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El milagro de la San Pedro Claver

Un año después de la llegada de la nueva administración, se han adquirido modernos equipos y remodelado tres pisos.

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Redacción Vivir
15 de mayo de 2009 - 11:51 p. m.
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Primera impresión: la encargada del ascensor saluda; un vigilante cualquiera también. Ambos lo hacen con una cordialidad que parece verdadera, proveniente, tal vez, de una buena actitud y no como parte del cumplimiento de una labor rutinaria y monótona, como requisito de un trabajo cualquiera que se hace con el desgano de la obligación.

Segunda impresión: el suelo de la sala de urgencias de la antigua clínica San Pedro Claver, hoy Hospital Universitario Mayor, en Bogotá, no está regado con filas interminables de enfermos que se quejan, sangran y se mueren. Sin dejar de ser una sala donde se atienden los casos más delicados, las urgencias que definen en pequeños instantes la diferencia entre la vida y la muerte, ésta ala del hospital parece ahora un espacio dedicado a la medicina y no un campo de batalla lleno de cuerpos, lamentos y desgracia.

Ha pasado un año desde que una alianza corporativa, conformada por la Universidad del Rosario, Compensar y la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, asumiera el manejo de la clínica San Pedro Claver, por años el principal centro de recepción de todos los pacientes y problemas del liquidado Seguro Social, y los cambios aún siguen abriéndose paso a punta de martillo y cincel. Sin embargo, tal vez el mayor giro de la San Pedro lo constituye la atención a los enfermos, el trato digno y amable con los usuarios de la Nueva EPS (reemplazo del Seguro), que en su mayoría son los adultos mayores del país, quienes durante años cotizaron su seguridad social con esta institución.

Más allá del impresionante departamento de imágenes diagnósticas (donde algunas máquinas aún huelen a nuevo, y no por falta de uso), de la renovación total de los pisos (que se ha realizado hasta el momento en el quinto y el noveno), de la reordenación de las urgencias (que en otros tiempos, y en palabras de muchos eran la boca del infierno), lo que realmente sorprende de un lugar que era ampliamente reconocido por tener una de las peores atenciones al usuario, son los pequeños cambios, la sonrisa de la ascensorista, la diligencia de los vigilantes. La actitud y la amabilidad las han sentido pacientes como él, un enfermo anónimo, que espera en una silla de ruedas a que le practiquen un TAC. Al preguntarle, respondió con una sonrisa: “Me han tratado muy bien, señor. Ya me siento mucho mejor”. A juzgar por lo visto, San Pedro Claver esta vez pudo haber hecho el milagro de restituir el buen nombre y el servicio de uno de los referentes médicos del país y el continente.

Por Redacción Vivir

 

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