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Juan Manuel Echavarría nació en Medellín en 1947. Fue escritor antes de convertirse en artista. Publicó dos novelas, La gran catarata, en 1981, y Moros en la costa, diez años después. En ellas hizo visibles su fascinación por la historia y su interés por mirarla desde diferentes puntos de vista, enfrentándose, especialmente, a la manera como varias culturas extranjeras se han aproximado al mito de los conquistadores. Sin embargo, confesó sentirse ahogado en el mundo de las letras y desde 1995 se ha dedicado al arte visual: la fotografía y el video le han servido, durante los últimos quince años, para representar la violencia en Colombia.
Corte de florero (1997): fotografías de huesos humanos convertidos en flores, deshumanizados, que recuerdan la práctica brutal de la mutilación. Bocas de ceniza (2003): video que muestra a sobrevivientes de Bojayá y otras masacres cantando canciones —compuestas por ellos mismos— sobre los sucesos terribles. Son tanto testigos como víctimas. Silencios (2010): serie fotográfica que retrata las escuelas de más de 60 veredas y poblaciones, la mayoría en los Montes de María, abandonadas tras el destierro de su población por parte del grupo paramilitar Héroes de los Montes de María. Esas son algunas de sus obras. Todas recogen los rastros de la violencia, sus consecuencias, y se oponen al olvido y a la invisibilidad.
Echavarría visitó por primera vez Puerto Berrío en 2006, después de haber leído un artículo sobre las tumbas milagrosas de los N.N. en ese municipio. N.N. (2005) es también una de sus muestras, aquella que incluye fotografías de maniquíes deformados y desechados en una fábrica de textiles abandonada, como símbolo de los anónimos cuerpos masacrados, víctimas de la violencia, que terminan en fosas comunes.
Esa visita, y otras más, fueron la fuente de su obra entre 2006 y 2013. Primero fue la serie Réquiem N.N., las fotografías de las losas adornadas de Puerto Berrío que, como hologramas, muestran una u otra imagen dependiendo de la posición del espectador en el espacio. Las tumbas cambian, venciendo el estatismo de la muerte, o el de la “doble muerte”, que es aquella que se ahoga en el río y lucha el doble contra el olvido.
Luego vino el documental que lleva el mismo nombre y toma prestadas fotografías de la muestra. Por eso el video está construido, sobre todo, de imágenes y silencios. Allí irrumpen los fragmentos de discurso, los testimonios, y el ruido del agua del río que corre, del río que se lleva a los muertos.
Puerto Berrío está situado a orillas del río Magdalena. Durante más de 30 años sus habitantes han rescatado cuerpos o pedazos de cuerpos de las víctimas de la violencia, arrojados al río para su desaparición. Esos cadáveres sin identificación aún no tendrían un nombre si no fuese porque, durante décadas, los habitantes de Puerto Berrío los han adoptado, rebautizándolos, decorando sus tumbas y llevándoles agua, regalos y flores. Según la creencia, las ánimas recompensan a los vivos.
“Para Medicina Legal es un problema porque tenemos tantos N.N… Y tiempo después aparecen las familias, van al cementerio, y ¿dónde están pues? Tendría que existir un control. Por ejemplo, que la persona encargada del cementerio no permita que una losa marcada como N.N., que tenga un código del instituto legal, sea pintada y bautizada”, dice Juan Carlos Rivera, médico forense, en el documental. A pesar de esa problemática, a través del ritual colectivo la comunidad de Puerto Berrío no permite que las víctimas de los perpetradores de la violencia desaparezcan; no saben quiénes son, pero las vuelven suyas, sus muertos. Con Réquiem N.N., Echavarría muestra, exhibe y revela cómo esa costumbre reconstruye un tejido social desgarrado por la violencia.