Un día dijo que no era digno de ser el protagonista de ningún tipo de recital en la sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Presentaba un libro suyo de poemas, aunque había dicho que él no era poeta. Ni poeta ni músico ni bailarín ni cantante, pero todo ello junto. Como lo definió el diario Clarín, “Sandro solía decir mentiras perfectas que sonaban a verdades absolutas. Como los chicos, sabía jugar los juegos con la seriedad que corresponde. Conocía sus límites y los límites del artificio”.
Sentía, dijeron. “Estaba a la altura de Gardel”, afirmó una de las divas de su tiempo, Susana Giménez. “Fue el más grande”, dijo Maradona. “Es curioso. Murió un ídolo argentino que era un caballero, un campeón de la cortesía, un milagro de la amistad, un hidalgo. No muere un demagogo, ni un profesional del escándalo, ni un improvisado ni un caprichoso ni un fabricante de rencores. Muere alguien que se parece a lo mejor que los argentinos queremos ser, y también a lo que lamentablemente no hemos sido. Vaya redención para alguien que representaba el pecado”, escribió Jorge Fernández Díaz en La Nación. “Con el tiempo se hizo justicia y ya no caben dudas de que la etapa rockera de Sandro fue un elemento inspirador para los futuros artífices del rock nacional”, sentenció el crítico Alfredo Rosso.
Se bajó el telón. En la tramoya, como tras los muros de su casona de Banfield, quedaron miles de misterios. ¿Quién transformó a un tal Roberto Sánchez nacido en las humildes calles de Villa Alsina, sur de Buenos Aires, en Sandro? ¿Cómo hizo el muchacho de ascendencia gitana para transformarse en un mito? ¿Era él quien escribía sus canciones? ¿Era él quien componía su música? Alguna vez, años 80, dijo con su sonrisa de ironía que él se vestía de jean como si usara esmoquin, y que ese era su gran secreto. Ya para entonces se sabía de su pasado en La Cueva, el sótano donde Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Tanguito, Moris y otros tantos fundaron el rock argentino, y era una leyenda que con sus primeros pesos se compró una moto Guzzi modelo 46 que estacionaba en el cordón de los hospicios de su barrio. Su padre Vicente trabajaba en el frigorífico Wilson, su madre Nina leía historias árabes en una escuelita rural.
Luego llegaron la fama, el dinero, los shows, las anécdotas, como aquella de que comenzó a cantar porque en una mímica se le rompió el disco que reproducía a Elvis Presley, y sus frases inmortales: “De mi casa para afuera soy Sandro. De mi casa para adentro, Roberto Sánchez: yo no compro lo que vendo”.
Fue el pecado, porque el clero decidió que sus bailes frenéticos estaban inspirados en el demonio. Fue prohibido, porque las dictaduras creyeron que cuando le cantaba a las manos de un humilde labrador instaba al pueblo a rebelarse. Él se reía. Se reía y cantaba “Yo le aposté a la vida que jamás iba a llorar,/ y a veces le hice trampas para poderle ganar,/ pues yo no sé perder,/ nací para triunfar,/ y aquí ya ves, yo estoy y río igual”. Se reía y fumaba y se tomaba un martini muy seco con dos aceitunas y se envolvía en una bata de seda.
Así construyó el mito, detalle tras detalle, palabra a palabra. Rompió todos los récords posibles en la Argentina. Marcó una época. Después de cada uno de sus shows, cientos de mujeres lo aguardaban una o dos horas para verlo salir y tocarle las manos, sólo para eso. Era kitsch, decidieron los críticos. A él poco le importaba. ¿Importaba? ¿Importó?