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El hombre más feliz del mundo

Reiteradas resonancias magnéticas que se le practicaron a Ricard en la Universidad de Wisconsin determinaron que su cerebro genera y refleja dicha.

Fernando Araújo Vélez

14 de marzo de 2008 - 12:52 p. m.
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Matthieu Ricard comenzó a ser “El hombre más feliz del mundo” el día que dejó a su mujer y se juró ante la tumba de sus abuelos que no volvería a sostener relaciones sexuales. De aquello ya transcurrieron 30 años. Los feministas, hombres y mujeres, han dicho en reiteradas ocasiones que la historia no fue así, que fue su mujer quien lo abandonó y que a Ricard no le quedó otro remedio que vivir a solas con su soledad.

Sus viejos amigos franceses han venido sosteniendo que en sus tiempos de matrimonio Ricard no se cansaba de repetir que él “apenas era un medio para los caprichos de su mujer, no un fin”, y que de cuando en cuando defendía la teoría de que no podía haber grandes hombres con una mujer por detrás.

Mencionaba a Buda, Jesús, Beethoven y Alejandro Magno, entre otros tantos, y adornaba su idea con hipotéticas situaciones en las que imaginaba a Alejandro, por ejemplo, saliendo a conquistar el mundo con una sofocante esposa preguntándole que en realidad con quién era que se iba a ver en Persia, que qué se iba a poner, que qué iba a comer. Hasta aquel lejano día del verano de 1975, Ricard era un hombre más o menos como todos los demás, aunque su linaje dijera lo contrario. Su padre, Jean Francoise Revel, era uno de los filósofos más importantes de su tiempo, famoso en el mundo entero por su obra Ni Marx ni Jesús. Era ateo y estaba convencido de que los dioses eran un facilismo. En El monje y el filósofo analizó el fenómeno del budismo en Occidente desde la óptica de su particular racionalismo liberal ateo y en abierta polémica con su hijo, un prometedor biólogo molecular que le había insinuado en más de una ocasión sus intenciones de convertirse al budismo.

Tal vez fueron las posturas radicales de Revel las que llevaron a su hijo a reaccionar, a buscarle el otro lado a la vida. Una tarde, poco antes de que decidiera separarse de su esposa, se armó de valor y de razones para enfrentar a su padre. Le dijo que se iba al Tíbet, que abandonaba la vida de la gran sociedad y, más que eso, de la sociedad intelectual en la que él lo había metido desde niño. Revel no le respondió mayor cosa. Sabía que contra la fe y las creencias, la razón era impotente. Luego supo que su hijo había roto con todos los lazos y que incluso había borrado de los registros su apellido. Permanecieron distanciados por algo más de 15 años. Ricard meditaba, buscaba las fuentes de la felicidad, escribía. Revel viajaba por el mundo, intentando convencer a “ese mundo” de que no había dioses. Cuando murió, en mayo de 2006, a los 82 años, su hijo presidió el velorio. En dos cortas frases dijo que si no hubiera sido por las discusiones con su padre, él probablemente no habría tomado el rumbo que tomó.

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Después hizo un énfasis muy especial para recordar y explicar que si había dejado su profesión de genético celular, con un cargo importante en el laboratorio de Louis Pasteur, bajo la dirección del Nóbel de la Ciencia Francois Jacob, fue porque se había dado cuenta de que la ciencia exacta no tenía nada que ver con el Hombre. Mucho tiempo atrás, a finales de los 40, Ernesto Sábato había llegado a la misma conclusión. “El Hombre es sueño, pulsión, afecto, desafecto, temor, pasión, todo lo contrario de lo que son las ecuaciones matemáticas”.

