La primera vez que me encontré con Usaín Bolt fue en el verano pasado en París, durante la reunión atlética de la Liga de Oro, en la que se impuso con facilidad, pero no logró mejorar su marca en los 100 metros planos, que era de 9,69 segundos. Claro que para él eso no era importante. Tiene suficiente dinero. Lo que contaba era ponerse a punto para los Mundiales de Atletismo en Berlín, un mes después.
Lo busqué para una entrevista y hablamos de autos, mujeres y de las cervezas alemanas. Tiene 23 años, pero habla con la frescura de un experimentado atleta de 35 al que nada impresiona. Y eso que se volvió así de popular apenas en los Olímpicos de Pekín 2008. Le anticipé, obviamente, que le preguntaría por su manera de ser, por Jamaica, el dopaje y su máximo rival, Tyson Gay.
Otros tal vez se pondrían nerviosos con esos temas, pero Bolt los asumió con una sonrisa. Miraba relajado a la cámara e incluso la buscaba. Estuvo calmado, amable y paciente. Al final ni siquiera le toqué el tema del doping, tampoco el de Gay. Me dijo que admira la belleza teutona y, en su opinión, las autopistas europeas son excelentes.
¿Sus metas?, correr los 100 metros en 9,5 segundos, manejar un Ferrari y convertirse en leyenda, logros que consiguió apenas un mes después en Berlín, en donde detuvo los tiempos en 9,58. El cronómetro electrónico del estadio Olímpico lo decía todo: récord mundial, Bolt ya era el hombre hecho mito.
Lo hizo nuevamente. Relajado, sin técnica y sin darlo todo. “Si hubiera empleado la técnica correcta, habría hecho 9,4”, dice Maurice Greene, el campeón olímpico de Sydney 2000. Pero Usaín nunca perdió su tranquilidad y frescura, disfrutó la fantástica atmósfera del estadio de la capital alemana, que se llenó cada vez que él corrió. Más de 64 mil aficionados fueron únicamente para verlo a él.
Vieron cada uno de sus gestos, cada uno de sus movimientos, gracias a las impresionantes pantallas gigantes del escenario. Vieron sus muecas antes de la carrera, probablemente para hacer reír y desconcentrar a sus rivales, aunque él dice que esa no es su intención. Y quienes lo conocen saben que no es arrogante. En la noche, luego de sus victorias en Berlín, pues además ganó el oro en la posta 4x100 y en los 200 metros —con otro registro mundial—, volvió a ser un joven común y corriente. Entró a un McDonalds y se compró unos McNuggets, caminó por los pasillos del hotel, se fue a celebrar a una discoteca y regresó a dormir.
Al otro día hizo realidad su último sueño. Uno de sus asistentes conocía a un vendedor de autos y se lo contactó. Bolt condujo un Ferrari en Avus, una vieja pista cerca de la ciudad, en la que tenía permitido manejar sólo a 80 kilómetros por hora, pero eso no le importó. Finalmente encontró algo más rápido que él.
Y aunque es una superestrella, no se siente como tal. Disfruta como un niño hasta el más mínimo detalle de cariño de la gente. Firma con paciencia todos los autógrafos que le piden, así no sea en una sesión de firmas o fotos preestablecida. Responde pacientemente todos los interrogantes y hasta saca tiempo para enseñarle a Sanya Richards, la campeona mundial de los 400 metros, el baile con el que celebra cada triunfo.
¿Hacia dónde va? Nadie lo sabe. ¿Dará positivo algún día como mucha gente lo imagina? ¿Son limpias sus victorias? Una cosa es absolutamente clara: nada ha cambiado su impresionante personalidad y su agradable manera de ser. Bolt es único. Tal vez incomparable.
* Periodista alemán.