela ambiental.

Como Jonh Mueses, decenas más de científicos están preocupados por el alto número de especies de ranas amenazadas. Se estima que entre un tercio y la mitad de todos los anfibios del planeta corren peligro de desaparecer. Colombia es el segundo en número de anfibios y el primero en número de especies amenazadas.

En 2006, los Grupos Especialistas de Anfibios y de Conservación y Cría y la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios lanzaron el Arca de las Ranas para incentivar a organizaciones involucradas en la conservación a crear proyectos de reproducción en cautiverio. La idea es que cada acuario, zoológico, museo, se encargue de salvar una especie. Este año lanzaron una campaña mundial que pretende recoger fondos y concientizar sobre la importancia de estos anfibios.

“Existe la posibilidad real de que una gran parte de toda una categoría de animales se extinga en todo el mundo –a menos que nos preparemos para actuar rápidamente–”, ha planteado David Attenborough, vocero oficial del Arca de Anfibios.

Un mundo sin ranas

¿Pero por qué salvar las ranas? Las ranas juegan un papel crucial en el equilibrio de muchos ecosistemas: controlan pestes como el dengue y la fiebre amarilla gracias a que se alimentan de mosquitos; son excelentes centinelas ante cambios en el ambiente y sus pieles absorben contaminantes mucho más temprano que otras especies, advirtiendo peligros que se ciernen sobre un territorio.

Pero quizás lo más importante para los seres humanos, es que con cada especie de rana que desaparece se esfuma una posibilidad de hallar una respuesta a distintas enfermedades.

La lista de aportes de estos anfibios al campo de la biomedicina es amplia y prometedora. Mientras investigadores en Edimburgo creen que ciertas especies de ranas servirán en el estudio de las células madre, colegas suyos en la Universidad de Oklahoma utilizan la rana común para descifrar la interacción de drogas contra el dolor en el cerebro. También son una prometedora fuente de antibióticos, pues en sus pieles esconden sustancias que destruyen virus y bacterias. Algunas personas creen que la solución al sida podría estar cifrada en estos péptidos antimicrobiales producidos por la piel de estos animales. Por otra parte, ya existen indicios de su utilidad en el tratamiento de tumores cerebrales.

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