Los números significaban la perfección para Ricard, por eso los desechó. Sin embargo, nueve meses después de los funerales de su padre, un investigador lo llamó para que se dejara hacer unas pruebas científicas. Su nombre era Richard J. Davidson y trabajaba para la Universidad de Wisconsin en el departamento de Neurociencia Afectiva. Davidson había descubierto que la mente es un órgano en constante evolución y, por lo tanto, moldeable. “Es la plasticidad de la mente”, solía decir. Luego de diversos estudios, había logrado probar que la corteza cerebral izquierda concentra las sensaciones placenteras, mientras el lado derecho recoge aquellas que motivan depresión, ansiedad o miedo. “La relación entre el córtex izquierdo y el derecho del cerebro puede ser medida y la relación entre ambas sirve para representar el temperamento de una persona”, diría después Ricard, que durante sus resonancias magnéticas mostró una actividad inusual en su lado izquierdo.

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El monje tibetano explicaba la enorme capacidad de los religiosos para explotar la “plasticidad cerebral” y alejar así los pensamientos negativos y concentrarse sólo en los positivos. “La idea detrás de ese concepto es que la felicidad es algo que se puede aprender, desarrollar, entrenar, mantener en forma y, lo que es más improbable, alcanzar definitivamente y sin condiciones”.

Los resultados de las resonancias magnéticas que le hicieron arrojaron un 0,45 en la escala de “muy feliz”, superior en 0,15 a quien había tenido los mejores resultados. El promedio de los estudios señalaba 0,1 de felicidad, aunque un alto porcentaje de analizados marcó -0.2 (Es decir, altamente amargado o frustrado), contra el máximo de infelicidad, que era de 0,30.

Para Ricard y el Dalai Lama, su jefe, quien lo convenció de que fuera a realizarse las pruebas, la clave de la felicidad está en que Buda no les prometió a sus seguidores la salvación en el cielo, sino el final de sus sufrimientos en la tierra si lograban controlar sus deseos. Ante los críticos de sus posturas, que relacionan el control con la pasividad, Ricard suele recordar una anécdota del Dalai Lama, a quien un día le preguntaron qué haría si alguien entrara en una habitación para matar a todos los presentes y él estuviera allí. Su respuesta, irónica, fue: “Empezaría por dispararle a las piernas. Y si eso no funciona, apuntaría a la cabeza”.


Hace algo más de 15 años que Ricard decidió cambiar de nuevo su antigua vida de asceta. Acorde con los tiempos modernos, salió de sus refugios y su paz para “compartir” su sabiduría. Escribió libros que le dejaron en honorarios más de un millón y medio de dólares que donó a distintas fundaciones. Dictó conferencias. Se dejó entrevistar. Respondió cartas, y con cada una de sus actitudes comprobó que la lejana frase del cómico Jerry Lewis era en gran parte cierta, aunque también un poco debatible: “La felicidad no existe. Hay que tratar de ser feliz sin ella”.

Consejos del monje

Vejez: Cuando la agudeza mental y la acción disminuyen, es tiempo de experimentar y manifestar cariño.

Muerte: Forma parte de la vida, rebelarse es ir contra la propia naturaleza de la existencia. Sólo hay un camino, aceptarla.

Soledad: Existe una manera de no sentirse abandonado, percibir a todos los hombres como parte de nuestra familia.

Alegría: Está dentro de cada uno. Sólo hay que mirar en nuestro interior, encontrarla y transmitirla.

Felicidad: Si la buscamos en el sitio equivocado, estaremos convencidos de que no existe cuando no la encontremos allí.

Identidad: No es la imagen que tenemos de nosotros mismos, ni la que proyectamos. Es nuestra naturaleza más profunda, ésa que nos hace ser buenos y cariñosos con quienes nos rodean.

Familia: Requiere el esfuerzo constante de cada uno de sus miembros, ser generoso y reducir nuestro nivel de exigencia.

Deterioro físico: Hay que aprender a valorarlo. Verlo como el principio de una nueva vida y no el comienzo del fin.

Relaciones sociales: Es más fácil estar de buen humor que discutir y enfadarse. Lo ideal es seguir siendo como somos y utilizar siempre que podamos la franqueza y la amabilidad.

Por Fernando Araújo Vélez

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