19 Dec 2011 - 9:59 p. m.

Elogio a Bogotá

En respuesta a la columna de despedida de Carolina Sanín, un bloguero bogotano cuenta lo que ama de su ciudad.

El Espectador

Esta mañana cuando abrí El Espectador pasé directo a las columnas de opinión. Me encantó la de Héctor Abad (como siempre), la de Alejandro Gaviria estuvo decente, detesté la de Humberto de la Calle y escasamente pasé por el lead de Carolina Sanín. Ese mensaje de odio a Bogotá me hizo darle le vuelta a la página.

Por la tarde, después de ver como las nubes se apoderaban del cielo de nuestra capital, me senté frente a mi computador y la gente estaba hablando de dos temas en Twitter: el partido Junior-Caldas y la renuncia de Carolina Sanín a El Espectador. Me picó la curiosidad y entré a la página del periódico a ver qué era lo que me había perdido.

Entonces me encontré con un texto triste de una niña burguesa que decide no querer a la ciudad donde vive porque no tiene aguas corriendo y es demasiado tercermundista. Pobre Carolina, no debe conocer bien a Bogotá. Despotricó de las clases medias, de los obreros, de los intelectuales y los superficiales, todos desde arriba y con desdén, como miran muchas veces los habitantes de Rosales a Bogotá.

Resulta que a mí sí me gusta Bogotá. Mejor, me encanta. Esta ciudad me parece maravillosa, me encanta caminar por sus calles, ver a su gente, sofocarme en Transmilenio y que un fugaz cantante de rap se suba al bus a predicar la palabra de Dios o a improvisar unos versos para nosotros.

En orden, Carolina, te voy a refutar y después te voy a contar por qué esta ciudad es, a mi modo de ver, un ensueño. Primero, Bogotá sí tiene agua, mucha agua, algunas están en mejores condiciones que otras, pero para nombrarte de oriente a occidente atraviesan la ciudad los ríos Contador, Córdoba, Callejas, Molinos, Arzobispo, Salitre, San Francisco, Fucha y Tunjuelito. De los casi mil humedales que comprendían el Lago de Humbolt hoy existen, en espacio público, el Juan Amarillo (o Tibabuyes), el del Parque Simón Bolívar, el del Parque de los Novios, el Córdoba, el Lago Timiza, el Capellanía, el Burro, el Jaboque, Santa María del Lago, Guaymaral, La conejera, La vaca y Techo. Otros privados acceden al del Carmel, del Rancho, del Country, entre otros. Acepto, Bogotá casi no tiene fuentes, escasamente recuerdo La Rebeca, El mono de la pila, el Chorro de Quevedo y algunas en quintas de La Candelaria.

Difiero contigo en que Bogotá huele al tubo de escape en un bus, a mí me huele a pollo asado. Sí, es un olor igual de desagradable pero en Bogotá en cualquier lugar y en todos los estratos hay venta de pollo asado. Siempre he creído que la colombianidad se define en dos cosas: comer pollo y odiar a las FARC. A los vendedores de los buses los puedes ignorar como hacemos muchos cuando estamos cansados o no queremos saber de sus productos, son unas 5.000 personas que buscan una forma alternativa de vida, a mí me gustaría que no existieran pero en medio de un trancón a veces un maní salado hace la diferencia entre tener paciencia o pedir por "en el culo resistencia".

A los taxistas todos los odiamos y los amamos un poco. Yo he tenido dos malas experiencias en un taxi, ambas relatadas en este blog, y he sacado dos buenas historias para artículos de prensa de los conductores del carrito amarillo. De las chivas rumberas no hay mucho que decir, la gente que se monta en ellas sabe que hará el oso, los que las vemos pasar nos morimos de la risa, son un atractivo exótico de esta capital.

El centro de Bogotá es bellísimo, combina con gracia un país que no supo qué hacer después de que unas protestas políticas arrasaron a la capital. Está llenó de iglesias pobres, con un esplendor incipiente y nunca comparable con el de Lima o Quito, tiene unas callejuelas llenas de historias, de fantasmas, de hombres y mujeres enruanados; las oficinas del gobierno todas apiñuscadas en un espacio limitadísimo para hacer frente a los ataques terroristas y la amenaza insurgente. Lo mejor del centro tal vez son los rincones del Caribe y el Pacífico que le recuerdan a uno que aunque esta ciudad está tan lejos del mar su gente siente la cadencia de las olas y el salitre en su piel.

