8 Feb 2014 - 3:16 a. m.

Gracias por la Singer

De cómo una máquina de coser se convirtió en símbolo de la unión familiar.

Óscar Domínguez Giraldo / Especial para El Espectador

Mamá María Genoveva, salud y felicitaciones en sus primeros 92 años y monedas:

En otra ocasión le he dado las gracias por prestarnos su hotel de cinco estrellas para vivir gratis durante los nueve meses que manda el ritual de la gestación. No nos dolía una muela.

Esta vez voy un poco más atrás para agradecerle la máquina Singer que nos dejó en herencia y los pocos telegramas que le puso a Luis María, su medio tocayo y novio de entonces, mi padre después, cuando el hombre se abría del parche del amor sin dejar rastro.

No creo estar calumniando a nadie si digo que gracias a estos telegramas estamos contando el cuento -y heredando la Singer- seis de los siete mil millones y pico de ciudadanos que contaminamos lo que queda del medio ambiente.

In illo témpore, el telegrama era la cuota inicial del correo electrónico de hoy. Las cartas escritas a mano, con letra como dibujada una por una, con paciencia benedictina, eran un parsimonioso aunque excepcional medio de comunicación que unía a la aldea global.

Como no se había inventado el estrés, nadie tenía prisa. Uno podía tardar media hora en morirse de repente. La vida era bella, en blanco y negro. El color era una remota utopía.

Los telegramas, telégrafos, marconis o cartas, con su paso de ganso, tardaban, pero llegaban. Había fiesta al recibir uno en casa. El suspenso, digno de Hitchcock, era total por indagar la alegría o la tragedia que se contaba en pocas letras. Hoy internet, mujer fatal de la cibernética, acabó con carteros y telegrafistas, quienes hacen parte de la nostalgia. Son carne de alzhéimer. Dieron su parte de misión cumplida, apagaron su propia luz y salieron de la pasarela vida.

Una de sus hijas que robaba fotos y desenterraba correspondencia secreta, nos sorprendió cualquier noche con las cartas que le enviaba don Luis, su marido, eterno liberal oficialista de Santa Bárbara. Y nos encimó sus telegramas.

En uno de ellos respondía usted la carta que le escribió su novio trotamundos antes de esfumarse, supongo que en una mezcla de táctica y estrategia para hacerse sentir de su amada, a la que de pronto se le iba la mano en calculado y coqueto desdén.

Esa carta paterna, escrita con encabador, tinta negra y letra delgada como bostezo de monja, terminaba así: "Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro, mi doliente corazón".

Dichas esas palabras a las que solo les faltaba música de bolero, el novio se volvió noche, como dice usted. (Otra frase muy suya es la de "lavarse la paz", luego de dar la paz en la misa. Es una preocupación aséptica suya "porque la gente puede estar untada de noche").

Usted esperaba que se repitieran las metáforas de Luis María, pero como no llegaban recurrió a toda su capacidad de síntesis y en cinco palabras puso orden en la sala.

Rezaba ese telegrama: "Tu ausencia no opónese recordarte". Nada más pero tampoco nada menos.

Morse, el inventor de este esperanto de la síntesis que era el telégrafo en sus múltiples advocaciones, habría bailado en una sola pata de haber conocido los efectos reunificadores de ese mensaje.

Así ha sido usted, sintética a morir en los 92 noviembres que tiene encima. No ha sido amiga de la cháchara. Dos cucharadas de caldo y mano a la presa. Lo que no se diga en pocas palabras no merece decirse, ha sido uno de sus credos. (Su madre, Ana Rosa, de La Ceja, Antioquia, necesitó tres siglos para vivir: Nació a finales del XIX, vivió todo el XX y agarró el sombrero y se fue a principios del XXI).

Otra prueba de que ha sabido resumir certeramente su andadura, es esta frase de su propia inspiración: "He vivido el invierno, el verano, la primavera y el otoño". A mí me puso en evidencia con esta metáfora: “Mijo usted es muy generoso… con lo que no es suyo”. También me notificó que no volvió a leer mis escritos porque “me duermo, mijo”. No importa. Aprovecho la oportunidad, como dicen los ciclistas, para agradecerle por haberme puesto en el camino del periodismo con las lecturas que nos hacía de niños después de los frisoles de todas las noches y los rosarios, largos como el olvido.

El telegrama del que le hablo persiguió a Luis María, su esquivo romeo, lo encontró y lo devolvió al redil en menos que canta un gallo.

El lacónico texto pronto se convertiría en la epístola de San Pablo que se hicieron leer en su Montebello del alma, una madrugada de domingo, junto con otras veinte parejas. Que no falte el riguroso traje negro para los recién matrimoniados. El luto era la moda para los casorios.

Después vendría la luna de miel en casa de los suegros, en Santa Bárbara, con Aura, su hermana mayor como chaperona, enviada por la abuela Ana Rosa, para despejar posibles dudas de la recién casada.

Con lo que mi padre no sabía y con lo que usted ignoraba en asuntos sexuales, esa noche empezaron a fabricarnos a los nueve hijos. No había tiempo que perder. Usted tenía 19 abriles y se estaba "quedando". Nos criaron aplicando a la vida diaria una definición de democracia de Churchill, a quien no conocieron: Vivir de tal forma que si tocan a la puerta de tu casa en la madrugada, sea el lechero, no la policía.

Solo una cosa la preocupa a usted a estas alturas del partido de su vida: cómo nos repartiremos su herencia, una jubilada máquina Singer, jurásico regalo de su fallecida costilla. La máquina ha sufrido mil cirugías plásticas porque primero se activaba a mano, luego con los pies y finalmente, cuando llegaron las vacas gordas económicas, su marido le instaló motor. Todavía sigue sudando plusvalía, haciendo ropa para sus bisnietos.

En el invento del señor Singer, usted, convertida en la Coco Chanel de la tribu, le cosía la ropa a su culecada. Cuando cosía lo hacía siempre con "ventajita" para que la pudieran usar los hijos que venían empujando. Era su forma de aportar a la economía doméstica en una casa en la que teníamos la mayor riqueza: esa en la que nunca ha faltado el pan en la mesa.

La Singer, como la llamábamos como si fuera un miembro más de la familia, multiplicada por los seis herederos sobrevivientes, quedó perpetuada en el bello óleo que le pintó su nuera, Gloria Luz.

(Ahora, si lo desea, se puede quedar viva toda la vida: No tenemos ningún afán en repartirnos la Singer).

En todo caso tenga la seguridad de que no nos daremos en la jeta ni desguasaremos el viejo cachivache que hace tiempos desbancó al Corazón de Jesus como ícono de la familia. (Esto lo hemos hecho a sus espaldas porque no nos perdonaría que releguemos al Corazón de Jesús así no más).

Creo que no le quito más tiempo. De nuevo, mamá Geno, gracias por los telegramas. Y por la Singer, su hijo, Óscar Augusto.

 

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