El porno, según Esperanza Gómez

En un país tan mojigato como este, la reina colombiana del cine para adultos revela qué hay detrás de esta industria, defiende la profesión y habla del amor y la fidelidad.

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Juan Pablo Castiblanco Ricaurte, Antonio Alarcón
02 de marzo de 2014 - 02:00 a. m.
/ Fotografía: Comes Cake @comescake / Producción: Oh Margot! @_ohmargot
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Si bien es cierto que afuera personajes como Juanes, Shakira, Falcao o hasta el mismo presidente Santos son sinónimo de Colombia, una mujer caldense también saca pecho, literalmente, por nuestro país. En voz baja y con algo de pena muchos han tenido que aceptar la realidad de que su nombre sea, hoy por hoy, uno de los más buscados en internet. En el portal Orgasmatrix, durante 2013, el primer puesto lo ocupó la estadounidense Lisa Ann; algo así como la Meryl Streep-Lionel Messi del porno. El segundo, para sorpresa de muchos, es de la colombiana Esperanza Gómez. 

Un país que aún está debatiendo las libertades y los derechos de las parejas del mismo sexo, que es machista, doble moralista, solapado, morrongo y reprimido sexualmente, tiene como embajadora a una actriz porno. Y no estamos hablando de una mujer que hace “desnudos artísticos” o que es protagonista de esos filmes soft porn que presentan en canales de cable pasada la medianoche; hablamos de pornografía hardcore, con sexo real ante la cámara, que incluye a tres o más personas en escena, que muestra posiciones explícitas, primeros planos de genitales, hombres que avergonzarían al Tino Asprilla y mujeres que no bajan de copa C de brasier.

Cada vez que Esperanza Gómez aparece en medios pone en posición incómoda a los padres, que no saben cómo explicarles a sus hijos qué es pornografía, sexo oral y penetración. Una paradoja más para este país de paradojas. Y en medio de este panorama, en esta Colombia donde se asumen los problemas sexuales con tanta torpeza e ignorancia, en donde somos capaces de proponer un vagón de Transmilenio exclusivo para mujeres, en vez de castigar y educar a los abusadores, una mujer como Esperanza Gómez habla sin tapujos ni prejuicios de lo que mejor sabe: el sexo.

Coincidiendo con el estreno de Ninfomanía, la película dirigida por el brillante director danés Lars von Trier, cuyas escenas eróticas y sexuales han sacudido y puesto en alerta a moralistas, el portal Shock.co quiso abordar desde otra perspectiva a un personaje que despierta morbo y curiosidad. El objetivo: comprender cómo se teje una industria que además de complacer fantasías, ha construido un modelo del sexo y de la mujer.

¿Por qué aceptó la propuesta de aparecer en Shock?

Mostrar tu parte más íntima, tu cuerpo desnudo, no es fácil, pero a mí me nace del alma. Cuando sientes esa pasión por lo que haces hay entrega total. Yo me meto en mi cuento y me desinhibo. En cambio en esto del contacto con los medios me siento más cohibida, no estoy familiarizada. Siempre les he tenido un poco de miedo a los periodistas.

¿Cómo logró deshinibirse y hacer sus primeras escenas?

Es muy duro porque inmediatamente entras a tener una escena sexual, las posiciones son explícitas y, además, tienes que abrir tus piernas porque la cámara está pegada a tu cuerpo, entonces sientes como si te arrebataran la intimidad.

¿Hay diferencia entre la Esperanza Gómez fuera de cámaras y la que la gente encuentra en internet?

Es la misma. Nunca quise utilizar un seudónimo porque la Esperanza que iba a llegar a la industria era la Esperanza real. La única parte donde “actúo” es en la introducción. Yo disfruto mis escenas, no sería capaz de fingirlas. De hecho, considero que no soy una buena actriz.

¿Cuál es la diferencia entre trabajar para marcas como Playboy o Venus y para productoras independientes?

Playboy y Venus son compañías grandes que exigen demasiado. Playboy es muy soft, Venus es más porno y permisiva en cuanto a posiciones. Cuando fui Chica Playboy, por ejemplo, en ninguna foto me permitían tener las piernas abiertas. Es curioso que una revista de sexo se limite en esa parte. A pesar de todo, y aunque la gente no lo crea, dentro de la industria también existe la moral.

¿Qué no haría jamás dentro de esta industria?

Sadomasoquismo. Me parece la peor forma de maltrato, así haya gente que lo disfrute.

¿Alguna vez se imaginó ser actriz porno?

En mi casa crecí con la idea de que el sexo era pecado, de que el desnudo era vulgar, que uno jamás podía exponerse totalmente frente a la pareja o hacer ciertas posiciones. Pero las veía en las revistas, trataba de encontrarles la parte negativa, y no la hallaba. Lo que veía era arte y me parecía lindo. Descubrí que el cuerpo humano desnudo era perfecto y hermoso.

¿Por qué cree que la gente ve porno?

En el fondo somos morbosos y muchos no tenemos esas fantasías en la casa, entonces queremos vivirlas a través de alguien más.

¿A las personas les da pena aceptar que lo ven?

Sí, pero no es sólo pena. Es más bien una cuestión moral. Es el tabú que debe estar en la estructura normal de la sociedad, y si te sales un poco no sólo recibes el rechazo familiar, sino el laboral y social, que es el que más tratas de proteger.

¿El porno construye una imagen de la mujer sometida o humillada?

Hay compañías que son especialistas en ese tipo de contenido porque todo el mundo tiene fetiches diferentes. Hay productores que tienen como público el típico hombre al que le encanta ver a la mujer sometida y maltratada.

¿Qué tan difícil es hacer que la gente entienda que no es prostituta sino una actriz?

Es muy difícil que alguien que no te conoce entienda que el porno no es prostitución necesariamente. Digo “necesariamente” porque hay actrices que también son prepago.

¿Para usted qué es la fidelidad?

Todas las personas somos infieles, lo queramos o no. La infidelidad empieza desde el pensamiento. Por eso manejo una relación muy abierta con mi pareja en la cual nos contamos todo. Puede tener relaciones sexuales con otra persona, pero me tiene que contar.

¿Y el amor?

El amor es una entrega completa, es compromiso, honestidad, algo muy delicado que hay que cultivar. No es fácil.

Vea la entrevista completa en www.shock.co

@KidCasti
@elroleins

Por Juan Pablo Castiblanco Ricaurte, Antonio Alarcón

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