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El milagro de la música

El cerebro de un músico funciona diferente al de una persona del común. Un neurocientífico y un ingeniero de sistemas investigan qué sucede cuando se toca un instrumento.

Santiago La Rotta

20 de mayo de 2009 - 05:35 p. m.
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Las luces bajaron y allá en el fondo sólo quedó iluminada la Fundación Orquesta Sinfónica de Bogotá. Primero un sonido leve, una nota mínima que camina lentamente la delgada línea que separa el silencio del sonido. Es apenas un ligero roce del arco con las cuerdas del violín, una terca nota que asciende sin parar y momentos después, con toda la orquesta detrás de ella, sigue su camino hacia una pequeña cúspide, la primera cima dentro del Adagio para cuerdas del compositor norteamericano Samuel Barber.

La obra continúa en un sube y baja que mantiene en vilo al público, como si se tratara del ritmo cardíaco de la belleza. Hacia la mitad del movimiento, un poco más de cuatro minutos después de haber comenzado, llega el clímax, el momento más alto en donde todo es agudo y la música alcanza esta vez la frontera que la separa del ruido, un instante largo en el que el oído y el cuerpo entero vibran a punto de estallar, como si en el interior mismo de los espectadores resonaran con una ordenada violencia las cuerdas de los violines que parecen detener el tiempo, la vida y todo lo demás.

Nadie miraba a nadie. El mundo entero se había reducido al escenario donde estaba el director, los músicos y el espacio intangible en el que  flotaba la música que parecía haberlo inundado todo, como si el universo girara no alrededor del Sol sino de una nota, esa nota. El público, que unos minutos antes se acomodaba en sus sillas, tosía o se paraba para ir al baño, parecía atornillado a sus puestos, sin una salida diferente a la de sufrir el hermoso castigo de las cuerdas.

El ritmo del cerebro

La música es una de las tantas cosas que la humanidad da por sentado todos los días. Sin embargo, para lograr que una filarmónica suene, y que no sólo lo haga sino que transmita una serie de emociones capaces de conmover y aturdir, en el interior del cerebro de cada músico suceden una increíble cantidad de operaciones que hacen posible que el ruido pueda ser ordenado en armonía con la marca de Mozart, Bach o cualquier otro. Édgar Puentes, ingeniero de sonido y de sistemas, además de músico, junto con el neurocientífico Roberto Amador, se dedican a estudiar los cruces entre la ciencia y el arte, a develar los mecanismos cerebrales que hacen posible la música.

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Una orquesta funciona de manera similar a como lo hace el cerebro. Dentro de la filarmónica los músicos, una representación de las neuronas, están divididos por grupos de instrumentos. Todos tienen un funcionamiento particular que se suma a un todo y éste, a su vez, es organizado e interpretado por un sistema central llamado director o, cerebralmente hablando, tálamo cortical.

“El director es el órgano de la orquesta que hace posible lo que en neurología se conoce como conjunción temporal, es decir, reúne todos los elementos que están dispersos en una unidad con un sentido que sea capaz de expresar algo”, explica el doctor Amador. Para lograr esto, el conductor de la orquesta debe partir la experiencia que el público percibe como una sola en varias: está pendiente del fraseo, de la siguiente introducción de un instrumento en particular, pero también debe sentir si la música, además de correcta, transmite el sentimiento adecuado. En su cerebro, la continuidad se disuelve y se transforma en la suma de una serie de variables: sensibilidad, tono, ritmo, timbre, memoria, entre otras.

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Es un trabajo exigente al extremo, no hay duda. “Yo he llegado a perder hasta dos kilos y medio durante una presentación. El mío es un trabajo donde debo tener en mente 15 cosas al mismo tiempo. La música es un oficio delicado, que exige una dedicación milimétrica, una entrega vestal”, dice el director de orquesta búlgaro Milen Nachev, quien fue invitado el año pasado a dirigir la Filarmónica de Bogotá durante un par de conciertos. De acuerdo con Nachev, el conductor debe establecer una conexión psicológica con sus músicos, cada uno de sus movimientos, el giro de la muñeca, su postura, la intensidad de una orden con la batuta afectan directamente la forma como la música emerge del trombón, del primer violín, del chelo.

La música, sin embargo, no sólo sucede en la cabeza, es una expresión artística que se asume con todo el cuerpo. Antes de poseer un instrumento, cuando se es niño, la música hace su primera aparición en forma de tarareo a través de la voz, el primer instrumento que tenemos. Incluso tareas básicas como caminar requieren conceptos musicales, como el ritmo, para realizarlas.

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Para un músico entrenado el instrumento es una prolongación de su corporeidad: la vibración de las cuerdas del violín debe sentirse con todo el cuerpo para lograr una interpretación con sentimiento. Esto se percibe en el momento en que la orquesta afina. Primero comienzan los metales con un tono y después cada familia de instrumentos se sintoniza en la misma frecuencia, 44 Hertzios (que es en la que en el tálamo cortical percibe la vida). En un momento, toda la orquesta se encuentra en un rango auditivo y el espectador siente cómo el mismo sonido resuena no sólo en el oído, sino también en el pecho, cómo el cuerpo entero vibra en un solo tono.

“Una obra musical es un sistema complejo porque el resultado es más grande que la suma de sus partes”, aclara Puentes. Y añade: “Un pianista de concierto, por ejemplo, debe ver la partitura y traducir los 40 o más símbolos que hay en la página a movimientos exactos de 10 dedos, con ritmo, tono y sincronización. Pero lo más importante es que haga todo esto con una emoción particular, más allá de interpretar, para hacerlo bello”. Por su parte, Amador advierte que mientras el  músico toca en su cerebro se sincronizan ambos hemisferios, se activan los campos de la memoria y hay una sincronía del cerebelo, que se traduce en funciones motoras precisas. Por eso, dice, es que el arte se considera la expresión extrema del cerebro.

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Finalmente, cuando el director baja la batuta, luego de los más de ocho minutos que dura el Adagio del cuarteto para cuerdas N° 1 de Barber, el aplauso del publico fue atronador. Mientras una cierta sensación de vacío se instalaba en sus estómagos, como si se hubiera acabado el efecto de un poderoso embrujo, una conclusión emergía de todo aquello: la música no es sólo una delicada ecuación entre silencio y sonido, es casi un milagro.

Por Santiago La Rotta

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