Cabello despeinado, barba hirsuta, uñas largas, mirada reconcentrada, a veces perdida, ropa vieja. Quien se tope con este personaje en la calle —cosa difícil, porque casi no sale ya de su apartamento, salvo a comprar alimentos a la tienda más cercana— seguramente lo tomará por un simple vagabundo, un bombzh. A nadie se le pasaría por la mente que es un genio, el mayor matemático de los últimos tiempos.
La gente considera que ha perdido la razón, pero no por su dudosa higiene y aspecto, sino, ante todo, por haber rechazado el millón de dólares de recompensa que le otorgó el Instituto Clay de Matemáticas (Estados Unidos) por haber resuelto la conjetura de Poincaré —uno de los siete problemas del milenio—, a pesar de vivir con su madre en precarias condiciones.
“No contestaré a ninguna pregunta”, dice a El País muy tranquilo, con voz cristalina, casi de niño. Su voz transmite cortesía y el tono es más que amable. Pero esta calma desaparece cuando tratan de ofrecerle dinero, a él o a su madre, y entonces arranca el teléfono de las manos, y puede gritar y mostrarse grosero. Así es Grisha Perelman —su nombre es Grigori, pero él siempre ha firmado con su diminutivo ruso—.
¿Qué hizo que alguien entrenado para ganar empezara a negarse a aceptar distinciones y a encerrarse en sí mismo? Antes del millón de dólares, Grisha había rechazado un premio de la Sociedad Matemática Europea y luego hizo lo mismo con la medalla Fields, llamada frecuentemente el Nobel de las Matemáticas.
Grisha se refugia del mundo en Kúpchino, un barrio en el sur de San Petersburgo donde el metro muere. Construido en los años sesenta del siglo pasado, Kúpchino es un típico suburbio dormitorio.
Se inició en el campo de las matemáticas muy temprano, siendo un niño, como se acostumbraba en la época soviética. Su madre, Lubov, era una talentosa matemática a la que su maestro llegó a ofrecer un puesto en el Instituto Herzen. Todo un honor para una mujer judía. Pero Lubov desechó el ofrecimiento por la sencilla razón de que se acababa de casar y quería crear una familia.
Pasó más de una década antes de que Lubov volviera a ver a su maestro. Se toparon en la calle y ella le contó que tenía un hijo, Grisha, quien mostraba dotes para las matemáticas. Garold Natanson, que así se llamaba el maestro de Lubov, llamó a Serguéi Rukshín, un joven matemático con un don especial para preparar niños. El resultado de esa conversación fue que Grisha ingresó en 1976 —de 10 años— en el círculo de matemáticas que funcionaba en el Palacio de Pioneros de Leningrado.
Estos centros de élite, repartidos por la URSS, eran como grandes clubes donde funcionaban numerosos círculos para niños: de matemáticas, de ajedrez, de deportes, de música. Como recuerda Rukshín, quien en esa época tenía sólo 19 años, Grisha no era el benjamín del círculo, ni tampoco el más brillante ni el mejor en las competiciones. Era bueno, talentoso, y a diferencia de la mayoría de sus compañeros, se mostraba tranquilo, callado.
Incluso para solucionar los problemas era introvertido; prácticamente no escribía nada previo, no hacía cálculos en el papel, todo lo analizaba mentalmente hasta que obtenía la solución, que pasaba entonces a la hoja que tenía delante.
Había signos que indicaban que la solución estaba próxima: podía tirar una pelota de ping-pong contra la pizarra, caminar de allá para acá, marcar un ritmo con un lapicero en el pupitre, restregaba sus muslos —los pantalones que usaba llevaban la marca de esa costumbre— y luego se frotaba las manos.
Grisha se convirtió en el alumno preferido de Rukshín. Éste siempre ha defendido que los niños deben concentrarse en aquello que mejor les resulta. Probablemente esta concepción hizo que Grisha abandonara sus clases de violín para entregarse a las matemáticas.
Rukshín no sólo fue el descubridor de Perelman, sino su primer maestro, el que lo formó y lo preparó para entrar a la famosa Escuela Número 239 de Leningrado. Más adelante conseguiría ser admitido en la discriminatoria Facultad de Matemáticas de la Universidad de Leningrado, que sólo aceptaba a dos judíos al año.
Vivía en su propio mundo. Nunca se interesó por la política, tampoco por las chicas, ni se enteró de que la sociedad soviética era antisemita.
A los 29 años, la Universidad de Princeton mostró interés por contratarlo como profesor asistente, pero él se negó a presentar un currículo; dijo que si lo querían, que le dieran un puesto de profesor titular. No lo hicieron y lo lamentarían.
De vuelta a San Petersburgo en 1995 comienza a autoaislarse de la comunidad científica. En 1996 deja de contestar a los correos electrónicos de sus colegas norteamericanos. A partir de ese momento, nadie sabía en qué estaba trabajando.
Que Grisha no había desaparecido del todo quedó claro cuatro años más tarde, cuando el matemático norteamericano Mike Anderson recibió un correo electrónico en el que el genio ruso le planteaba algunas dudas sobre un trabajo. El 2 de noviembre de 2002, Anderson recibió, al mismo tiempo que un puñado de matemáticos, otro correo de Perelman en el que informaba de que había colgado un nuevo trabajo en internet.
De hecho, se trataba de la demostración de la conjetura de Geometrización y de la de Poincaré. Un año más tarde, el 10 de marzo de 2003, Perelman colgó una segunda parte de su trabajo.
Rechazó las numerosas ofertas que le hicieron para quedarse en EE.UU. y regresó a San Petersburgo en abril de 2004. El 17 de julio colgó la tercera y última parte de su trabajo. Si la primera era de 30 páginas y la segunda de 22, esta tenía apenas siete.
Rukshín sostiene que el rechazo al millón de dólares que le ofreció el Instituto Clay por solucionar la conjetura de Poincaré se debió principalmente a la profunda desilusión que sufrió al ver la injusticia de la comunidad matemática y lo que él consideraba deshonestidad.
Lo que lo desconcertó, lo perturbó, según su maestro, no fue que el mundo fuera imperfecto, sino que el mundo de los matemáticos lo fuera también. Rukshín explica así los sentimientos que llevaron a Grisha a renunciar al millón: “Para comprender a Perelman, imagínese que el teorema es como su hijo, que en la infancia pasó por una enfermedad grave, durante la cual no sabía si sobreviviría o no. Mientras no has demostrado el teorema, mientras continúa siendo una conjetura, es como tu hijo enfermo. Y Grisha estuvo junto a la cabecera de ese hijo nueve o diez años, luchando por su vida y cuidándolo día y noche. Por fin, el niño sanó, creció, es fuerte y hermoso; pero te lo quieren robar y te lo secuestran. Para Grisha fue como un secuestro cuando trataron de apropiarse del resultado de su trabajo. No pudo aceptar que un teorema pudiera ser comprado, vendido o robado”.