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Fonseca

En un país en el que la maldad se encuentra parqueada a la vuelta de cada esquina, es bueno tener a un artista como Fonseca. 

Alejandro Marín / Especial para El Espectador

06 de diciembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Gratitud, su más reciente álbum, estuvo presente en la radio en este atribulado 2008 y cumplió así un magnífico propósito: universalizar el pop colombiano con clase pero sin pretensiones, canción por canción. Arroyito, Enrédame y Paraíso hicieron parte del top 40 radial del país y ganaron puestos especiales en la radio hispana de Norteamérica. El ‘Gratitour’ le dejó a Fonseca grandes recuerdos de su paso por siete ciudades colombianas, pero el mayor fue, como lo dijo en una tarde a un periodista intruso, escuchar a las primeras filas de fans pedirle canciones como si estuvieran en una fiesta, oyendo cantar a un amigo.

De repente, es así como se siente uno cuando está al lado de Fonseca. No importa si es en una cabina de radio, escuchándolo hablar con los oyentes y los fans o en una fiesta privada, viéndolo tocar con su guitarra desnudas versiones de Te mando flores o Como me mira, Fonseca siempre se siente como un amigo cercano. Es quizá esa la licencia más grande que dan sus canciones. Es la sensibilidad masiva que ellas alcanzan, las que lo convierten en un artista de la gente, querido y apreciado, en un artista pop.

No todo ha sido bonito para Fonseca. Es difícil abrirse paso en la radio y así lo recordaba hace unos días en una entrevista. Muchas eran las razones para decirle no a sus canciones en las radios juveniles del país, pero la constancia vence lo que la dicha no alcanza, y a través de la dedicación, el esfuerzo y la pasión, las canciones fueron convirtiéndose en standards, en clásicos de la radio top 40, y fue la voz de la gente la que a la larga definió su legitimidad como sonido innovador. Atacado por los medios por su cercanía al ‘tropipop’, estigmatizado por el legado de Vives, Fonseca continuó su camino y sorprendió al público a finales de 2007 con su capacidad para reinventarse. Una canción como Paraíso es, más que una canción, una virtud, una poesía con sabor a Medio Oriente, con olor a parque capitalino, con esencia de mujer ingrata colombiana.

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Sus inspiraciones vienen de todas partes. Como los buenos músicos, absorbe como una esponja de mar los sonidos populares que más le llaman la atención. Es fanático de las canciones del hijo de Caetano, defiende el Death Magnetic de Metallica y en su computador no le falta Juan Luis Guerra. Dice que en el transcurso de cuatro discos el repertorio se ha ampliado, el concierto dura dos horas más o menos, pero siempre hay tiempo para cantarle una última a un fan, y aunque las nuevas canciones son siempre un gusto de cantar, aún se le eriza la piel cuando canta Te mando flores y dice que con el tiempo cada vez más se aferra a su corazón.

Fonseca, en este terrible 2008, le recuerda a uno el corazón del colombiano de bien. Su mirada diáfana y su sonrisa clara como agua de páramo están directamente ligadas a la honestidad de sus canciones, al romance que ellas plasman, a la necesidad que tiene todo colombiano, desde la época de Francisco el Hombre, de superar las penas con un canto, de vencer al diablo en la encrucijada de la vida, de cautivarse con la mirada de una mujer.

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Por Alejandro Marín / Especial para El Espectador

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