El centro expandido es aún más increíble, con los antiguos edificios de la Calle 19, el reluciente Tequendama que todavía le recuerda a la ciudad que los cincuenta fueron mejores, las casas judías de Armenia y Santa Fe, las casas Túdor y Victorianas de La Merced, la máxima expresión del Art Decó en Teusaquillo, los árboles del Park Way, la vista del Archivo Distrital y lo lúgubre del Voto Nacional. A las mujeres que les dices del norte te las puedes encontrar en todas partes, una prima brasilera decía que en Bogotá todas las mujeres se visten igual: bota negra o café, jean, camisa de tiras blancas y buso azul oscuro o negro, pelo perfectamente liso, gafas oscuras y bolso gigante. Es verdad, esa ha sido una costumbre bogotana, las mujeres de clase media y alta, y en algún tiempo los hombres también, solían vestir de una forma única, rastrea la moda bogotana de los últimos 200 años, es impresionante lo que uno encuentra.

Cuando hablas de los polvorientos barrios de trabajadores me imagino que te refieres al sur de Bogotá, un genérico que nos hemos acostumbrado a usar como si el occidente no fuera también hogar de millones de obreros y sus familias. Te cuento Carolina que el sur es polvoriento por naturaleza, en Bogotá, a diferencia de casi todo el mundo, los ricos y los intelectuales se asientan donde más llueve, si revisas los índices de pluviosidad de Bogotá descubres que Rosales y Chapinero Alto tienen el doble de lluvia que Ciudad Bolívar y sólo las universidades Nacional, Externado, Andes y América reciben más gotas que donde viven los ricos.

De la perica y los intelectuales no puedo decir mucho, nunca he pertenecido a un grupo de drogadictos, excepto por el ocasional porro y una aventura de trip. Estamos de acuerdo, los diminutivos son desesperantes, eso es parte de ser cundiboyacenses, pero prefiero las terminaciones chiquitas que el robo de la ese o la pronunciación germanizada.

Creo que en lo que más difiero contigo es en el término de la burguesía, porque la burguesía era una clase industrial, trabajadora, preocupada por la revolución que acabara con los privilegios de unos pocos (de repente uno podría decir que en esa búsqueda se extraviaron) y sobre todo comprometida con el liberalismo. La Universidad de Los Andes dice que estudiaste filosofía y letras y que has escrito, has estudiado la Edad de Oro y has dictado clase. En tu columna no pareces muy liberal, más bien algo cercana a un anarquismo que lo desecha todo, no pareces particularmente industrial ni mucho menos comprometida con quitarle a unos para quedarte tú con lo que ellos tenían. No eres muy burguesa que digamos

La gente en Bogotá dice que la carrera 7 es la vía por excelencia de Bogotá. Yo creo que no, por eso te invito Carolina a que caminemos por la carrera 13, mi favorita. Esa que nació por la iniciativa del Virrey Antonio Amar y Borbón, una perfecta línea recta entre la Iglesia de San Diego y el Puente del Común. Empezamos donde quieras, propongo que sea el humedal Guaymaral, que nos de ataque de risa la gente emperifollada que entra a los clubes del norte, que veamos los niños dormidos en un trayecto infame antes y después de ir a estudiar, que andemos la amplitud de la Autopista Norte y de vez en cuando reconozcamos una casa al estilo de Le Corbusier o de Rother, que veamos edificios gigantes con escaleras eléctricas en su fachada y en el zaguán de entrada una señora con un coche de niños vendiendo cigarrillos y minutos.

Vas a descubrir varios ríos, uno que otro parque, cientos de bustos, una plazoleta de venta de flores, verás al tercer mundo compartir su casa con el primero, a los maricas darse besos mientras las piadosas entran a misa en Lourdes, a los gamines y las putas de la 57, la bella fachada de Marly (y te voy a contar por qué se pronuncia marlí y no marli). Vas a quedar con la cara tiznada del hollín, vas a oler a pollo y sudor. Cuando lleguemos a la Torre Colpatria discutimos si vivir en esta ciudad nos hace bien porque estamos al borde del barranco y en el piso de las escaleras eléctricas. Si nos sobra el oxígeno te trataré de convencer que Bogotá no es tan mala.

Si finalmente no te puedo convencer, entonces vete a la provincia confesional y goda. Usa una campesina de mucama, reza al pie del campanario de una iglesia, llena de amebas tu estómago tomando agua insalubre, escucha como un salvaje maltrata a su mujer y a sus hijas por ser mujeres. Después de eso, también podemos charlar. 

Por: Rodrigo Sandoval Araújo - @Elbayabuyiba

Temas relacionados

Bogotá
Comparte: