24 Mar 2011 - 12:07 a. m.

Experimentos para morirse de risa

Desde montañas rusas para tratar el asma hasta los efectos de alucinógenos en elefantes, la ciencia cuenta con un largo expediente de investigaciones que rayan en lo absurdo.

Pablo Correa

Corría el año de 1962. La era psicodélica despuntaba con su promesa de sacar a flote los secretos del alma. Fue entonces cuando al director del Zoológico de Oklahoma, Warren Thomas, se le ocurrió darle una pruebita de ácido lisérgico (LSD) al elefante conocido como Tusko.

Dos colegas del zoológico le alcahuetearon el experimento. Tusko recibió una dosis 3.000 veces más fuerte que la consumida por un humano. El efecto no se hizo esperar. El elefante, presa del alucinógeno, reaccionó como si le hubieran dado un disparo. Dio vueltas sobre su eje para luego caer tendido en el suelo. En un artículo publicado cuatro meses después, los autores de la prueba concluyeron: “Los elefantes parecen muy sensibles al LSD”.

Que no se publiquen en las revistas de gran alcurnia no quiere decir que no existan las tonterías en el mundo de la ciencia. La verdad es que la historia está plagada de errores monumentales, ideas insulsas y esfuerzos que rayan en lo absurdo. Por estas y otras razones, hace 20 años a Marc Abrahams, un matemático de la Universidad de Harvard, se le ocurrió crear un galardón parodiando a los Premios Nobel. Quería destacar esas “investigaciones que no pueden o no deben ser”.

Cada año, en un auditorio de la Universidad de Harvard, Abrahams y su equipo anuncian los ganadores de los ahora célebres Ig Nobel. Este año la ceremonia tendrá que ser especial. Las ideas tontas han alcanzado para mantener vivo el premio durante dos décadas. De hecho, parece que sobran los experimentos ridículos. Al menos 7.000 nominaciones llegan cada año a manos de los organizadores.

El criterio que define los ganadores según Abrahams es sólo uno y muy sencillo: “Tienes que haber hecho algo que primero haga a la gente reír y luego la haga pensar”. Entre sus favoritos figura el premio que recibió en 2001 un hombre llamado Keogh, que logró que la oficina de patentes de Australia le concediera la patente de invención de la rueda. Y en la rama de biología, el premio que otorgaron a la primera descripción científicamente fidedigna de un caso de necrofilia homosexual de patos azulones.

La lista para reír un buen rato es extensa: “Tratamiento agudo de penes atrapados por cremalleras”, “Cuerpos extraños en el recto: informes de casos clínicos”, “Transmisión de gonorrea a través de muñecas inflables”, “Uso de la montaña rusa como tratamiento del asma” y las seis páginas redactadas por la British Standards Organization para explicar la mejor manera de hacer una tasa de té.

Como suele suceder con las distinciones, en el caso de los Ig Nobel ni están todos los que son ni son todos lo que están. Sobre todo lo primero. Es el caso de Martin Schein y Edgar Hale, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que merecerían un reconocimiento especial.

A principios de la década de 1960, estos dos investigadores estudiaban el comportamiento sexual de los pavos. Intrigados por la atracción que un juguete en forma de pavo provocaba en los animales, quisieron averiguar cuál era el mínimo de partes que debía tener una hembra para excitar al macho.

Experimentaron con hembras sin cola, sin alas, sin patas. Todas eran igual de deseadas por los pavos. Incluso, el deseo sexual aparecía ante un simple palo con una cabeza de pavo, según los resultados publicados en 1965 en el libro titulado Sexo y comportamiento.

Como lo advirtió Albert Einstein, la estupidez humana parece infinita. Y como fuente de ideas para experimentos, inagotable.

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