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El yoga y la terapia del no consumo

En Hogares Claret estas prácticas sonutilizadas para la rehabilitación de niños y jóvenes consumidores de sustancias psicoactivas.

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Carolina Gutiérrez Torres
22 de junio de 2011 - 10:44 p. m.
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Todos los muchachos que están sentados en el suelo de este salón son menores de edad. Todos fueron consumidores de sustancias psicoactivas y terminaron aquí, en el Hogar Semillas de Vida de la Fundación Hogares Claret (Sasaima, Cundinamarca). Visten sudadera azul y camiseta blanca. Esperan en silencio las instrucciones del profesor Octavio Gómez para empezar la rutina de yoga y meditación que, religiosamente, repiten dos veces al día.

Se ponen de pie, unen las manos. “¿Alguno quiere decir el Decreto de la Luz en voz alta mientras los otros lo seguimos?”, pregunta el maestro y responde “sí” Jesús María, con su acento barranquillero, con sus 17 años que parecen 50 por lo vivido. “Yo soy luz, yo soy luz, yo soy la luz que se irradia”, dice y sus compañeros repiten palabra por palabra.

En Hogares Claret —que funcionan en convenio con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF)— la meditación trascendental es una terapia para transformar vidas. “Es una técnica muy simple, natural, espontánea. Cualquiera que puede pensar puede meditar”, había dicho el profesor Gómez antes de empezar la rutina. Había explicado, también, que es un descanso profundo para el cuerpo; que es un ejercicio que busca generar pensamientos claros y acciones más poderosas. Cuando decía cada palabra los muchachos asentían. Asentía Jesús María, el de pelo rubio, alto, apuesto, que conoció las drogas en un estadio de fútbol.

Cuando yo tenía 7 años mi mamá se desapareció de la casa. Luego nos enteramos de que se había venido para Bogotá. Mi papá nos maltrataba y ella no se aguantó más. Empecé a consumir a los 9 años en Barranquilla, en el estadio. Y ahí me quedé. El 22 de julio de 2008 me atropelló una volqueta muy fuerte. Nadie de mi familia se quiso hacer cargo de mí porque ya llevaba muchos años por fuera de la casa, consumiendo. En el hospital, en cambio, sí me tendieron la mano. Llamaron a la prensa, me tomaron fotos y salí hasta en El Heraldo. Por los periódicos mi mamá se dio cuenta de lo que me estaba pasando y mandó a buscarme. Me reencontré con ella, estuve un mes estudiando pero… caí otra vez. En Bogotá conocí el bazuco, y el bazuco me llevó a la calle, otra vez, y me llevó a robar. Dormía en un cambuche, debajo de un puente. (Jesús María).

La clase continúa con los ejercicios de yoga. El profesor, Gómez, que viste todo de blanco, que también pasó por este programa de rehabilitación, da las instrucciones. Todos lo imitan con total perfección. Posición montaña. Ocho miembros. Cobra. Montaña. Manos arriba y atrás. Posición inicial. Manos al piso. Montaña. Luego viene el saludo al sol. “¿Alguien quiere decir la oración de agradecimiento?”, ofrece Gómez y esta vez es Nicolás Valencia, 17 años, el que dice “yo”.

Mis papás eran consumidores. Vivían en el barrio Bachué (Bogotá). También comercializaban con drogas. Será por eso que los mataron cuando yo tenía un año. Quedé en el limbo, con mis abuelos, y una hermana mayor. A ella la mandaron para Bucaramanga, para que se criara con unos tíos que tenían plata, y yo crecí con ellos pensando que eran mis papás. A los 12 años empecé a consumir. Un ‘man’ de la calle, que era conocido de la familia, me invitó a probar el perico. Y así seguí consumiendo y consumiendo. Robaba. Les robaba a mis abuelos que tenían una empresa de publicidad. Llegué a llevarme hasta $5 millones. Para la abuela era muy duro. (Nicolás Valencia)

En el salón todo es silencio. El calor se empieza a hacer insoportable. Todos están sobre colchonetas en el suelo, siempre con la mirada puesta en el profesor Gómez que explica, esta vez, unos ejercicios de masajes. Primero en la coronilla. Ahora los lóbulos de las orejas. La parte alta del cuello. El pecho. El corazón. Ordena “todos en posición de conocimiento”. Los muchachos se acuestan mirando hacia el techo. Para llegar hasta este punto, en el que están Jesús María y Nicolás y otros veinte muchachos, han debido pasar por una preparación que comienza desde el mismo momento en el que ingresan a la casa.

