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El embrión del rock

Memorias de un concierto del creador de la guitarra eléctrica fallecido el mes pasado.

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Juan Carlos Garay / Especial para El Espectador
10 de octubre de 2009 - 02:37 a. m.
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Una de las definiciones más precisas del rol de la guitarra eléctrica en la cultura fue la que difundió la televisión por cable hace unos diez años, en una serie documental titulada La historia del rock. Aparecía el guitarrista Jeff Baxter haciéndose la pregunta en voz alta: “¿Qué sería del rock si no existiera la guitarra eléctrica?”. Enseguida saltábamos a la imagen anacrónica de un grupo campirano soplando botellones y marcando el ritmo con el pie, para volver otra vez al primer plano de Baxter, pensativo, concluyendo: “No, simplemente no habría rock”.

El documental daba luego un par de rodeos interesantes (mostraba a Santana y a Van Halen) antes de señalar como inventor de la guitarra eléctrica a un simpático viejo de más de ochenta años llamado Les Paul. Y ahí estaba en pantalla el culpable de tanta excitación y locura. El padre putativo del rock se veía como un abuelito amable que acaso no sospechó los desorbitados alcances de su invento.

A mediados del año pasado me encontraba en Nueva York un lunes por la noche: no parecía ser el mejor día para salir, pero al fin y al cabo Sinatra nos vendió la idea de que ésa es “la ciudad que nunca duerme”, así que busqué en la cartelera de espectáculos. Entonces apareció su nombre. Resultó que Les Paul se presentaba sagradamente los lunes en la noche en un local llamado Iridium, situado sobre Broadway a la altura de la calle 51. Era la oportunidad de verlo en persona. Alisté mi billetera y me fui corriendo al Iridium.

Al parecer le caí bien al tipo de la entrada porque me consiguió una mesa en primera fila para el segundo show. Sí, a sus 93 años, Les Paul hacía dos funciones cada noche. Primero aparecía sobre el escenario el grupo base: un pianista, un guitarrista acompañante y una atractiva contrabajista que sería la receptora de los piropos durante el show. Los músicos comenzaban a tocar un blues y una voz en off pedía que recibiéramos con un aplauso a la leyenda viviente de la guitarra eléctrica, el señor Les Paul. Aparecía entonces el hombre caminando despacio, saludando sonriente, iba hasta el micrófono, conectaba su guitarra y daba comienzo a la magia.

El espectáculo duraba unos 90 minutos, pero no todo era música. Les Paul rememoraba anécdotas, contestaba preguntas del público y hacía chistes. Los más insinuantes iban dirigidos a la contrabajista, pero los soltaba con tanto estilo que era la diferencia viviente entre un viejo verde y un jubilado sexy.

De repente el tipo que estaba sentado a mi lado hizo una seña y la chica anunció por el micrófono: “Les tengo una petición de alguien que está adelante en el público”. “¿Quién?”, preguntó el padre de la guitarra eléctrica, “¿El tipo que se parece a Jesús?”. Me había visto, Les Paul me había visto. La contrabajista le aclaró que no era yo, sino la persona que estaba al lado. “¡Ah, entonces es uno de sus discípulos!” y la risotada fue general.

La petición fue How high the moon, una pieza de 1951. Entonces recordó algo que no está en ninguna de las entradas enciclopédicas: que aquella vez grabó primero el final y luego el comienzo, siendo uno de los primeros discos en la historia que recurrió a trucos de edición y posproducción. La interpretación fue impecable, si bien un poco más lenta que la versión original. Su manera de tocar esa noche me recordó las teorías del músico Glenn Gould acerca de la lentitud: ralentizar una interpretación musical es hacerla psicológicamente placentera. Desde luego, en el caso de Les Paul las razones no eran sólo psicológicas. La artritis cumplía su parte también.

Al final, la voz en off anunciaba que estaba a la venta un disco de Les Paul y que el guitarrista estaría encantado de firmarlo. Algunos asistentes habían ido preparados, con los discos de sus colecciones personales. A mí, en cambio, me tocó pagar 20 dólares por The best of Les Paul, un CD de escasos 33 minutos de duración que por fuera del Iridium vale la mitad. Pero, ¿cómo iba a perder la oportunidad? Hice la cola para comprar el disco y luego la cola para que el padre de la guitarra eléctrica me lo firmara.

Cuando llegué hasta él, una hora después, el viejo estaba evidentemente cansado. Pensé que me iba a reconocer como “el tipo que se parece a Jesús” y que íbamos a bromear al respecto como viejos amigos. Pero su personalidad escénica ya estaba apagada. Firmó el disco, nos dimos la mano, le dije que venía de Colombia y él dijo algo así como “Oh”. Me tomé la foto de rigor, que atesoro, y cuando me enteré de su muerte volví a oír el CD. Son las grabaciones de un pionero, ágil y muy preciso. Es el embrión del rock, ahora lo oigo más claro, a pesar de que nunca pretendió ser roquero.

Por Juan Carlos Garay / Especial para El Espectador

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