“El tiempo camina hacia ti para buscarte nuevos planos de la realidad. Tu ego y tu nombre están en el juego de acabar”. Hace casi 40 años, estas frases introductorias del Libro Tibetano de los muertos, comenzaron a responder las inquietudes espirituales que entonces más se formulaba diariamente Robert Acosta: ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Es posible morir concientemente y dirigir este temido proceso sin apego a la vida? Entonces emprendió el camino del eterno aprendizaje del budismo tibetano.
En ese tiempo vivía con su familia, de padre colombiano y madre inglesa, en una casa de campo al sur de la Gran Bretaña. Su destino profesional parecía marcado hacia la administración y, como a sus contemporáneos, le angustiaba la guerra en Vietnam y apoyaba la causa de muchos americanos que llegaban huyendo de ese conflicto. Sin embargo, empezó a leer sobre el desapego, la opción de tranquilizar la mente o el desenvolvimiento de la conciencia. Y cambió para siempre el derrotero de su vida.
Hoy tiene 57 años y tres hijos también practicantes del budismo tibetano, ya pocos saben que se llama Robert Acosta y lo conocen más como el Lama Tsultrim Tarchin, y silenciosamente, desde 1981, es uno de los principales promotores de la expansión del budismo en Colombia, especialmente desde el templo que él mismo fue forjando en la parte alta del tradicional barrio Chapinero. El Centro Karma Thegsum Chöling, donde semanalmente se reune a meditar y orar con muchos amigos colombianos.
Todos los lunes, al caer de la tarde, acuden a su sencillo templo, desde médicos, odontólogos, o psicólogos hasta funcionarios de gobierno o gente del común, y sin posar de sabio ni experto, él repite tranquilamente sus enseñanzas: cómo concentrarse, respirar, disipar las emociones o aliviar la conciencia. Y con ofrendas de agua y arroz, induce a sus huéspedes a que ayuden a los seres que están sufriendo o a que quienes han hecho daño en el pasado o el presente. Un instante de perdón y de doctrina.
Siempre basado en las tres joyas de su conocimiento: la persona de Buda, las enseñanzas del Buda o el Darma, y la comunidad budista que poco a poco va consolidando, y que va y vuelve sin presiones ni sometimientos ni grados. Con la misma libertad que él eligió después de vivir tres años, tres meses y tres días en total soledad en un monasterio de Estados Unidos y luego de cumplir su sueño de conocer Lhasa, la capital del Tibet, hoy epicentro de protestas de los monjes budistas contra la ocupación china.
Sin mucho interés por la política, pero consultado sobre este dilema internacional, Robert Acosta responde: “Lo primordial es que haya diálogo y que se llegue a un acuerdo, que dejen que la gente acoja su credo sin violencia”. ¿Y el caso colombiano? El Lama Tsultrim Tarchin añade: “Los que matan, siempre creen que se salieron con la suya, pero la angustia, el delirio de persecución y el miedo que en el fondo los acompaña, demuestra que su conciencia está perturbada.
No obstante, fiel a sus enseñanzas budistas, puntualiza: “De todos modos, en la evolución de nuestras vidas, todos hemos hecho de todo y nadie está condenado. Por eso, hasta en las puertas de la muerte existe la opción de la liberación y, en cualquier momento, la alternativa de asumir el sendero de la evolución moral y ética”. Esa es su prédica de paz exterior basada en la paz interior, la guía que hoy comparte con quienes llegan a su templo con el mismo entusiasmo con que él hace 40 años leyó por primera vez el Libro de los Muertos.
En cifras
1.700 templos donde se practica el budismo existen en el Tíbet. Cercar de 460.000 monjes chinos meditan diariamente en estos lugares.
200 millones de yuanes es el presupuesto designado por el Gobierno chino para restaurar los templos en los que se practica el budismo tibetano.