11 Mar 2009 - 11:00 a. m.

Expedición al corazón del Magdalena

Travesía en la que un grupo de jóvenes remó para cruzar el río más largo de Colombia.

Diego Alejandro Alarcón R

Días antes de emprender la expedición, como si el desafío de navegar a remo la totalidad del río Magdalena no fuera suficiente, los 20 jóvenes que asumirían el reto debieron superar una prueba casi igual de complicada: el llamado Protocolo de seguridad, una charla con sus padres en la que, con la frialdad del asunto, resolverían qué hacer en caso de que fueran secuestrados. ¿Pagar por el rescate?, ¿hasta dónde ceder?, ¿denunciarlo a las autoridades?

En ese momento, con toda la logística dispuesta, los patrocinios adquiridos y el itinerario fijado, e incluso con la garantía de una cuadrilla de escoltas de la Armada Nacional, quizá más de un padre de familia pensó que la idea que se había fraguado en la cabeza de Miguel Torres, el director de la travesía, no era tan encantadora como la había dibujado.

Sí, podrían tener la satisfacción de cruzar con la fuerza de sus brazos la arteria más importante de Colombia, serían testigos de paisajes envidiables y recorrerían los pueblos de la ciénaga llevando un mensaje de cuidado al medio ambiente, pero ¿a qué precio? Se estaban arriesgando de pronto a nunca volver a ver a sus hijos. Del otro lado estaban ellos, resueltos a cumplir con el objetivo que se habían trazado.

Como miembro de Tierra Nativa, una organización encargada de confeccionar expediciones bajo el lema “Colombia, para amarla hay que andarla”, Miguel Torres tuvo la iniciativa de ingeniar el viaje “Me río Magdalena” luego de ver en los noticieros las inundaciones sistemáticas que asolaron a los pueblos ribereños hacia finales de 2007.

Pasó casi un año antes de que la expedición se nutriera y tomara forma, y cuando todos los detalles por fin parecían limados,  las miradas se orientaron hacia los calendarios. Se estableció el 15 de diciembre de 2008 como el día en que el grupo emprendería la ruta, el día cero de un esfuerzo que se extendería por casi 864 horas, la cual comenzaría en la Laguna de la Magdalena en el Huila y terminaría en Barranquilla, en la garganta de las Bocas de Ceniza, donde el río Magdalena se funde con el océano Atlántico.

“Queríamos llevar un mensaje de alegría y esperanza por los pueblos, que se concientizaran de que al río hay que cuidarlo. Preparamos talleres para los niños con un payaso profesional que enseñaba a no botar basura al río y otros con un paramédico que instruía a los adultos en materia de primeros auxilios”, cuenta Miguel Torres, de 22 años, el joven que quiso medir sus fuerzas enfrentando el cauce del Magdalena.

Por fin el día llegó, y cada uno de los 20 jóvenes, 16 hombres y cuatro mujeres sortearon el engorroso protocolo de seguridad. Tomaron un bus hacia el departamento del Huila con destino a San Agustín. Desde allí comenzaron a subir a pie por las montañas, pasaron por el municipio de San Antonio y luego contemplaron la Laguna de La Magdalena en el Páramo de las Papas, el lugar en donde cuesta imaginar que de una quebrada insignificante que se desprende de la laguna pueda emerger el río más grande del país: 1.540 kilómetros de largo y 750 metros de ancho en sus tramos más amplios.

Tuvieron que caminar durante esta primera etapa del viaje, porque a esas alturas el río se hace innavegable por su pequeño tamaño. Fue una visita simbólica, la navegación iniciaría de vuelta en San Agustín. Cuando regresaron, entraron al agua y remaron en balsas de rafting hasta llegar a Neiva, la zona más pedregosa del Magdalena. En la capital del Huila, en donde el río se aplana, cambiaron las balsas por kayaks y continuaron remando. ¿Cansancio?, no, la expedición hasta ahora iniciaba.

Remando como máquinas

Hubo quienes les advirtieron que tuvieran cuidado con los caimanes, otros les insinuaron que luchar contra el fuerte oleaje del salto de Honda, en el Tolima, era prácticamente una misión apta sólo para kamikazes. No vieron ni caimanes ni cocodrilos, pero en cambio sí pelícanos, garzas y águilas, y entre la maraña verde que bordea el agua, dicen, escucharon algunos micos. Al llegar a Honda, justo para el año nuevo, la adrenalina que desencadenó la velocidad fue tanta, que al día siguiente fueron río arriba, para debatirse una vez más contra el mítico salto, antes de tomar rumbo a La Dorada, en el departamento de Caldas.

Remaban como máquinas. Paraban únicamente cuando la segunda lancha que los escoltaba, encargada de la logística, les suministraba el alimento para no desfallecer, y cuando se adentraban en los pueblos establecidos en el itinerario a tomar un respiro e impartir sus talleres.

“Algo impresionante era que en las poblaciones más humildes nos atendían muy bien. Si estaba presupuestado pasar la noche, nos abrían las puertas de sus casas o las alcaldías ofrecían lugares para poner nuestros sleepings”, recuerda Laura Romero, de 19 años, una de las expedicionarias, quien no olvida la pobreza de algunos caseríos como el de La Ribona, en Bolívar, que cayó inundado con el invierno del año pasado y el agua dejó una estela de corrosión en las fachadas de las casas. Aún así, la gente era alegre y los veía con admiración, agradeciendo por una visita que añoraban fuera del Estado.

En algunos pasajes, también, taparon sus narices para evitar el mal olor, en los puntos críticos en los que la contaminación había construido su propio islote. En Girardot, la ciudad en donde el Magdalena recibe al río Bogotá, el hedor era insoportable, y al arribar a Barrancabermeja, cuando la expedición cumplía su primera mitad, el agua lucía metalizada por una especie de mancha de grasa, justo al lado de la refinería petrolera más grande del país. ¿Cansancio? “Las ganas de llegar a la meta no le permitían a uno cansarse”, asegura Daniel Cajiao, de 22 años, otro expedicionario.

Muy cerca del Atlántico

Surcaban por las aguas de los departamentos del norte, cada vez más cerca de Barranquilla. De repente, los 20 jóvenes vieron cómo en el margen derecho se aglutinaba toda una multitud. Banderas de Colombia, una papayera, las reinas de cada uno de los barrios debidamente encopetadas y una chalupa en la que se acercaba el alcalde del municipio de Santa Ana, José López, para darles la bienvenida e invitarlos a almorzar. Pese a que la parada no estaba pactada en el itinerario, les fue imposible negarse ante el jolgorio.

Se retrasaron casi tres horas, pero cumplieron con la etapa que los llevó a Santa Bárbara de Pinto, estaban a cinco días de besar la gloria. ¿Cansancio? no, Bocas de Ceniza cada vez estaba más cerca.

Finalmente entraron en la jurisdicción del departamento del Atlántico, concentrados, sin perder el ritmo. Llegó el día 36 de la expedición, en el que tendría lugar la última etapa: en la que cubrirían el trecho entre Sitio Nuevo y Barranquilla. Remaron hasta 8 kilómetros antes de la desembocadura al mar, hasta donde la prudencia por evitar accidentes lo permitió. El 19 de enero de este años los recibieron un grupo de niños en la Sociedad Portuaria, pequeños que les decían que cuando grandes querían ser como ellos. Festejaron su proeza y cumplieron su objetivo, fue entonces cuando sintieron el cansancio.

Vea el recorrido de la expedición haciendo clic AQUÍ

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