“Aquí llegan muchachos entre los 7 y 18 años por consumo de sustancias psicoactivas, que han sido remitidos por un defensor de familia. Jóvenes de escasos recursos, que tienen un recorrido en la calle, que habitualmente acompañan su comportamiento con actividades delincuenciales”, explica la directora de este hogar, Marisol Orozco. La meditación trascendental es uno de los pilares inmersos en todo el tratamiento, pero para llegar hasta allí el joven o el niño debe someterse a un proceso de desintoxicación, certificar que no está tomando medicamentos psiquiátricos, y realizar un curso de preparación. Hay algunos que dicen “no” desde el principio y se mantienen en su negativa durante todo el proceso. Hay otros, que en cambio, convierten a la meditación, al yoga, en el sustento de su rehabilitación.

“Con estos ejercicios buscamos que los muchachos trasciendan: a las dificultades con las que llegan a esta casa, a los problemas que cargan de su pasado”, dice la directora. Y dice también Mario Montoya, director terapéutico de la regional Bogotá Hogares Claret, que con el yoga y la meditación logran bajar las ansias de los recién llegados, los niveles de agresividad. Ambos coinciden en que esta práctica se convierte en un factor de protección para los jóvenes cuando abandonan el centro de rehabilitación. “Es una manera que busca prepararlos para la vida, que busca enseñarles que es necesario poner a la mente y al cuerpo a descansar para enfrentar las situaciones difíciles”.

El 17 de junio del año pasado me iban a matar. Ya me había metido hasta el fondo. Estaba con gente muy peligrosa. Me hicieron cinco disparos y ninguno atinó. Ahí conocí a Dios. Pensé en todas las que me he salvado: una vez me pusieron una pistola en la cabeza y no me mataron, el accidente con la volqueta en Barranquilla, y ahora los cinco disparos. Pensé que Dios tenía muchos planes conmigo. Hasta me volví a acordar de mi nombre, “Jesús María”, ya se me estaba olvidando hasta cómo me llamaba. Ese día fui hasta la Cruz Roja y dije, “por favor, ayúdenme”. Llegué acá. ¿Qué he logrado con el yoga y la meditación? Los ejercicios me han ayudado a agudizar mi destreza, a comprometerme con los deberes, a trascender los contratiempos, a vivir la vida con sobriedad. Tengo el compromiso de salvar mi vida, y de devolverles a los demás lo que les robé, de devolverle a mi familia la esperanza. (Jesús María).

La segunda parte de la clase es la meditación. Cada uno de los muchachos se sienta en una silla azul, bajita, especial para el momento. Cierra los ojos y empieza a repetir su mantra, el mismo que el profesor ha elegido para cada uno de ellos. En un rincón está Nicolás, con un escapulario colgando de su cuello.

Yo ya había estado aquí antes durante nueve meses. Pero tomé una mala decisión y abandoné la casa. En ese momento estaba aquí por hacer sentir bien a mis abuelos, me daba lo mismo si me beneficiaba a mí o no. Volví a la calle. Ahora sí lo estoy haciendo a conciencia. Ahora que le he metido más empeño estoy descubriendo algunas cosas. La meditación y el yoga me han dado más dominio de mi cuerpo, más capacidad de racionar. Soy más creativo, los trazos me salen mejor y hasta combino mejor los colores. Lo más importante para mí ha sido ver a mi abuela tranquila, sin las ojeras y el cansancio de antes. Eso me motiva. Aquí soy feliz. (Nicolás Valencia)

Por Carolina Gutiérrez Torres

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