17 Dec 2011 - 3:02 a. m.

El rastro de los edictos

Juan Guillermo Cano Busquets hizo su propio homenaje a su padre a través del libro ‘Cómplices atajos’, sobre la desaparición forzada.

El Espectador

Hace 25 años, al momento de escribir su última ‘Libreta de Apuntes’, que se publicó de manera póstuma, Guillermo Cano decidió transcribir una carta recibida por una residente del barrio Kennedy, en Bogotá, en la que le relataba la desaparición de su padre. Esa preocupación de Guillermo Cano, que según él mismo lo puso a llorar en plena Navidad, fue la motivación de su hijo Juan Guillermo Cano para hacerse presente hoy con la presentación de su libro Cómplices atajos, en el que recobra el rastro de los desaparecidos en Colombia.

“Como si fuera hoy, recuerdo la conmoción que le causó la carta de Nohelia Tovar, y evoco su pregunta el día que leyó la misiva: ¿sabes en qué andan las investigaciones sobre los desaparecidos en Colombia? De forma coincidencial, ese día yo había almorzado con unos amigos, entre ellos un magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, y él me había dicho que comentara en el periódico que estaban por salir resultados sobre las investigaciones por los desaparecidos en Colombia. Eso mismo le dije a mi padre”, comenta Juan Guillermo Cano.

El informe nunca aclaró el panorama de los desaparecidos y a los pocos días Guillermo Cano fue asesinado; pero con el correr de los años a su hijo le siguió rondando la misma inquietud, reforzada por la añoranza de un sorpresivo abrazo que le dio después de su conversación sobre la carta de Nohelia Tovar. Y pensando en ese hilo suelto de su historia personal y profesional, de cara a los 25 años del asesinato del director de El Espectador, Juan Guillermo Cano decidió que era necesario rendirle su propio homenaje con su obra.

Cómplices atajos es un ensayo que empezó con otra de las prácticas que le enseñó su padre: revisar los edictos de los periódicos. En ellos fue encontrando personas condenadas que solicitaban perdón a la sociedad y a las familias de sus víctimas, por homicidios cometidos. Primero eran unos pocos, pero de un momento a otro empezaron a proliferar, más que agradecimientos al Espíritu Santo. Eran edictos de perdones de procesos emanados de Justicia y Paz. “En esa sucesión de edictos encontré la ruta de mi investigación”, aclara Cano.

Después fueron los edictos de los juzgados de familia, muchos movidos por la necesidad de un fallo para declarar a un familiar desaparecido y atender obligaciones económicas o resolver procesos de sucesión. Una tragedia en desarrollo, agravada por la imaginación de muertos sometidos a la inexistencia física. “Así fui examinando más de 300 ediciones dominicales de El Espectador, El Nuevo Siglo, El País de Cali o El Tiempo, para llegar a 4.680 casos en los que la conclusión es la incertidumbre de la muerte”.

Esa fue la espina dorsal del ensayo. La última columna de Guillermo Cano en diciembre de 1986, un relato que va contando las tragedias de las familias en busca de sus desaparecidos y los edictos como la pista de una investigación inconclusa que muestra a mujeres que no saben si son viudas e hijos urgidos por necesidades económicas con padres que nunca volvieron, el sino de la desaparición forzada, que en los últimos tiempos también se asocia a una práctica denigrante: los falsos positivos sin suficiente aclaración judicial.

Por esa razón, el prólogo del libro está escrito por el periodista Felipe Zuleta Lleras, quien hoy viene trabajando a fondo en el caso de los falsos positivos de Soacha. Un contexto que explica cómo, 25 años después, la tragedia de Nohelia Tovar, quien vio a unos uniformados llevarse a su padre, Saúl, cuando vivían en el municipio de La Palma (Cundinamarca), se sigue reproduciendo en decenas de casos. Esa carta de ayer motivó un interrogante de Guillermo Cano. La respuesta llega ahora con el trabajo de su hijo.

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