El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El notario de las plantas

Si hay un personaje que conozca con precisión los nombres y las utilidades de la flora amazónica es este hombre de 70 años.

Carolina Gutiérrez Torres

02 de noviembre de 2011 - 06:54 p. m.
PUBLICIDAD

Don Abel Rodríguez es nombrador de plantas. Ese título le dio su comunidad, la etnia nonuya, en el Medio Caquetá, Amazonas. Es nombrador y reconocedor y pintor de las plantas. De eso hace unos 25 años. Antes, simplemente dedicaba la vida a cazar, cultivar y cocinar, todo para sobrevivir él y su familia. Pero alguna vez algún biólogo le pidió que lo guiara en la selva amazónica y le ayudara a identificar algunos árboles o bejucos que le estaban sirviendo para una investigación, y él, que había sido un niño atento y curioso con las costumbres y los saberes indígenas, respondió con meticulosa exactitud a cada una de las preguntas. Ese día, podría decirse, empezó a ser oficialmente el nombrador de plantas.

El siguiente trabajo en su vida, también sin buscarlo, sería el de dibujante y pintor. La ONG Tropenbos Internacional Colombia —que apoya la generación de información para la conservación del bosque húmedo tropical— le propuso que documentara esos saberes a través de dibujos en los que ilustrara detalle a detalle las características de cada especie; así como su comportamiento con la llegada del verano y los tiempos de sequías, y luego con las lluvias y el aumento del caudal de los ríos. Lo primero que respondió don Abel fue que jamás en su vida había trazado ni una sola línea sobre un lienzo.

“No sabía cómo se hacía. Me daba miedo. La primera vez me puse a rayar, a manchar el papel, no con técnica sino como adivinando. La visión estaba en mí”, dice el señor de 70 años, sentado en el suelo de un salón de la sede de Tropenbos en el barrio La Soledad de Bogotá. Al mismo tiempo toma una carpeta enorme que hay a su lado, en la que está archivada gran parte de su obra de tantos años. La abre, con todo el cuidado, y empieza a repasar los dibujos. Uno a uno. Es tímido. Habla con la voz bajita y con toda la calma. Lleva unos buenos años viviendo en Bogotá y, por fortuna, todavía conserva ese aspecto sereno y bondadoso de su gente.

Read more!

Dice que todo lo que sabe se lo ha dado la costumbre indígena; esa que ellos, sin premeditarlo, van interiorizando desde que nacen. “Todos estos conocimientos aplican a la vida humana, aplican a la vida de la naturaleza. El que tiene buena memoria y buena disposición va entendiendo la necesidad de aprender sobre los recursos que nos da la tierra”. Dice que todo lo que sabe lo aprendió siendo niño, sentado en una maloca, escuchando atento las conversaciones de los viejos, quienes dictaban una especie de lección para que los más pequeños empezaran a entender que la naturaleza era el alimento, la medicina, la vida misma.

Por eso cuando pinta en su casa, en el barrio Bosa, al sur de Bogotá, “a un ladito de la cocina”, sólo le basta con mambear coca y quedarse unos minutos en silencio para dibujar en la mente esas imágenes de la selva que lo han acompañado desde niño. Sólo eso basta y los trazos empiezan a emerger. Sin ningún esfuerzo. Dibuja un guamo con tintas verdes y aclara que si estuviera seco tendría zonas muy oscuras, casi negras, y sus frutos secos sonarían como maracas. Dibuja una palmera llamada azaid y una más de nombre yabarí que crece a la orilla del río. Dibuja un árbol sangre de toro y una palma a la que ellos llaman bombona, “de tronco delgado pero barrigona”. Dibuja también el árbol de cacao silvestre, uno de algodón en la ribera y otro más de marañón.

Cada uno tiene delineados detalles mínimos, casi imperceptibles. Carlos Rodríguez, director de Tropenbos Internacional Colombia, quien ha acompañado a don Abel casi desde el comienzo de su vida como nombrador, habla con emoción sobre la precisión de su trabajo. “Los árboles tienen toda una ciencia en su arquitectura, y cuando Abel empezó a pintar lo primero que hizo fue trazar ese modelo arquitectónico. Fue increíble”. Y son increíbles cada uno de sus modelos que son tan reales, que tienen las justas proporciones en sus ramas y su distribución. “Y lo más asombroso —escribió alguna vez Rodríguez— es la clara caracterización que hace de las coronas o las copas de los árboles, que en la selva son muy difíciles de reconocer”.

Trabaja con tinta china. Sólo eso: tinta y un papel resistente. Sus primeros trabajos fueron bocetos de las principales especies y los hizo cuando todavía vivía en el Amazonas. Pero llegó una penosa enfermedad de su esposa y luego la guerra que se enclavó en la selva, y don Abel prefirió emigrar a Bogotá con sus cinco hijos. En la ciudad lo contactó la ONG Tropenbos, le ofreció una beca de investigación para documentar los saberes locales, para que clasificara las plantas de su región, para que especificara sus usos, y él aceptó. Hoy sobrevive dibujando.

¿Qué significa para don Abel pintar? Significa vida —en sus palabras—. Significa volver a los años en la selva, a las conversaciones con los viejos, a los árboles al pie de la maloca, al aire puro, a los remedios que sacaban de aquellas plantas, a los frutos que los alimentaban. Significa reencontrarse, en esta ciudad caótica y fría, con un pedazo de su historia.

Hay que decir también que para la academia y la investigación su trabajo ha sido fundamental. Él lo sabe.

No ad for you

Por Carolina Gutiérrez Torres

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.