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Ya está en cartelera la última producción de Guy Ritchie, ‘Sherlock Holmes’, que muestra toda la esencia del legendario detective inglés interpretado por Robert Downey Jr.

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Will Caiger-Smith / Especial para El Espectador, Londres
09 de enero de 2010 - 01:55 a. m.
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El detective más famoso del mundo, Sherlock Holmes, es un personaje que, para mucha gente, encarna varios aspectos del estereotipo inglés. Su icónico sombrero, su pipa y la clásica frase “elemental, querido Watson” han cautivado a generaciones de lectores a través del mundo desde que apareció por primera vez en 1887, en los relatos de Sir Arthur Conan Doyle. Ha generado innumerables películas y adaptaciones de televisión (hasta la Unión Soviética se involucró en el asunto en 1979), y sus métodos poco ortodoxos han sido la inspiración para muchos personajes contemporáneos, como por ejemplo el Dr. House interpretado por Hugh Laurie de la serie de televisión. Y, aunque ni el sombrero ni el latiguillo aparecen, Sherlock Holmes, dirigida por el londinense Guy Ritchie, es una prueba de que el célebre detective todavía retiene su encanto hoy más que nunca.

Tal vez a los puristas les parecerá escandalosa la ausencia de estos detalles: efectivamente, la película ofrece un nuevo enfoque sobre Sherlock Holmes, y en muchos sentidos rompe con la imagen tradicional del amado “detective consultor”. Adaptaciones anteriores, como las películas protagonizadas por Basil Rathbone, o la serie dramática de Jeremy Brett, han tendido a ser sobrias y lentas; en palabras de Joel Silver, uno de los productores de este proyecto, eran “‘películas de alfombra, cerradas e intelectuales”.

Fuera lo viejo y paso a lo nuevo: desaparecen el superelegante y bien vestido Holmes y el torpe Watson y los reemplazan Robert Downey Jr. como el hombre de acción y Jude Law como su fiel cómplice y amigo.

Desde el comienzo estamos sumidos en un mundo oscuro y victoriano, en un viaje de montaña rusa por lo alto y por lo bajo de la sociedad londinense de una época en la que la capital inglesa estaba a la vanguardia del mundo como símbolo de la Revolución Industrial. “Es una aventura”, dice Jude Law, quien interpreta a Watson. “Todavía está la intriga cerebral, la ciencia y el suspenso de los relatos originales, pero además están las peleas y el caos, que también son traídos fielmente de las novelas”.

Downey es magnífico como un Holmes agitado, excéntrico, pero sobre todo, brillante, cuyas habilidades de deducción tanto como su fortaleza física son igualadas sólo por el pragmatismo y determinación del Watson de Law cuando se ponen a resolver los crímenes aparentemente supernaturales de Lord Blackwood (Mark Strong), quien, después de levantarse de su tumba tras ser ejecutado, obtiene la ayuda de una sociedad secreta de masones en un plan para aterrorizar a Londres y tomar control del país y el mundo.

La acción es pulida y los efectos especiales impresionantes. Ritchie, conocido por estrafalarias películas de intriga como Juegos, trampas y dos armas humeantes y Cerdos y diamantes, demuestra su destreza como director, dando vida a este nuevo Holmes. Igual de impresionante es la dirección artística de Sara Greenwood: el vestuario, el plató y la recreación del Londres victoriano se merecen cinco estrellas por su propio derecho.

Aunque el guión está bien hecho, es una lástima que la trama en general no sea tan lograda. El Holmes de los relatos originales no desconoce los misterios aparentemente supernaturales pero con explicaciones racionales; sin embargo, en la película el espectador no tarda en darse cuenta de que la magia oscura de Blackwood es un truco minucioso, de modo que el discurso explicativo de Holmes, tras el gran final en lo alto de un Puente de Torres en construcción, llega con quince minutos de retraso. No obstante, aunque las escenas de acción comienzan a perder fuerza hacia el desenlace, esto no impide que sean divertidas y emocionantes, y que el triunfo real de la película sea su  reinvención o revitalización, de un personaje inglés por excelencia pero con un atractivo universal.

El Holmes de Downey, por erudito e inteligente que sea, no carece de un sentido de humor, y tiene sus debilidades. Sus rarezas y su idealismo discreto resonaron con el actor: “Existe algo tan monástico en él”, sostiene Downey. “Sus intenciones son tan puras y su código moral es fortalecido por su determinación y sus acciones. Cuando no está inspirado o motivado por alguna carga creativa, cae en su pozo y apenas pronuncia una palabra durante días. Cuando está ocupado, tiene cantidades extraordinarias de energía, energía sobrehumana”.

Lo que le falta a Holmes en cuanto actitud  personal y seguridad psicológica, Watson se lo compensa. “Quería que representara el más profesional, el más arreglado… pero al mismo tiempo es un hombre fuerte y físico y sabe cuidarse. Aunque no es un genio excéntrico como Holmes, es muy listo”, explica Law. Según Ritchie, esta química entre el detective y su amigo es más fiel a los personajes inventados por Conan Doyle: “A veces, Watson ha sido representado como un especie de idiota, al lado del talento altanero de Holmes, pero en realidad es mucho más importante. Son realmente un equipo”.

Entonces, ¿estaba Downey inquieto frente al desafío de interpretar un personaje tan icónico y querido? Al parecer, no: “Ya no me asusto”, afirma con cierta certeza. “Sólo me pongo las pilas. Cuando me preguntaron si quería hacer esto, ya sabía que Guy era el director y ya sabía quiénes eran los demás miembros del equipo, así que sabía que iba a estar en buenas manos. Cuando te dedicas a hacer algo como esto, no es que sientas el juicio de otros sino una presión para que cumplas por lo que se espera de ti. Además, había pasado un tiempo en Londres durante los ochenta, representando a Charles Chaplin, y había tenido una buena tutela en “lo inglés” por Lord Richard Attenborough: sentía que ya tenía una ventaja en cuanto a eso”. Ritchie, por su parte, sostiene: “El impecable acento inglés de Downey ¡es mejor que el mío!”.

La habilidad infinita de Downey y su encantadora asociación con Law es lo que sostiene la película. Hacen una pareja fenomenal; a veces parecen una pareja casada, especialmente cuando Holmes intenta arruinar el compromiso de Watson con la hermosa Mary (Kelly Reilly) por temor a que pierda su socio y amigo.

Pareciera que se han hecho muy amigos fuera de la pantalla también. A las preguntas sobre su vida amorosa, Law, sentado al lado derecho de Downey en la rueda de prensa en Londres, comentó descaradamente: “La única persona de la que estoy enamorado está sentado a mi izquierda”.

Sherlock Holmes ofrece una nueva versión de los personajes de Conan Doyle: retiene la identidad inglesa de los relatos originales, y aunque una suerte de efecto Hollywood de “la fuerza y los bolsillos estadounidenses” (una referencia de Ritche hacia Warner Brothers) ha dividido las opiniones de los críticos tanto como de los espectadores, ¿cuál es el objetivo “elemental” de una película?  Entretener. Eso es exactamente lo que hace Sherlock Holmes, y lo hace muy bien.

Por Will Caiger-Smith / Especial para El Espectador, Londres

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