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7 Apr 2012 - 8:00 p. m.

El emperador de todos los males

Un libro escrito por un oncólogo de origen indio, Siddhartha Mukherjee, es un fascinante viaje por los esfuerzos médicos de todos los tiempos para derrotar una enfermedad de mil caras. Ganador de un Premio Pulitzer.

Pablo Correa

“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa. Todos, al nacer, somos ciudadanos de dos reinos, el de los sanos y el de los enfermos. Y aunque todos prefiramos usar solo el buen pasaporte, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar”.

Las palabras son de la escritora estadounidense Susan Sontag, pero le sirven al médico oncólogo Siddhartha Mukherjee para iniciar un recorrido por la historia del cáncer, o, para ser más precisos, de los esfuerzos médicos de todos los tiempos por esquivar al que un cirujano decimonónico llamó “el emperador de todos los males, el rey de los terrores”.

Una vez abierta esta biografía del cáncer, es francamente difícil volver a cerrarla. No importa el peso de sus 700 páginas. El libro, que mereció un Premio Pulitzer, entrelaza cada victoria y derrota de la medicina con el desarrollo social y cultural de la época, pero mirando siempre hacia el futuro: ¿puede imaginarse un final para el cáncer? ¿Es posible erradicar para siempre esta enfermedad de nuestro cuerpo y nuestras sociedades?

En el último capítulo, a manera de resumen, Mukherjee invita a un experimento mental: hacer viajar a través del tiempo a Atosa, una reina persa que probablemente tuvo cáncer de mama 500 años antes de Cristo.

Aunque ella, desesperada por una enfermedad que consumía su seno, se autoimpuso la que podría ser la más primitiva de las mastectomías, para los médicos de aquel tiempo la enfermedad estaba envuelta en el misterio. Los griegos se limitaban a pensar que era una sobredosis sistémica de bilis negra para la que prácticamente no había salvación.

En los mil años siguientes, los tratamientos sugeridos a los pacientes como Atosa encajaban más en un manual de fantasías que en un tratado médico: sangre de rana, láminas de plomo, estiércol de cabra, agua bendita, pasta de cangrejo y sustancias químicas cáusticas.

Al horror de la enfermedad se sumaba el horror del tratamiento. Sólo hasta 1778, John Hunter comenzó a discernir entre el cáncer precoz y el tardío, recomendando una operación local para el primero y para el segundo “compasión remota”.

Pero si la reina persa apareciera en una clínica del siglo XIX, como la del médico William Stewart Halsted en Baltimore, Estados Unidos, su cáncer de mama habría sido tratado con una mastectomía que su creador llamó “radical” y en la que, además del seno enfermo, borraba con su bisturí los músculos torácicos profundos y los nódulos linfáticos de la axila y la clavícula.

Halsted, en su intento por utilizar sustancias anestésicas para evitar el dolor a sus pacientes, terminó probando en su propio cuerpo los efectos de un anestésico prometedor, la cocaína, de la que no pudo escapar luego.

A los “radicales” que mutilaron cuerpos a diestra y siniestra, obviando durante años el hecho de que en la mayoría de pacientes reaparecía la enfermedad, los sucedió otra generación de médicos que depositaron todas las esperanzas en las sustancias radioactivas y crearon la radioterapia. Una historia llena de paradojas, pues muchos de ellos padecieron cáncer por culpa de las mismas sustancias que manipulaban.

“Hacia la década de los 50, el cáncer de Atosa habría recibido un tratamiento local con una mastectomía simple, o una lumpectomía seguida de radiación”, apunta el autor.

Una historia interesante, y que inspiró el libro, es la del médico Sidney Farber. Cansado de analizar los tejidos y las células de niños que fallecían en Boston por cáncer y sin tratamiento efectivo, Farber decidió retar al más común de los cánceres infantiles, las leucemias. Razonó que si la aplicación de vitamina B12 o ácido fólico aceleraba la leucemia, debía existir “un antiácido fólico” capaz de detenerlo. Con la aminopterina, Farber abrió una nueva era: la quimioterapia.

La búsqueda de sustancias químicas para crear una barricada contra las células tumorales está repleta de sorpresas. Es el caso del gas mostaza, utilizado por los alemanes contra sus enemigos durante la Primera Guerra Mundial y que señaló el camino para que médicos como Louis Goodman y Alfred Gilman, de la Universidad de Yale, trasladaran la guerra química de Europa a los cuerpos de los pacientes. El gas mostaza y sustancias similares se sumaron al arsenal de la quimioterapia.

No ha sido una guerra en vano. Si Atosa tocara la puerta de un hospital en nuestros días, podría llegar a vivir hasta 30 años más en caso de que el tumor fuera detectado a tiempo. Una mezcla de cirugías y medicamentos, como el tamoxifeno, le permitirían pensar que el cáncer de seno no equivale ya a una sentencia de muerte. Más aún, pruebas genéticas permitirían detectar mutaciones como la BRCA-1 o BRCA-2 en sus hijas y prevenir el desarrollo de la enfermedad.

“El cáncer, lo hemos descubierto, está cosido a nuestro genoma”, concluye Mukherjee, para advertir que una meta razonable en la lucha contra el cáncer no es pensar en borrarlo del todo de nuestras preocupaciones sino impedir las muertes asociadas a esta enfermedad antes de la vejez.

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