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El Dique, herencia colonial signada por el dolor

Construido en el siglo XVII (el 24 de junio de 1650), el Canal del Dique es un canal artificial que conecta el río Magdalena con la Bahía de Cartagena.

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Manuel Dueñas
17 de diciembre de 2010 - 04:40 a. m.
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Es una de las obras de ingeniería más importantes de la época de la Colonia y hoy por hoy aporta el 85% de la carga que transporta el río Magdalena. Pero es, además, el lugar más nombrado desde que el agua abrió un boquete a 3 kilómetros de la bifurcación de Calamar, Bolívar, en la frontera con Atlántico.

Tiene vocación de límite: el puente de Calamar comunica a Atlántico y Bolívar, y permite ver las aguas del Magdalena que van a parar a Cartagena. Yendo desde Barranquilla hacia el viaducto está el tramo de carretera que se rompió por estos días. Ingenieros, obreros, tierra mojada por la lluvia y un martinete (una suerte de martillo gigante) que clava los pilotes de madera que funcionarían para cerrar el boquete.

Mientras tanto, el canal imperfecto, desfigurado por la ruptura. Y, más que el canal, una subregión fundamental para Colombia: 19 municipios de tres departamentos, con la segunda oferta de humedales más importante del país (sólo superada por la Ciénaga Grande de Santa Marta), y hábitat de 41 especies de mamíferos, 81 de aves, 21 especies ícticas, 32 de reptiles y 4 de anfibios.

Y con crecimientos poblacionales que, según el Centro de Estudios Económicos Regionales del Banco de la República, “tienen una relación estrecha con la pobreza”, con tasas más elevadas que las de la región y las del país. Esos municipios (Campo de la Cruz, Manatí, Repelón, Santa Lucía, San Cristóbal, San Estanislao, Aroja, Soplaviento, entre otros) representan el 3,4% de la población colombiana.

Con algunas poblaciones en medio de la pobreza extrema (Soplaviento tiene 98% de índice de Necesidades Básicas Insatisfechas), la economía de estos pueblos se basa en cultivos de subsistencia y pesca. Una subregión pobre y rica, que por estos días (por estos meses) es víctima de los estragos invernales (los más altos registros históricos del río en los últimos 60 años), de los cuales el país debería sacar muchas lecciones, según el ingeniero Manuel Alvarado. Dos inundaciones en 40 años (la del 84 y la de ahora, desde cuando se decidió secar y utilizar esa parte del sur del Atlántico como distrito de riego) deberían servir como muestra. “Si pensamos en reconstruir un sistema igual, la misma naturaleza está dando una respuesta”, afirma. “Las poblaciones —agrega— tendrán que ubicarse en sitios altos a futuro, porque la Carretera Oriental puede fallar y afectar a los pueblos”.

Por Manuel Dueñas

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