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El flautista del agua

Guy Opdenbosch diseñó un filtro para volver potable el agua y ayudar a comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta que no tienen acceso a este recurso.

Gabriela Supelano

30 de junio de 2010 - 05:03 p. m.
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Aunque a primera vista parece traído de Europa por sus dificultades para hablar el español, Guy Opdenbosch nació en la Sierra Nevada de Santa Marta. Su abuela y su padre eran belgas y su mamá una colombiana de madre irlandesa. En su casa nunca se hablaba español.

Durante 37 años este ingeniero mecánico, civil y eléctrico de la Universidad de Bruselas, en Bélgica, mantuvo oculto un filtro que diseñó para poder potabilizar el agua sin usar químicos. Desde principios de los 80 este invento ha servido para abastecer a los más de 400 trabajadores de su hacienda cafetera situada en la parte alta de la Sierra y hace un par de años también al pueblo de Kantinurwa, en donde habita una comunidad de indígenas arhuacos.

Cuando se le pregunta a este hombre de 70 años, acerca del origen de su genial idea, responde con picardía que simplemente le sonó la flauta. “No soy ingeniero sanitario, sino mecánico, y lo que hice fue coger elementos de filtros ya existentes y ensamblarlos”. Y explica que el filtro está diseñado para lugares de difícil acceso, ya que es pequeño y fácil de construir, a diferencia de una planta de tratamiento regular.

Además, para volver el agua potable no es necesario utilizar alumbre, un químico que hace que los residuos sólidos se acentúen, y en la mayoría de los casos tampoco cloro. El funcionamiento de este sistema es sencillo. Primero se recoge el agua y se almacena en un clarificador sin químicos durante ocho horas para decantarla y que esté libre de basura, barro o elementos que la contaminen.

Después pasa a lo que Opdenbosch llama la flauta, el artefacto que inventó y que consiste en una serie de tubos grandes llenos de arena muy gruesa denominada torpedo, en donde el agua se distribuye entrando y saliendo de arriba abajo para, finalmente, ser filtrada en un contenedor de arena fina.

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El rumor de que en la finca de este ingeniero se estaba procesando de manera artesanal el agua del río más cercano para tomarla y utilizarla en la cocina llegó a los oídos de varios funcionarios de Acción Social, quienes organizaron una visita al lugar. Sorprendidos por la sencillez, pero por la efectividad del sistema que había diseñado Opdenbosch, le propusieron instalarlo en el pueblo de Kantinurwa. Y así fue.

Durante seis meses Opdenbosch se trasladó a vivir con esta comunidad de arhuacos para construir ‘la flauta’ y enseñarles cómo utilizarla. “Prácticamente la instalé solo, porque soy un ingeniero anfibio, no sólo el matemático sino el tipo que se tira en bola al río para ver que es lo que está pasando”, contó durante una visita que hizo esta semana a Bogotá para reunirse con investigadores de la Universidad de los Andes y revelarles detalles de su proyecto con el fin de documentarlo.

Aunque Opdenbosch insiste en no referirse a su creación como un invento, lo cierto es que los beneficios que ésta ha traído lo hicieron ganador del premio Crea PVC a la Innovación en 2009, un galardón que otorga la empresa Mexiquem a las buenas ideas de investigadores colombianos.

“Escogemos talentos que busquen soluciones novedosas en el contexto del diseño para la sustentabilidad”, explica la ingeniera Mabel de Guillem, gestora de productos de la empresa. Y concluye resaltando el gran impacto que ha tenido el diseño de Opdenbosch, gracias a que permite solucionar uno de los problemas sociales más complejos del país: el acceso al agua potable, especialmente en comunidades alejadas.

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Por Gabriela Supelano

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