Los franceses pueden alegrarse: son el peso pluma de Europa. Particularmente las francesas, cuyo IMC (índice de masa corporal) es el más bajo de este continente (23 contra un promedio cercano a 25).
Pero la edad de oro de los franceses —últimos flacos en un mundo obeso— está llegando a su fin. La sociedad francesa lleva ya algunos años perdiendo la batalla contra la ola mundial de obesidad, calificada de epidemia por la Organización Mundial de la Salud. Francia se está engordando.
Si bien París sigue pareciendo un anuncio para dietas —el parisino promedio pesa dos kg menos que sus conciudadanos—, el resto del país no se salva, particularmente las zonas más desfavorecidas económicamente: el Norte, con una tasa de obesidad de 20,5% y el Este (17%). Por el contrario, las regiones del Mediterráneo, como la Costa Azul, presentan índices muy bajos (11,5%).
Según un estudio realizado en 2009 por el grupo farmacéutico Roche y el instituto Inserm, 14,5% de los mayores de 18 años es obeso (frente al 27% en Inglaterra y más del 30% en EE.UU.) y el 31,9% de la población presenta sobrepeso. Francia cuenta hoy en día con más de 6,5 millones de obesos, es decir, tres millones más que hace quince años. En total, más de 20 millones de franceses presentan sobrepeso u obesidad. Francia ya no es el buen alumno de la lucha contra el sobrepeso: en doce años, los franceses subieron más de tres kilos.
Estas cifras esconden grandes disparidades, no sólo geográficas, sino también sociales, pues las clases bajas se ven más afectadas que las medias o altas: en el año 2003, el 15% de la gente sin diploma de educación superior presentaba obesidad, ante el 5% de las personas con educación universitaria. “Ser gordo” se ha vuelto un marcador de la pobreza y, al contrario, los más ricos se ven cada día más flacas, como si el peso fuera inversamente proporcional a los ingresos.
Entonces, para salvar la figura francesa, los gobiernos han tomado medidas. En 2004 se aprobó una ley para prevenir la obesidad infantil. Esta ley reglamenta, por un lado, la publicidad de productos de comida, cuyos anuncios y comerciales deben contener un mensaje de “salud pública” sobre buenas prácticas alimentarias y, por el otro, prohíbe los distribuidores automáticos de bebidas y comidas en las escuelas.
Hace un año se implementó también un impuesto sobre las gaseosas y bebidas dulces. Una medida que cumple así mismo con un doble propósito: luchar contra el consumo de productos malbouffe (“comida mala”) y generar un ingreso de 120 millones de euros anuales para el Estado.
Pero, y ¿si la mejor manera de luchar contra la obesidad fuera la tradición gourmet francesa? Es la hipótesis sugerida por varios científicos, que recalcan que el modelo culinario francés —tres comidas diarias, sentados en familia, nada de snacking ni gaseosas— podría ser la mejor protección contra el sobrepeso. Dicho de otra manera: disfrutar una buena comida en familia o con amigos puede ayudar a conservar su línea. Bon appétit!