22 Nov 2015 - 2:00 a. m.

El azul profundo de Sofía Gómez

Una colombiana es la nueva estrella del buceo libre. El programa “Los Informantes” la acompañó en su más reciente triunfo en Baja California.

María Alejandra Cardona Gaviria, Jeimy Bohórquez *

En la competencia internacional de Big Blue, que se llevó a cabo a comienzos de mes en el Mar de Cortés, al sur de Baja California, en México, Sofía Gómez, paisa de 23 años de edad, llegó a la élite de la apnea en el mundo. Es la nueva campeona continental de buceo libre: 75 metros bajo el agua en tres minutos la llevaron al podio de un deporte en el que cruzar el límite entre la vida y la muerte depende de un suspiro.

La apnea es una práctica que puede ser tan segura como peligrosa. Lo llaman el más viril de los deportes, se calcula que 40 atletas mueren al año en el intento de superar récords y aunque Sofía conoce bien los riesgos, ya no hay quién la detenga. Tirarse de cabeza al mar azul con los músculos contraídos, mientras aguanta la respiración para llegar al fondo, es su obsesión.

La acompañamos con nuestro tanque de oxígeno, la esperamos a 50 metros, ella bajó moviendo su cuerpo como si fuera una sirena, en un lugar tan hermoso y místico a donde ni siquiera el resplandor del sol alcanza a llegar.

Luego la perdimos de vista, nos provocaba gritarle que se devolviera, que regresara, reinaba el silencio bajo las cristalinas aguas del mar; pasaban los minutos, los segundos se hacían eternos y de Sofía ni una burbuja. Entrenó para eso, pero la ansiedad y los nervios en una competencia siempre juegan en contra y algo podía fallar. Cuando por fin llegó a 75 metros –su meta–, dio media vuelta, pero todavía le faltaba la mitad –lo más difícil–: la subida.

“Mi familia es consciente de que si me llega a pasar algo, voy a estar muy feliz de lo que estoy haciendo. Yo sí pienso en los riesgos, pero no es que me angustie de pensar que algún día me va a pasar algo, porque esto es lo que amo hacer”.

La posibilidad de que algún día no regrese a la superficie existe: “A mis papás y a mi hermana los adoro y pienso en ellos cuando hago apnea, porque no quiero que me pase nada y que ellos se vayan a preocupar porque pueda tener un accidente. Por eso soy muy precavida y muy responsable con mis entrenamientos, porque sé que es peligroso”.

Sofía nació en Pereira y nada desde los cuatro años. Pasó del estilo sincronizado, y de jugar en la piscina aguantando la respiración con su hermana mayor, a ser nadadora profesional. “Un día al final del entrenamiento nos pidieron hacer apnea. Hice 100 metros con aleta y mi entrenador quedó impactado”.

Fue en ese momento en el que dio el salto de las piscinas de agua dulce a los terrenos marinos, descubrió que tenía un talento innato y unos pulmones con los que podía llegar muy profundo. Desde que Sofía descubrió que podía nadar y jugar a la par con los tiburones ballena y leones marinos, entendió que su vida está bajo el agua. “Me gusta mucho superar mis propios límites y este es el deporte en el que se superan los límites de la mente y el cuerpo, porque la gracia es bajar a la profundidad máxima sin respirar”. Desde que empezó ha mejorado diez metros por año.

Hace 40 años los médicos decían que era imposible pasar de los 50 metros. Los legendarios Jacques Mayol y Enzo Maiorca –inspiradores de la película Le grand bleu, dirigida por Luc Besson– superaron la barrera de los 100 metros y, aunque se pensó que ese era el límite, hace cinco años el venezolano Carlos Coste se enfrentó a los 200.

En el fondo del mar Sofía no sólo enfrenta el miedo de perder la vida, también a esa otra yo que la impulsa a romper más y más barreras, una Sofía que pareciera embriagada por la narcosis que produce el nitrógeno a grandes profundidades. “En las bajadas yo siento que hay alguien aquí parado, este es el lado malo y este es el lado bueno, hay una Sofía mala que está parada aquí y me dice: ‘no eres capaz, devuélvete’, y aquí está la buena que me dice: ‘hágale, que usted ha entrenado para eso’. Siempre lucho contra eso”.

¿Momentos de crisis? “Sí. He tenido dos. Eso se llama blackout. Cuando quedas inconsciente. Nunca en profundidad, los dos han sido en piscina y fue un poquito trágico, por decirlo así. Aunque no me pasó nada, ni uno siente nada, es más uno se queda literalmente dormido, pierde la conciencia hasta que lo sacan de la piscina”.

¿Por qué sucedió? “Estaba intentando hacer una marca para clasificar al mundial de piscina en el 2013, que superaba mi marca personal como en 20 metros. Pasé los 150 metros en la piscina, me estaba sintiendo muy bien, llegué a los 170 muy bien y ya desde los 180 no me acuerdo de nada. Me sacaron a los 190 metros. Ahí es donde entra la gente a decir ‘no, cuántas neuronas quemó’, pero eso no es verdad. Me sacaron de la piscina y a los cinco segundos respiré y volví a estar consciente. Ese momento fue muy triste, porque me di cuenta de que no había clasificado al mundial y me sentí superderrotada, desmayada”.

Eso es excepcional. Lo normal es que Sofía entre al agua con la concentración de un monje tibetano, con la tranquilidad y la felicidad de quien nació para moverse en este azul profundo. “No voy a decir que es fácil aguantar la respiración cinco minutos y que uno no siente nada. No. Es difícil y esta complejidad es la que lo hace tan chévere, el ‘quiero hacerlo’ y ‘voy a romper ese límite mental’, porque este deporte es 70 por ciento mente y 30 por ciento cuerpo”.

En el Mar de Cortés Sofía bajó 75 metros, subió como pez en el agua y celebró con la plenitud de una campeona que reta las fronteras del miedo.

* Periodista y productora de “Los Informantes”.

 

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