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Y aquí estoy yo, tratando de entender por qué razón el editor de este libro me llamó hace unos días por teléfono para decirme:
—Quiero un texto tuyo sobre caballos. Sobre tu vida, la relación que has tenido con los caballos.
Le respondí con un sí entusiasmado porque en principio me pareció un encargo fácil de cumplir. Pero poco a poco, a medida que lo pensaba más, entendí que un pedido en apariencia tan sencillo resultaba ser algo complicado, pues aparte de mi amor incondicional por “los bichos”, como en alguna época solíamos llamarlos mis amigos jinetes y yo, y el hecho de haberlos introducido como personajes en tres novelas que escribí, no tengo mayores vínculos con el género Equus.
Ni criador ni propietario, si busco definir mi relación con los equinos no me queda más remedio que reconocer mis descarados intentos de hacerme su amigo, seduciéndolos para lograr por parte de ellos la misma estimación. Pero ojo, no se trata sencillamente de caminar hasta el medio de un potrero o de un corral pretendiendo que acudan hasta mí soltando un silbidito o chasqueando la lengua contra los dientes y el paladar, sonido que a ellos les produce extrema curiosidad, aunque no lo demuestren con efusión sino limitándose a mirarte con displicencia de oligarcas, tan indiferentes a ese estímulo como ciertas mujeres cuando calculan las intenciones y los alcances del pretendiente antes de demostrar el más mínimo interés, cosa que eventualmente ocurre.
Por tanto, a los caballos, como a cualquier otro animal domesticado, es preciso sobornarlos porque su voluminoso cerebro tiende a reaccionar con la misma lógica de un funcionario de aduanas venal, proclive al cohecho. Así que lo mejor es acercárseles bien provisto de pedazos de caña, de panela, cubos de azúcar o zanahorias frescas, según sea el caso y la condición socio-económica de cada sujeto. Eso de salir al potrero o meterse al corral a jugar el papel de persuasivo psicólogo de equinos tipo Robert Redford no ocurre sino en las películas, porque sus conexiones nerviosas funcionan de una forma infinitamente más simple y por tanto son más difíciles de persuadir que, por ejemplo, los perros, cuyas lealtades y raciocinios también están comunicados neurológicamente con algún lugar de su tracto digestivo.
No obstante, hay ocasiones en que se comportan de una forma que no tiene nada que ver con apetitos primarios sino con conductas consideradas inteligentes o, más específicamente, humanas.
Regla de oro... después de afianzarse sobre la silla, previas las caricias iniciales y la palabras suaves, lo primero que debe hacerse es masajear con los nudillos de las manos la cruz, el cogote, ese punto que marca el límite entre cuello y lomo y donde nace la crin. No recuerdo quién me lo enseñó a mí, pero puedo dar fe de que tal clase de contacto genera en el caballo un alto grado de confianza. Puede ser que al cabo de un rato algún sobresalto o error del jinete lo haga perderla, pero un recorderis de nudillos dado a tiempo bastará para conjurar el malentendido.
Lo de los dos hemisferios es importante tenerlo claro, sobre todo cuando uno se hace amigo de alguno de ellos y se convierte en su jinete esporádico. Si te recuerda con el lado izquierdo y un día te acercas por el derecho, o si, de pie frente a su carota, sueles darle palmaditas amistosas con la mano derecha y decides cambiar a la izquierda, o si en determinado camino boscoso siempre pasas bajo el mismo árbol inclinándote hacia uno de los dos lados y de repente decides hacerlo hacia el otro, eso puede bastar para desestabilizarlo emocionalmente, para desconcertarlo igual que a un niño pequeño cuando se le cambian las rutinas y los ritmos.
Es mucho más cómodo relacionarse con aquellos táparos que, dadas sus escasas posibilidades de ascender hasta la cúspide de la pirámide competitiva, son personajes no obligados a guardar las formas y por tanto se convierten en los mejores compinches a la hora de emprender una cabalgata recreativa, de esas que resultan convenientes para el espíritu de caballo y jinete. Experiencias que pueden incluir una pausa durante la cual el primero ramonea las hojas de una apetitosa yerba silvestre mientras el segundo echa un vistazo al paisaje e intenta olvidar que, una vez desmonte y ponga los pies sobre la tierra, la condición contemporánea acabará en dos segundos con su ensoñación ecuestre.